Vidas de santos

En el convento de agustinas recoletas de Medina Sidonia (Cádiz, España) celebramos el 400 aniversario del nacimiento de la madre Antonia de Jesús (1612-1695). El silencio de los conventos de vida contemplativa llega al corazón. A mi me hace pensar en la importancia de la oración para la vida de la Iglesia, en el sentido de esta vida y en la esperanza de la eternidad.

Eran otros tiempos aquellos en los que Madre Antonia de Jesús fundó cuatro conventos de agustinas recoletas en Andalucía, en el sur de España. El siglo XVII  fue el siglo del barroco, una época de decadencia y crisis económica y social, pero a la vez un tiempo de intensa vivencia religiosa y auge cultural. Era la época de las reformas en las órdenes religiosas.

Cuando leí el nuevo libro de la vida de la madre Antonia para preparar la homilía, me llamó la atención que en su casa se leía un libro –ella misma lo cuenta– que narraba las vidas de los santos. Las vidas de los santos son historias reales vividas con fe y amor. Así se explica que Antonia deseara servir al Señor con una vida de oración, pobreza y retiro. En su Libro de las Fundaciones se puede ver la profunda confianza en Dios que sostenía la vida de la madre Antonia, su modo de orar y relacionarse con Dios, su apertura a la voz de Dios, su pureza de intención, las aspiraciones de su corazón y las dificultades que tuvo que sufrir para fundar los conventos.

Toda espiritualidad autentica está fundamentada en la humildad y la madre Antonia así lo entendía: “Lo que era bueno lo hacía Dios y yo hacía como quien soy: una hormiguilla y un pobre instrumento”. No era un voluntarismo o perfeccionismo su camino espiritual. Si quería ser mejor era para amar más al Señor. Ella avanzaba por un camino de gracia y amor: “O morir o ser buena”. La oración, la vida comunitaria, los trabajos y la austeridad no destruyeron su vitalidad, ni su simpatía humana; antes bien, los potenciaron e hicieron posible llevar adelante las obras que ella entendía eran voluntad del Señor. Si la voluntad del Señor era la suya, con razón podía decir: “Siempre fiando en que Dios me había de cumplir mis deseos”.

Los días 12 y 13 de junio, en Medina Sidonia, donde murió la madre Antonia, nos unimos a la acción de gracias de las monjas agustinas recoletas por el Cuarto Centenario de su nacimiento. El cuerpo de la madre Antonia, deteriorado por el paso de más de tres siglos, se trasladó de la clausura a un austero sepulcro junto a la iglesia. Al preguntarle a un joven si todo aquello no se le hacía extraño, respondió: «Ojalá fuera yo como esta monja». Las cosas de Dios suscitan amor y son siempre sorprendentes en su sencilla realidad. Así pasa con la vida de los santos.

 


Fr. Miguel Miró
Prior General
Orden de Agustinos Recoletos

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