Con su resurrección, nuestro Señor Jesucristo convirtió en glorioso el día que su muerte había hecho luctuoso. Por eso, trayendo solemnemente a la memoria ambos momentos, permanezcamos en vela recordando su muerte y alegrémonos acogiendo su resurrección. Ésta es nuestra fiesta anual y nuestra Pascua; no ya en figura, como lo fue para el pueblo antiguo, mediante el degüello de un cordero, sino realizada, como para el pueblo nuevo, mediante el sacrificio del Salvador, pues Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado, y lo antiguo ha pasado, y he aquí que todo ha sido hecho nuevo. Si lloramos es sólo porque nos oprime el peso de nuestros pecados y si nos alegramos es porque nos ha justificado su gracia, pues fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Llorando lo primero y gozándonos de lo segundo, estamos llenos de alegría. No dejamos que pase inadvertido con olvido ingrato, sino que celebramos con agradecido recuerdo lo que por nuestra causa y en beneficio nuestro tuvo lugar: tanto el acontecimiento triste como el anticipo gozoso. Permanezcamos en vela, pues, amadísimos, puesto que la sepultura de Cristo se prolongó hasta esta noche, para que en esta misma noche tuviera lugar la resurrección de la carne que entonces, cuando estaba en el madero, fue objeto de burlas y ahora es adorada en cielo y tierra.

Se entiende, en efecto, que esta noche pertenece al día siguiente que consideramos como día del Señor. Ciertamente debía resucitar en las horas de la noche, porque con su resurrección ha iluminado también nuestras tinieblas y no en vano se le había cantado con tanta anticipación: Tú iluminarás mi lámpara, Señor; Dios mío, tú iluminarás mis tinieblas.

También nuestra devoción hace honor a tan gran misterio, para que como nuestra fe, corroborada por su resurrección, está ya despierta, así también esta noche, iluminada por nuestra vigilia, resplandezca tanto que, junto con la Iglesia extendida por todo el orbe de la tierra, hoy podamos pensar, como es debido, en no ser hallados en la noche. Para tantos y tantos pueblos que, bajo el nombre de Cristo, congregó por doquier esta célebre solemnidad se puso el sol, pero sin dejar de ser de día, pues la luz de la tierra tomó el relevo de la luz del cielo.

No obstante, si alguien busca a qué debe su importancia esta nuestra vigilia, puede hallar las causas adecuadas y responder confiadamente, pues el que nos otorgó la gloria de su nombre fue quien iluminó esta noche, y aquel a quien decimos: Tú iluminarás mis tinieblas concede la luz a nuestros corazones para que, del mismo modo que, con deleite para los ojos, vemos el esplendor de estas lámparas, así veamos también, iluminada la mente, el sentido de esta noche tan brillante.

¿Por qué, pues, se mantienen en vela los cristianos en esta fiesta anual? Ésta es nuestra vigilia por excelencia, y nuestro pensamiento no suele volar a ninguna otra solemnidad distinta de ésta cuando, movidos por el deseo, preguntamos o decimos: -¿Cuándo es la vigilia? -Dentro de tantos días, se responde, como si, en comparación de ella, las demás no hubiera que tenerlas por vigilias. Ciertamente, el Apóstol exhortó a la Iglesia a ser asidua no sólo en los ayunos, sino también en las vigilias. Hablando de sí mismo dice: con frecuencia en ayunos, con frecuencia en vigilia. Pero la vigilia de esta noche destaca tanto que puede reivindicar como propio el nombre que es común a todas las demás. Así, pues, diré algo -lo que el Señor me conceda- primero sobre la vigilia en general y luego sobre la vigilia específica de hoy.

