A cada uno en su casa, si es cabeza de ella, le corresponde el oficio del episcopado

13 de noviembre, 2011

Domingo Ordinario 33º (A)

Mt 25, 14-30: Homilía de san Agustín (S. 94)

«¿De qué os voy a hablar? Habéis escuchado en el evangelio el mérito de los siervos buenos, y la pena de los malos. Toda la maldad de aquel siervo, reprobado y gravemente condenado, consistió  en que no quiso distribuir lo recibido (cf. Mt 25, 30). Conservó en su integridad lo recibido, pero el Señor espera sus ganancias. Dios es avaro en lo que se refiere a nuestra salvación. Si tal es la condena del que no distribuyó, ¿qué pueden esperar los que se dejan perder lo recibido?

Por tanto, nosotros somos los administradores, nosotros distribuimos, vosotros recibís. Buscamos los rendimientos: vivid honestamente. Estas son las ganancias de nuestra distribución. Pero no penséis que no es deber vuestro también el de distribuir. Ciertamente, no podéis hacerlo desde nuestro lugar, pero podéis hacerlo allí donde os encontréis. Donde Cristo es vilipendiado, defendedlo, responded a los murmuradores, corregid a los blasfemos; apartaos de la compañía de todos ellos. Si ganáis a algunos, eso es lo que aportáis. Haced nuestras veces en vuestras propias casas. El obispo recibe su nombre porque pone su atención sobre todos, porque prestando su atención  a todos, se preocupa por todos. Por tanto, a cada uno en su casa, si es cabeza de ella, le debe corresponder el oficio del episcopado: atender a cómo es la fe de los suyos, para que ninguno incurra en la herejía, sea la esposa, el hijo, la hija, o incluso hasta el siervo. Adquirido en tan alto precio… Si esto hacéis, estáis distribuyendo: no seréis ya siervos perezosos, y no temeréis ya la detestable condenación».

(Trad. de Javier Ruiz, oar)

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