Qué grandeza la de quien pendía de un madero

6 de abril, 2012
Viernes Santo (B)
Jn 18, 1– 19, 42: Homilía de san Agustín (Sermón 111, 2)

«Inesperadamente, de la turba de los que clamaban contra Él, de los furiosos que acallaban al rebaño de Cristo, y que esperaban que algo extraordinario iba a suceder, he ahí que alguien innominado pende como Él del travesaño, y cree en Él. Me refiero a aquel ladrón, aquel que conoció al dador de la gracia, y no despreció a quien sufría el mismo castigo. Reniega de Él quien lo había seguido, lo reconoce el crucificado con Él. Callan los demás, todos desesperan, mientras éste exclama: Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino (Lc 23, 42).

Prevé que aquel a quien está viendo clavado ha de reinar. Ved que hubo uno, al menos, que pudo decir: He conocido que el Señor es grande. ¡Inmensa gracia! Llega a considerarlo como grande cuando los judíos lo consideraban vencido. ¡Qué grandeza, hermanos míos, qué grandeza la de quien pendía de un madero, la del crucificado! Colgado, junto a otro también colgado, unido ya a quien es inmutable, lo reconoció porque era el grano de mostaza (cf. Lc 13, 19). Todavía no veía el árbol, pero ya conocía la semilla.

Pero hágase lo que ha de seguirse. Ofrezca su vida, pues tiene el poder de recuperarla (cf. Jn 10, 18). Sea descendido de la cruz y colocado en el sepulcro. Tome su asiento en el cielo, y envíe su Espíritu. Queden llenos de él unos pocos reunidos juntos, hablen todas las lenguas, representando a todas las naciones que habían de creer en todo el mundo. ¡Que todo esto se cumpla! Y también lo siguiente: Predíquese en Jerusalén, arda Esteban en el fuego de la caridad… Pierdan el juicio, y den muerte al médico enfurecidos, puesto que también dieron muerte a su maestro».

(Trad. de Javier Ruiz, oar)

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