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Santos de ayer y de hoy

Me gusta leer vidas de santos. Me interesa lo que ellos hacían y de modo especial lo que decían, con sus propias palabras. No es lo mismo el relato épico, grandilocuente, de la vida de un santo, en que parece que todo era virtud y perfección, que cuando es el santo mismo quien explica, junto con sus luchas y frustraciones, sus momentos místicos de oración y amor. Y tengo también mis santos preferidos, que son para mí compañeros de camino; sus experiencias me sirven de aliciente para seguir hoy a Jesús como ellos lo hicieron en el contexto social de su tiempo, y su intercesión siempre me ayuda.

La santidad consiste en estar unido a Cristo, caminar según su Espíritu. El testimonio de los santos suscita en nuestro interior deseos de amar como amó Jesús, hasta dar la vida; que la vida es más vida si se entiende desde el amor y el servicio. Ya lo dice san Agustín: «Viva será mi vida llena de ti» (Confesiones, 10, 28).

A un niño le preguntaron un día en la iglesia ¿Qué es un santo?. El niño miró hacia arriba, señaló las vidrieras y dijo: —Un santo es aquel que deja pasar la luz con muchos colores. Los santos manifiestan de diversos modos la presencia viva y transformadora de Cristo a través de los tiempos. Nos enseñan a entender que la misericordia del Señor no tiene límites.

Por el Bautismo somos hijos de Dios, somos ya santos. Ahora bien, para que el amor pueda crecer y dar fruto en el corazón como una semilla buena, necesitamos encontrarnos con Cristo en la eucaristía y en la oración, escuchar su Palabra, cumplir su voluntad, servir a los demás, ayudar a los hermanos más pobres y poner empeño en la practica de las virtudes. La santidad genera comunión y fraternidad, repercute en las personas con quienes vivimos y tratamos. Pensemos en las familias y en las comunidades o grupos que se animan mutuamente a vivir con renovada esperanza.

Cuando hablamos de santidad con frecuencia pensamos en los santos cuyas imágenes vemos en las iglesias, los canonizados y propuestos como ejemplo de virtud. Pero también son santos los hombres y mujeres de toda edad y condición que están gozando plenamente del amor de Cristo.

Hoy, como siempre, el Señor nos llama a todos a la santidad, a vivir plenamente el amor. «Dios es amor y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Abramos los ojos del corazón para reconocer cerca de nosotros también hoy a personas que con su presencia humilde, con su servicio incondicional, su alegría, sus transparencia y sus palabras sinceras nos hacen sentir el amor de Cristo y reflejan su santidad.

Los agustinos recoletos este año celebramos el “Año de la santidad”. Con sencillez queremos manifestar que el Señor nos llama a todos a la santidad. Os invitamos a abrir el corazón.

 

Fr. Miguel Miró

Prior General
Orden de Agustinos Recoletos

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