“Como la basura de los hombres”: el viacrucis reciclable de Sistina

El Colegio San Ildefonso y Santo Tomás de Villanueva de la via Sistina, en Roma, conserva un viacrucis hecho totalmente con materiales de desecho. Fue donado a esta casa de los Agustinos Recoletos por un artista filipino. Lo cuenta en este artículo el agustino recoleto Pablo Panedas

Está en Roma, pero viene de Filipinas, tierra de cristos sangrantes, nazarenos y crucifixiones en vivo. Joseph ‘Jojo’ Cabrera, artista y director creativo filipino, donó al Colegio de San Ildefonso y Santo Tomás de Villanueva, de la Ciudad Eterna, en el año 2016, un total de 14 figuras que representan un singular viacrucis.

En Filipinas, Cabrera es conocido por sus complicadísimas esculturas a base de materiales de desecho. La mejor prueba son estas catorce composiciones –las catorce estaciones del viacrucis clásico–, de unos 15 cm de altura, hechas a base de material eléctrico descartado: hilos, cables, cajas, muelles, tornillos… Todo ello recibe unidad y orden del papel lacado empleado para la carnación. Y se pone al servicio de la representación más tradicional de la pasión de Jesús.

Con razón se afirma en su ficha personal de Philippines Art & Architecture que “la audiencia está asombrada por su capacidad para transformar la chatarra en obras de arte”. Aquí, efectivamente, el resultado es espectacular. Si alguna vez está justificado el remoquete de “creador” dirigido a un artista, es en casos como éste. Un material cuyo ciclo vital había concluido, es sacado de la basura y recibe la nueva vida que el artista le insufla encarnando una  idea.

En el mundo oriental de los iconos y mosaicos, los ingredientes básicos, teselas o pigmentos, están tomados de la naturaleza; de esta manera, el mundo creado se incorpora a la alabanza a Dios. Aquí, en cambio, todos los componentes de este desfile de figuras desgarradas son artificiales o, mejor, industriales. Es el mundo del trabajo, el ingenio y el esfuerzo humano –individual y social– el que proclama la grandeza de Dios.

El arte clásico ha solido servirse de materiales nobles como el mármol, la plata, la piedra misma. En este viacrucis es todo lo contrario: el elemento material es de ínfima calidad, el más bajo e inútil; todo, reciclado. Aunque, a decir verdad, es el más adecuado para hacer presente a Aquel que el profeta veía “sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, tenido como basura” (Is 52, 2-3).

Un viacrucis como éste tiene poco que ver con las estampas devotas y dulzonas del siglo XIX y primera mitad del XX. Tampoco está en la línea del arte sacro moderno que moderniza diseños inspirados en el mundo antiguo, sea éste de Oriente o de Occidente, de Bizancio o del Medioevo. En ambos casos se busca espiritualizar el tema a costa de desencarnarlo; a riesgo de volatilizarlo, en ocasiones.

Cabrera sintoniza, más bien, con la época dorada de la imaginería barroca, cuyos efectos él extrema hasta el borde de la truculencia. Y lo sabe hacer, evitando lo grotesco, con unos materiales sumamente limitados.

En fin, este viacrucis es encrucijada de las distintas dimensiones del mundo y el hombre de hoy, que sufren lo que el papa Francisco llama “la cultura del descarte”. El Cristo que recorre la Vía Dolorosa incorpora en sí “a los seres humanos excluidos como cosas que rápidamente se convierten en basura” (Laudato sii, nº 22). Y sus atributos regios –manto púrpura y corona de espinas– son en definitiva “la tierra, nuestra casa, convertida cada vez más en un inmenso depósito de porquería” (nº 30).

Así lo contemplan los ojos del creyente. Con la mirada de la fe, los materiales eléctricos inertes, desechados por inservibles, cobran vida y transmiten luz,  la Luz. Y el rostro del reo que a muchos espanta “porque, desfigurado, no parece hombre ni tiene aspecto humano” (Is 52, 14), se transfigura en el semblante adorable del Hijo de Dios, “el más bello de los hijos de los hombres” (Sal 44, 3).

Por Pablo Panedas – Roma

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