En aquella vida por la consecución de cuyo descanso todos nos fatigamos, vida que nos promete la verdad para después de la muerte de este cuerpo o también para el final de este mundo, en la resurrección, nunca hemos de dormir, como tampoco nunca moriremos. ¿Qué otra cosa es el sueño sino una muerte cotidiana que ni del todo saca al hombre de aquí ni le retiene por largo tiempo? ¿Y qué otra cosa es la muerte sino un sueño largo y muy profundo, del que el hombre es despertado por Dios? Por tanto, donde no llega muerte ninguna, tampoco llega el sueño, su imagen. En consecuencia, sólo los mortales experimentan el sueño. No es de este tipo el descanso de los ángeles; dado que viven perpetuamente, ellos nunca reparan su salud con el sueño. Como allí está la vida misma, allí existe la vigilia sin fin. Allí la vida no es otra cosa que estar en vela, y estar en vela no es otra cosa que vivir. Nosotros, en cambio, mientras estamos en este cuerpo que se corrompe y agobia al alma, puesto que no podemos vivir si no reparamos las fuerzas con el sueño, interrumpimos la vida con la imagen de la muerte para poder vivir, al menos, a intervalos. Por tanto, quien asidua y castamente y sin dañar a nadie acude a las vigilias, sin duda alguna imita la vida de los ángeles -pues, en la medida en que la debilidad de esta carne se convierte para ellos en un peso terreno, los deseos celestiales se encuentran sofocados-, combatiendo con una vigilia más larga contra ese peso portador de muerte, para adquirirle una recompensa en la vida eterna. Está en desacuerdo consigo mismo quien desea vivir por siempre y no quiere prolongar sus vigilias; desea que desaparezca totalmente la muerte y no quiere que disminuya su imagen. Ésta es la causa, éste el motivo por el que el cristiano tiene que ejercitar su mente, manteniéndola en vela, con mayor frecuencia.

Ahora ya, hermanos, mientras recordamos otras pocas cosas, poned vuestra atención en la vigilia especial de esta noche. He dicho por qué debemos restar tiempo al sueño y añadirlo a las vigilias con mayor frecuencia; ahora voy a decir por qué permanecemos en vela esta noche con tanta solemnidad.

Ningún cristiano pone en duda que Cristo, el Señor, resucitó de entre los muertos al tercer día. El santo evangelio atestigua que el acontecimiento tuvo lugar esta noche. Está claro que el día entero comienza a contarse desde la noche anterior, aunque no se ajuste al orden de días mencionado en el Génesis, no obstante que también allí las tinieblas han precedido al día, pues las tinieblas se cernían sobre el abismo cuando dijo Dios: «Hágase la luz, y la luz fue hecha». Pero como aquellas tinieblas aún no eran la noche, tampoco había días. En efecto, hizo Dios la división entre la luz y las tinieblas, y primeramente llamó día a la luz, y luego noche a las tinieblas, y fue mencionado como un solo día el espacio desde que se hizo la luz hasta la mañana siguiente. Es evidente que aquellos días comenzaron con la luz y, pasada la noche, duraban cada uno hasta la mañana. Pero, después que el hombre creado por la luz de la justicia cayó en las tinieblas del pecado, de las que lo libró la gracia de Cristo, el hecho es que contamos los días a partir de las noches, porque nuestro esfuerzo no se dirige a pasar de la luz a las tinieblas, sino de las tinieblas a la luz, cosa que esperamos conseguir con la ayuda del Señor. Así dice también el Apóstol: La noche ha pasado, se ha acercado el día; despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la Luz. Por tanto, el día de la pasión del Señor, día en que fue crucificado, seguía a su propia noche ya pasada, y por eso se cerró y concluyó en la preparación de la pascua, que los judíos llaman también «cena pura», y la observancia del sábado comenzaba al inicio de esta noche. En consecuencia, el sábado, que comenzó con su propia noche, concluyó en la tarde de la noche siguiente, que es ya el comienzo del día del Señor, porque el Señor lo hizo sagrado con la gloria de su resurrección. Así, pues, en esta solemnidad celebramos ahora el recuerdo de la noche que daba comienzo al día del Señor y pasamos en vela la noche en que el Señor resucitó. La vida de que poco antes hablaba, en la que no habrá ni muerte ni sueño, la incoó él para nosotros en su carne, que de tal forma resucitó de entre los muertos que ya no muere ni la muerte tiene dominio sobre ella.

Quienes le amaban llegaron a su sepulcro para buscar su cuerpo ya de mañana, y no lo encontraron, pero recibieron un aviso de parte de los ángeles de que ya había resucitado; resulta claro, por tanto, que había resucitado aquella misma noche, cuyo término fue aquel amanecer. En consecuencia, el resucitado, a quien hemos cantado en esta vigilia un poco más larga, nos concederá reinar con él en la vida sin fin. Y si, por casualidad, en estas horas que pasamos en vela todavía se hallaba su cuerpo en el sepulcro y aún no había resucitado, no por eso nos comportamos incongruentemente al hacerlo así, pues quien murió para que nosotros tuviéramos vida, se durmió para que nos mantuviésemos en vela. Amén.

San Agustín – Sermón 220