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Cómo amor del hombre a su alma

25 de marzo, 2012
Domingo 5º de Cuaresma (B)
Jn 12, 20-33: Homilía de san Agustín (In Io. ev. 51, 9-10)

«Era necesario que la exaltación de la glorificación viniera precedida por la humillación de la pasión; por eso, a reglón seguido, añadió: En verdad, en verdad, os digo, si el grano de trigo, cayendo a tierra, no llega a morir, se queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto (Jn 12, 24). Hablaba de sí mismo. Él mismo era el grano que había de morir y multiplicarse: morir, debido a la infidelidad de los judíos; multiplicarse, por la fe de los pueblos.

A partir de ahí, exhortando a seguir las huellas de su pasión, añade: Quien ama su alma, la perderá (Jn 12, 25). Lo cual puede entenderse de dos maneras: El que la ama, la perderá; esto es, si la amas, piérdela; si deseas obtener la vida en Cristo, no temas la muerte por Cristo. Dicho también de otro modo: Quien ama su vida la perderá. No la ames, si no quieres perderla; no la ames en esta vida, para que no la pierdas en la vida eterna.

Esto último que acabamos de decir es concorde con el sentido evangélico, pues sigue diciendo: Quien desprecia su alma en este mundo, la guardará para la vida eterna (Jn 12, 25). Por lo tanto, cuando arriba se ha dicho: El que ama su alma, hay que entenderlo referido a este mundo; ése, en efecto, la perderá; pero quien desprecia su alma, -ciertamente, en este mundo- la guardará para la vida eterna.

¡Profunda y admirable sentencia: cómo es el amor del hombre a su alma para que termine pereciendo, y cómo ha de ser el desprecio a la misma para que no perezca! Si la has despreciado rectamente, entonces la has amado. Felices quienes la guardaron despreciándola, para no perderla amándola malamente».

(Trad. de Javier Ruiz, oar)

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