Archipiélago religioso
En nuestras comunidades religiosas, fraternidades y grupos eclesiales se busca respetar y valorar a cada una de las personas que las componen. A la luz de la fe y desde el diálogo hay que buscar el bien común y el bien de las personas. La vida fraterna es un don y una tarea a realizar cada día. No podemos negar que a veces surgen comportamientos individualistas que dificultan la comunicación, la comunión y la misión evangelizadora. Es entonces cuando hay que practicar con humildad y caridad la corrección fraterna. No pensemos que lo tienen que hacer sólo los religiosos, también lo laicos tienen esta responsabilidad de corregir a los miembros de su comunidad, incluso a los religiosos.
Los cristianos no somos islas, ni nuestras comunidades archipiélagos religiosos. Bajo el pretexto de “vivir y dejar vivir”, he oído decir con cierta despreocupación ante el extravío del hermano: “Es su problema”. De poco sirven las murmuraciones o las lamentaciones cuando ya no hay remedio. San Agustín destaca en la Regla la responsabilidad que tenemos los unos para con los otros: «No sois inocentes si con vuestro silencio permitís que se pierdan los hermanos a los que pudisteis corregir con vuestras palabras. Porque si tu hermano tuviera en el cuerpo una herida que quisiera ocultar por miedo a la cura, ¿no te parece que serías cruel callándolo y misericordioso indicándolo? Entonces, ¡con cuánta mayor razón deberás manifestarlo para que no se corrompa más en el corazón!» (Regla 4,8).
Benedicto XVI, en su Mensaje de Cuaresma de este año, invita precisamente a la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna, un aspecto de la vida cristiana que, según dice, ha caído en el olvido. Hoy somos generalmente muy sensibles al cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos, ni lo es en las comunidades maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. El mismo Cristo nos manda corregir al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15).
Amigos, la Cuaresma es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. En este itinerario, marcado por la oración y el compartir, os invito a salir de la propia isla en espera de vivir en comunidad la alegría pascual.

Fr. Miguel Miró
Prior General
Orden de Agustinos Recoletos


19 febrero, 2012 
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