«Tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé» (Conf. 10, 27, 38). Con este grito de su corazón expresa san Agustín su pesar por haber malgastado en cosas baldías tantos años de su vida. La conversión fue para él el arribo al puerto tras un laborioso y largo navegar por el océano de la duda, de la incertidumbre y de la incoherencia. Con la conversión se encuentra a sí mismo y a la vez encuentra la alegría de vivir, experimenta el amor en el abrazo misericordioso del Padre y comienza a ver a la Iglesia como madre de salvación y modelo de vida.

Durante la vigilia pascual del año 387, en la noche del 24 al 25 de abril, Agustín y sus amigos fueron bautizados en Milán por san Ambrosio, obispo de la ciudad: «fuimos bautizados y se desvaneció de nosotros toda inquietud por la vida pasada» (Conf. 9, 6, 14).

 

La fiesta de la Conversión de san Agustín se celebra en la Orden agustiniana prácticamente desde el año 1341, en la fecha del 5 de mayo, que decidió que más tarde se eligiera la del día anterior para celebrar la fiesta de santa Mónica. Desde el 14 de junio de 1928, se celebra la Conversión el día 24 de abril.