La carta personal del Papa a los jóvenes

El agustino recoleto Antonio Carrón reflexiona en este artículo sobre la exhortación apostólica postsinodal Christus Vivit y lo que significa para los jóvenes

El título de los documentos pontificios siempre se toma de las primeras palabras del documento en latín, que es el idioma oficial de la Iglesia. Uno de los recientemente presentados ha sido Exhortación apostólica postsinodal Christus vivit, en la que el Papa Francisco se ha querido dirigir con cariño a todos los jóvenes cristianos recordando «algunas convicciones de nuestra fe» y alentando «a crecer en la santidad y en el compromiso con la propia vocación». Pero los jóvenes -dice el Papa- no son los únicos destinatarios de esta Exhortación apostólica: «me dirijo al mismo tiempo a todo el Pueblo de Dios, a sus pastores y a sus fieles, porque la reflexión sobre los jóvenes y para los jóvenes nos convoca y nos estimula a todos» (n.3).

En Christus vivit el Papa Francisco sintetiza las reflexiones y diálogos del Sínodo de los obispos sobre los jóvenes celebrado del 3 al 18 de octubre de 2018. En ella -especifica el Papa- «aun los jóvenes no creyentes, que quisieron participar con sus reflexiones, han propuesto cuestiones que me plantearon nuevas preguntas» (n.4).

El punto de partida de la reflexión es la Palabra de Dios (capítulo primero), destacando testimonios audaces y valientes de jóvenes en el Antiguo Testamento: José (Gn 37), Gedeón (Jc 6), Samuel (1S 3), Saúl (1S 9), David (1S 16, 6-13), Salomón (1R 3,7), Jeremías (Jr 1), Rut (Rt 1). Y también en el Nuevo Testamento, por ejemplo, el hijo “más joven” que quiso irse de la casa paterna a un país lejano (Lc 15, 12-13), al que Jesús termina elogiando al final de la parábola por retomar el buen camino más que al que se cree fiel pero no vive el espíritu del amor y de la misericordia. (Cf. n.12) Jesús, el eternamente joven, quiere regalarnos un corazón siempre joven. Nos invita a despojarnos del hombre viejo para revestirnos del hombre joven. «Y esto significa tener entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, mansedumbre, paciencia, soportándose unos a otros y perdonándose mutuamente si alguno tiene queja contra otro. Esto significa que la verdadera juventud es tener un corazón capaz de amar» (n.13).

En el capítulo segundo el Papa invita a poner la mirada en la juventud de Jesús, una juventud que ilumina a los jóvenes de hoy y a la Iglesia de hoy, necesitada de renovación y atenta a los signos de los tiempos. Destaca el testimonio de María, la muchacha de Nazaret, y el de otros jóvenes santos: San Sebastián, San Francisco de Asís, Santa Juana de Arco, Santo Domingo Savio, Santa Teresa del Niño Jesús, la beata Chiara Badano, etc.

El capítulo tercero acentúa el protagonismo de los jóvenes en la Iglesia y en el mundo: ustedes son el ahora de Dios. El Papa es muy consciente de los riesgos del contexto actual (relativismo, egoísmo, indiferencia, individualismo, mundo digital, abusos, migrantes), pero pone la perspectiva y la esperanza en una salida, un gran anuncio para todos, la Buena Noticia (capítulo cuarto): un Dios que es amor, que te salva, que vive y que nos ha dejado su Espíritu, que da vida.

«¿Cómo se vive la juventud cuando nos dejamos iluminar y transformar por el gran anuncio del Evangelio?» (n. 134) Invita el Papa a soñar y a elegir tras un discernimiento profundo, a vivir apasionadamente en amistad con Cristo, a madurar y a cultivar la fraternidad, a comprometerse con el Evangelio y la misión de la Iglesia (capítulo quinto).

El capítulo sexto –Jóvenes con raíces- es una llamada de atención a los jóvenes a no perder los valores de su cultura y tradiciones, a escuchar y respetar a los ancianos que tanto tienen que enseñar desde su sabiduría y experiencia de vida, a vivir desde convicciones profundas y firmes, capaces de hacer frente a riesgos que vendrán.

El Papa ofrece en el capítulo séptimo unas pautas sobre la pastoral de los jóvenes, una pastoral sinodal, desde las líneas de acción de la búsqueda y el crecimiento, destacando la importancia de la pastoral en las instituciones educativas, la pastoral popular juvenil y otros contextos de misión juvenil.

Finalmente, el capítulo octavo y noveno se centran en la vocación y el discernimiento: una llamada a la amistad con Jesucristo que está necesitada de escucha y acompañamiento.

Al final, un deseo del Papa: «Queridos jóvenes, seré feliz viéndolos correr más rápido que los lentos y temerosos. Corran atraídos por ese Rostro tan amado, que adoramos en la Sagrada Eucaristía y reconocemos en la carne del hermano sufriente. El Espíritu Santo los empuje en esta carrera hacia delante. La Iglesia necesita su entusiasmo, sus intuiciones, su fe. ¡Nos hacen falta! Y cuando lleguen donde nosotros todavía no hemos llegado, tengan paciencia para esperarnos». (n.299)

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