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Escuchar la Palabra

por OAR

La oración se realiza en la unión con Cristo y en la vida de la Iglesia que nos ofrece la Sagrada Escritura, que es Palabra de Dios:

«Tu oración es un diálogo con Dios. Cuando lees, te habla Dios; cuando oras, hablas tú a Dios» (2).
«Háblenos Dios en sus lecturas; hablemos nosotros a Dios con nuestras preces. Si escuchamos en actitud obediente sus palabras, en nosotros habita aquel a quien dirigimos nuestra oración» (3).
El hombre es un ser relacional, un ser en apertura. Saber escuchar forma parte de la educación humana, y también de la educación cristiana. Acoger la palabra significa que he dejado tocar mi corazón, que me expongo, que rompo con mi aislamiento y autoprotección. San Agustín tiene la seguridad que orar con la Biblia terminará haciéndonos de acuerdo con lo que leemos, que nos llevará a identificarnos con el misterio, de entrar en él. Dios mismo proporciona hasta las mismas palabras para hacer oración, se alabó a sí mismo y alabándose se hizo amable.

Esto permite que el don de la oración se intensifique, se fortalezca. Dios ayuda a fortalecer los anhelos, a corregirse, a enderezar la propia vida, a superarse. La oración es poner en acción las virtudes que más vienen de Dios, que más tienen de Dios y éstas son las virtudes teologales. La misma oración es un acto de fe, de esperanza y de amor, pues se cree en Dios, se espera en Dios, se ama a Dios con Dios mismo. Así la fe, la esperanza y el amor no sólo inspiran sino que son las que hacen la oración:

«Llama con tu oración al Señor mismo con quien descansa su familia, pide, insiste. No necesita ser vencido por la importunidad, como el amigo aquel, para levantarse y darte. Él quiere dar. Si llamando aún no has recibido nada, sigue llamando, pues desea dar. Difiere el dar lo que desea dar para que al diferirlo lo desees más ardientemente no sea que, otorgándotelo, luego te parezca cosa vil.

Cuando hayas conseguido los tres panes, es decir, el alimento que es el conocimiento de la Trinidad, tendrás por qué vivir tú y con qué alimentar al otro.

Mas para que pueda serte dulce lo que se da, es necesario que poseas caridad, que tengas fe, que tengas esperanza. También estas cosas son tres: la fe, la esperanza y la caridad. Son dones también de Dios. De él hemos recibido la fe, según la palabra del Apóstol: Cada cual según la medida de la fe que repartió Dios (Rom 12, 3). También la esperanza la recibimos de aquel de quien se dice: En quien me diste la esperanza (Sal 118, 49). Asimismo la caridad la recibimos del mundo: La caridad de Dios se difundió en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom 5, 5)». (4)

2 Enarraciones sobre los Salmos, 85, 7, T. XXI, p. 226. Cf. Sermón de la Montaña II, 3, 14, T. XV, pp. 902-903: «En consecuencia, en la oración se verifica la conversión de nuestro corazón a Dios, que está siempre dispuesto a darnos, si nosotros somos capaces de recibir sus dones, y en la misma conversión se purifica la vista interior al excluir aquellas cosas temporales que se apetecían para que el ojo del corazón sencillo pueda percibir la luz pura; y no solamente pueda percibirla, sino permanecer en ella no sólo sin molestia alguna, sino también con inefable gozo, el cual constituye verdadera y sencillamente la plenitud de la vida bienaventurada».
3 Sermón 219, T. XXIV, p. 226.
4 Sermón 105, T. X, pp. 718.719-720.


¿Qué es la oración?
Escuchar la Palabra
Oración de Cristo
Volver al corazón
Contemplación y unión con Cristo
Vida y gratitud
Orar es amar
Rezar el Padrenuestro I
Rezar el Padrenuestro II

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