Clemente, llamado de Ósimo por su pueblo natal, o de San Elpidio por el pueblo en que abrazó la vida agustiniana, fue provincial de la Marca de Ancona y prior general de 1271 a 1284 y de 1284 a 1291. Murió, siendo general, en Roma el 8 de abril de 1291. Se distinguió por su amor fraterno, por su pobreza y por su suavidad y benignidad, así como por su amor a la Orden, en cuyo servicio supo sufrir hasta consumir en él sus energías y su misma vida. Sus restos reposan en Roma, en la capilla de la curia general de la Orden de san Agustín. Su culto fue confirmado por Clemente XIII en 1761.

El beato Agustín nació en Tarano (Rieti, Italia). Tras sus estudios de derecho civil y eclesiástico en la universidad de Bolonia entró en la corte del rey Manfredo de Sicilia. Ingresó en la orden como hermano de obediencia en Rosía, cerca de Lecceto (Siena), ocultando su cultura y posición social. Pero su amor a la justicia y a la comunidad desbarataron sus planes y desvelaron su identidad. Llamado a Roma por el beato Clemente, se ordenó de sacerdote y poco más tarde fue nombrado penitenciario de la Curia Romana. En 1292 fue llamado a gobernar la orden como prior general hasta el capítulo general de 1300, en que presentó la renuncia y se retiró al yermo de San Leonardo, en las cercanías de Lecceto. Allí murió el 19 de mayo de 1309 o 1310.

Se distinguió por su humildad, por el celo con que promovió la observancia religiosa y el amor a la contemplación en la vida común. Sus restos mortales, sepultados hasta nuestros días en la iglesia de San Agustín de Siena, fueron trasladados en 1977 a la iglesia parroquial de Termini Imerese (Palermo). Su culto fue confirmado en 1759 por el papa Clemente XIII.

La Orden debe a estos dos beatos la redacción definitiva de las Constituciones del año 1290, que, por haber sido aprobadas en el capítulo celebrado en Ratisbona, han pasado a la historia con el nombre de Constituciones Ratisbonenses. Ese hecho ha perpetuado su memoria y su fama en la Orden a través de los siglos.