Cristo es profeta, siendo a la vez el Señor de los profetas.

8 de julio, 2012
Domingo 14º Tiempo Ordinario (B)
Mc 6, 1-6: Homilía de san Agustín (In Io. ev. 24, 7)
«El Señor mismo dijo acerca de sí: No hay profeta sin honor sino en su patria (Mc 6, 4; Jn 4, 44). Profeta es el Señor, y la Palabra de Dios es el Señor, y ningún profeta puede profetizar sin la Palabra de Dios, pues con los profetas está la Palabra de Dios, y profeta es la Palabra de Dios. Los hombres de los primeros tiempos merecieron profetas inspirados y llenos de la Palabra de Dios; nosotros hemos merecido como Profeta al mismo Verbo de Dios. Pero Cristo es profeta, siendo a la vez el Señor de los profetas, como ángel es Cristo, y Señor de los ángeles, pues Él ha sido llamado Ángel del gran consejo (cf. Is 9, 5, sec. LXX).

Sin embargo, ¿qué dice un profeta en otro lugar? Que no será un legado ni un ángel el que los salve, sino que será Él mismo, que ha de venir (cf Is 35, 4); es decir, que para salvarlos no enviará a un legado, y no enviará a un ángel, sino que vendrá Él mismo. ¿Quién vendrá? El Ángel mismo. En efecto, no por medio de un ángel, sino porque es ángel que al mismo tiempo es el Señor de los ángeles. Efectivamente, en latín ‘ángeles’ significa mensajeros. Si Cristo no trajera mensaje alguno, no lo podríamos llamar ángel; si Cristo no profetizase nada, no lo llamaríamos profeta. Nos ha exhortado a la fe, y a alcanzar la vida eterna: anunció algo presente y predijo algo futuro: por el hecho de anunciar algo presente era Ángel; por predecir lo futuro era Profeta. Él es el Señor de los ángeles y de los profetas, porque es la Palabra de Dios hecha carne».

(Trad. de Javier Ruiz, oar)

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