En la cruz, como en la vida, Jesús pierde para ganar. Sobre este asunto habla el agustino recoletos Miguel Ángel Ciaurriz en este artículo

Para este segundo día de la andadura cuaresmal, Jesús nos hace una propuesta que a cualquiera le pone a dudar. Nos cuesta entender y aceptar que para ganar hay primero que perder.

Bueno, esto lo saben bien los que se dedican a hacer dinero, a obtener ganancias invirtiendo en negocios que saben que toman un tiempo en obtener beneficios y hacer caja. Con todo, estas pérdidas iniciales, afortunadamente no siempre, a veces condicionan el empeño y no dan buen resultado los resultados esperados y apetecidos. No son pocos, de hecho, los emprendedores que han fracasado no pudiendo obtener réditos de sus inversiones y finalmente desistieron.

El pasaje del evangelio de Lucas que se lee en este jueves después de la “ceniza” nos hace caer en la cuenta de que la cruz contiene toda una sabiduría que nosotros necesitamos descubrirla y aprenderla para que las piezas de nuestro puzle encajen.

Entiende Jesús que su destino es la cruz, el sufrimiento que le van a causar los que están contra él, que no son pocos, y, además, son muy poderosos, tanto que pueden decidir sobre su vida.

Pero tiene la firme convicción de que la cruz, su muerte, ni es lo último, ni tiene la última palabra. La última palabra la tiene la vida. Por eso dice que perder la vida por seguir sus pasos es ganarla.

En definitiva, perder así la vida es la mejor inversión para un creyente. De nada sirve ganar el mundo y permanecer egoístamente encerrados en nosotros mismos, ajenos a los demás; eso no es ganar, eso es perder definitivamente hasta la esperanza. Ganar es darse, perder en beneficio de los demás las cosas a las que estamos aferramos.

Pensemos en los jóvenes, por ejemplo. Ellos deben hacer una atrevida, audaz y valiente inversión, una inversión sin marcarse los tiempos para obtener beneficios. Y debe asumir los riesgos para perder, sin miedo, por el camino lo que le impide avanzar. Acabará, acabaremos todos ganando, si por el camino vamos perdiendo aquello que nos impide seguir a Jesús. El precio al que apunta el Galileo es la renuncia de cada quien a sí mismo, tomar la cruz de la que quisiéramos librarnos y, con ella a cuestas, seguirlo por el camino de nuestro particular viacrucis.

Estas pérdidas, que a lo largo de esta cuarentena de días dejaremos como lastre por el camino que nos debe conducir a la Pascua, nos darán la victoria, que no es otra que la vida nueva del resucitado alojada en cada uno de nosotros. Así nuestra cuaresma terminará en pascua.

Miguel Ángel Ciaurriz OAR

#UnaPalabraAmiga

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