
Autor: san Agustín |
Autor: Teodoro Baztán, OAR |
Autor: Lucilo Echazarreta Sarabia |
Oramos con el salmista y es Cristo quien ora también, pues Él asume nuestra voz. Para escuchar a Cristo y orarle se debe pertenecer a su cuerpo, ser de los suyos, estar en su sintonía, certificando que pertenecemos a Cristo, a su cuerpo, a su Iglesia, a su continuidad en el mundo. Sin esta identidad reconocida nuestras plegarias se pierden, no saben dónde se hacen y qué deben hacer vivir. La voz de Cristo y la nuestra son una sola voz.
«Si es que pertenecemos a sus miembros y a su cuerpo, según nos atrevemos a creerlo diciéndonoslo Él, debemos reconocer nuestra voz, no la de un extraño. Y no dije "nuestra", como si sólo fuese de aquellos que actualmente estamos aquí, sino "nuestra", entendiéndola por la de todos los que estamos por todo el mundo. Todos nosotros somos en Cristo un solo hombre; Él es la cabeza de este único hombre, la cual está en los cielos, mas sus miembros aún sufren en la tierra» (5).
«Algunas veces los salmos, y no sólo los salmos, sino también las profecías, hablan de tal modo de Cristo, que sólo recomiendan la Cabeza; otras de la Cabeza se pasan al Cuerpo, esto es, a la Iglesia, sin aparecer que cambiaron de persona. Esto sucede porque no se separa la Cabeza del Cuerpo, sino que se habla como de uno solo» (6).Así, pues, Cristo unas veces habla en nombre propio, otras lo hace con nosotros o en nuestro nombre, y así brota enseguida como en una efusión cordial la expresión de una fe sentida: Él puede hablar cosas sin nosotros, pero nosotros no podemos decir, presentar, afirmar, orar nada sin Él; "¡Oh Señor!, sin ti nada; contigo todo. Él puede mucho; aún más, todo sin nosotros; nosotros no podemos nada sin Él":
«Como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, forman un solo cuerpo, así también Cristo es muchos miembros y un solo cuerpo. Luego todos nosotros, unidos a nuestra Cabeza, Cristo, somos vigorosos, pero sin nuestra Cabeza no valemos para nada. ¡Oh Señor!, sin ti nada; contigo todo. Él puede mucho; aún más, todo sin nosotros; nosotros no podemos nada sin Él» (7).Ya desde aquí la oración de Cristo con nosotros y nosotros con Cristo se hace muy rica y expresiva en el lenguaje agustiniano pues la oración es orar a Cristo, orar en Cristo, orar a partir de Cristo, orar por Cristo, orar con Cristo.
«Dios no puede dar ningún don mayor a los hombres que hacer que su Verbo, por el cual creó todas las cosas, fuese Cabeza de ellos y adaptarlos a Él como a miembros, a fin de que fuese Hijo de Dios e hijo del hombre: un solo Dios con el Padre y un solo hombre con los hombres. Por tanto, cuando hablamos a Dios suplicando, no separamos al Hijo de la plegaria; y cuando ruega el Cuerpo del Hijo, no aparta de sí a su Cabeza; y así es como el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, el único Salvador de su Cuerpo, el cual pide también por nosotros y en nosotros; y también cuando oramos. Ora por nosotros como sacerdote; ora en nosotros como nuestra cabeza; y nosotros oramos a él como a nuestro Dios; por tanto, reconocemos en él nuestra voz y la suya en nosotros» (8).
«Como el Cristo total es cabeza y cuerpo, por eso en todos los salmos, al oír la voz de la Cabeza, oigamos la del Cuerpo. Pues no quiso hablar separadamente el que no quiso separarse, conforme lo atestigua: Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos (Mt 28, 20). Si está con nosotros, habla con nosotros, de nosotros y por nosotros; como también nosotros hablamos en Él, y por eso hablamos verdad, porque hablamos en Él. Si quisiéramos hablar en nosotros y de nosotros, seríamos mentirosos» (9).
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