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Volver al corazón

por OAR

Para San Agustín el corazón es algo más que un lugar o un sentimiento; se trata de su propia identidad, su más honda realidad, lo que le confirma en su ser, su realidad interior más verdadera. Por eso será ahí donde la palabra tenga que tener su morada, su acogida, su descanso, su encarnación más profunda. Se trata de su hombre interior y esto es la identidad que Dios le da, cuando además se es imagen suya. Dirá san Agustín:

«Soy plenamente consciente y no tengo la menor duda de que te amo, Señor. Has herido mi corazón con tu palabra y te he amado. Pero también el cielo y la tierra y cuanto hay en ellos me andan diciendo desde todas partes que te ame. Y no cesan de decírselo a todos, para que no tengan excusa posible (Rom 1, 20)» (10).
«Son muchas las cosas a las que aspira mi corazón, dentro de la penuria actual de mi vida, sacudido por las palabras de tu Santa Escritura. Ocurre, de ordinario, que la insuficiencia de la comprensión humana suele ser abundante en palabras, ya que la búsqueda es más parlanchina que el hallazgo, la demanda es mucho más larga que la consecución y más se fatiga la mano en llamar a la puerta que en recibir» (11).
«Cuando oráis a Dios con salmos e himnos, vivid en el corazón lo que decís con la voz» (12).
Por tanto, si el corazón es lo propio, lo más íntimo, lo más nuestro, la oración mirará no sólo en volver a Dios, sino en volver a sí mismo, volver al propio corazón y además aquí estaría la capacidad de trascenderse. La llamada agustiniana al "retorno a tu propio corazón" es una llamada a dejarse confiadamente en Dios.

«De dónde dice el Apóstol: Los ojos iluminados de vuestro corazón (Ef 1, 18). Vuelve al corazón; mira allí qué es lo que tal vez sientes de Dios: allí está la imagen de Dios. En este hombre interior habita Cristo, y en el hombre interior serás renovado según la imagen de Dios; conoce en su imagen a su Creador. ¡Mira cómo todos los sentidos corporales transmiten al centro del corazón la impresión que reciben de fuera. ¿No hemos llamado? ¿Se ha despertado en nosotros algo que nos lleve a sospechar, aunque sea ligeramente, de dónde nos viene la luz?. Yo creo, hermanos, que hablar y meditar estas cosas es ejercitarnos» (13).
«No prohibiré a mis labios; Señor, tú lo sabes. No suceda que crea el corazón y, por causa del temor, prohíba a los labios manifestar lo que creyó. Quien se avergonzare de mí delante de los hombres, yo también me avergonzaré de él delante de mi Padre; es decir, no le reconoceré, puesto que quien se avergonzó de confesarme delante de los hombre no merece que yo le confiese delante de mi Padre. Profieran los labios lo que se encierra en el corazón, para así obrar contra el temor. Contenga el corazón lo que profieren los labios, para obrar así contra la simulación. Pues algunas veces, en presencia del temor, no te atreves a decir lo que sabes, lo que crees; otras hablas simulando, pero en el corazón no tienes tal cosa. Concuerden los labios con tu corazón. Recabas de Dios la paz; Él te la dará; no exista entre tus labios y tu corazón aquella querella tendenciosa. Ve, no temas y prohíbas a tus labios. Señor, tú sabes, que contiene el corazón lo que pronuncian los labios» (14).
La confesión silenciosa que hace Agustín ante su Dios será como el sonido del deseo de amor que grita. Si ha dicho algo bueno a Dios se lo podrá comunicar a sus oyentes; dirá o diremos lo que antes nosotros hemos recibido.

«Señor, te soy bien conocido tal como soy. Por otra parte, ya he manifestado la finalidad que persigo confesándote (15).
«Por supuesto que no lo hago con palabras ni gritos carnales, sino con palabras del alma, con gritos de la mente, que conoce tu oído. Cuando soy malo, confesarte no es otra cosa que sentir disgusto de mí mismo. Y cuando soy piadoso, confesarte a ti no es otra cosa que no atribuírmelo a mí, porque tú, Señor, bendices al justo (Sal 5, 13), pero primero lo justificas cuando es impío (Sal 95, 6). Por eso, mi confesión en tu presencia (Sal 102, 3), Dios mío, es a la vez callada y no callada. Calla la voz, grita el corazón. Nada acertado les digo a los hombres que tú no me lo hayas oído antes. Es más; nada acertado pueden oír de mí, si antes no me lo has dicho tú mismo» (16).
Que los labios enmudezcan y el corazón exprese con toda la intensidad del afecto lo que puede uno expresar y clamar:

«Cuando oramos a Dios, ya con la boca, cuando sea necesario, ya en silencio, siempre ha de clamarse con el corazón. El clamor del corazón es un pensamiento vehemente que, cuando se da en la oración, expresa el gran afecto del que ora y pide, de suerte que no desconfía de conseguir lo que pide. Se clama con todo el corazón cuando no se distrae en alguna otra cosa» (17).

10 Confesiones X, 6, 8, p. 315.
11 Confesiones XII, 1, 1, p. 415.
12 Regla 2,3
13 Tratados sobre el Evangelio de San Juan 18, 10-11, T. XIII, p. 485.
14 Enarraciones sobre los Salmos 39, 16, T. XIX, pp. 743.744.745
15 Cf. Confesiones 2,3,5, 7,15, 4,1,1, 5,1,1, 9,12,13
16 Confesiones X, 2, 2, p. 310
17 Enarraciones 118, XXIX, 1, T. XXII, pp. 181-183.


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