Grevil Antonio estuvo preso en el Processing Center, en El Paso (Texas, EEUU). Allí conoció al agustino recoleto José Luis Garayoa, a quien visita cada domingo en su parroquia buscando “esperanza” tras quedar libre y reencontrarse con su esposa y con su hija. José Luis Garayoa cuenta esta historia en el semanario Alfa y Omega

«Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo», recomendaba León Felipe en su poema Romero, solo Romero. Recuerdo los tiempos en los que, aprendiendo a tocar la bandurria, dolían tanto las yemas de los dedos que uno dejaba de apretar las cuerdas de acero. «Sigue hasta que haga callo –oías al profesor–; entonces perderás sensibilidad y ya no te dolerá». Uno quisiera que, en el alma, como en los dedos, el callo te hiciese perder sensibilidad. Pero no es así. Cada historia que compartes te deja el alma en carne viva. Y, dan ganas, como insiste el poeta, de «pasar ligero, siempre ligero…».

Hoy me toca subir al Processing Center de la calle Montana a confesar. Digo confesar, aunque la verdad es que lo que buscan los detenidos es tener alguien con quien charlar un rato y desahogar sus penas. Si son varios no puedo extenderme mucho, porque solo me permiten usar el cuarto de entrevistas de 13:00 a 15:00 horas, aunque los de Seguridad son buena gente y me conocen desde hace tiempo y, si me extiendo un rato, hacen la vista gorda. Grevil Antonio nunca falta a la cita. Le gusta platicar y disfruta de la conversación. Yo también. Le digo que casi no nos queda tiempo y se ríe: «Solo quería darte un abrazo y una buena noticia».

– «¿Qué pasa?», le pregunto intrigado.

– «Salgo mañana y me dejan quedarme con mi niña y con mi esposa. Sabes que las historias que contamos ante un juez las dictaminan creíbles o no creíbles. Mi historia, que tú conoces muy bien, la sienten creíble».

Se nos humedecen los ojos a los dos. Todos y cada uno de los detenidos sueñan con que el juez les permita intentar vivir su sueño. He oído tantas veces: «Gracias por todo padrecito, me deportan el próximo martes…» que, cuando sucede el milagro, la alegría te paraliza y no sabes qué decir. Solo lloras y sonríes.

– «Repíteme la dirección de tu iglesia para memorizarla –me pide Grevil–, porque quiero verte allí sin mi uniforme naranja».

Los detenidos son acomodados en barracas vistiendo diferentes colores de uniforme. El azul lo visten los que son considerados de baja peligrosidad. El color naranja indica que has cometido una felonía no muy grave. Intentar ingresar en el país para pedir asilo político por el desierto y no entregándose en la frontera se considera felonía. Los del uniforme rojo son los que consideran más peligrosos.

El sábado a mediodía suena mi teléfono móvil. Es Grevil, está libre y quiere que le dé el horario de Misas del domingo para venir a dar su testimonio a mi gente. Quedamos en la Misa de 12:00 horas y le pido permiso para contaros su historia. Acepta con la condición de que el nombre del protagonista sea el nombre de su hermano, al que tirotearon y mataron en su país hace nueve meses.

La muerte de su hermano y la insistencia de su padre enfermo convencieron a Grevil de buscar nuevos horizontes. Dejo que sea él quien os lo cuente: «Estuve escondido en un pueblecito de Guatemala durante días. Allí me contactó el coyote que, por 4.000 dólares, se comprometió a llevarme hasta la frontera de Ciudad Juárez con EE. UU.. Nos dieron una clave: «Azael». Si algún policía nos paraba, con solo decirla nos dejarían en paz. Fueron 27 días durmiendo en camiones y taxis. Escondido sin saber de mi familia».

Le pregunto si decir la clave no compromete a nadie. Me contesta que la cambian cada día, que no hay problema. Le pido que siga.

«En Ciudad Juárez nos contactaron con otro coyote que, por 600 dólares, nos iba a adentrar a Sierra Blanca. Después de dormir tres días en una nave nos cruzaron. Cuatro días en el desierto derrotan a cualquiera. Un compañero se sentó en una piedra sin poder dar un paso. Los demás, seguimos hasta que el servicio de inmigración nos rodeó y nos detuvo. De allí al Processing Center. Las noches se me hacían interminables pensando en mi esposa y en mi niña. También en mi padre enfermo, ajeno a mi mala suerte. Lo demás lo hemos platicado muchas veces. Cómo un día, por casualidad, me encontré un papelito tirado en el suelo explicando el rezo del rosario. Sabes que me abracé a él como a un salvavidas, y que invitaba a rezarlo todos juntos en la barraca. Cómo el rezar fue calmando mi angustia y llenando de Dios mi soledad. Y cómo, de la nada, resurgió la esperanza».

Le digo que el próximo viernes lo voy a extrañar, que él estará en Carolina del Norte y yo de vuelta en el Processing Center para celebrar la Eucaristía.

– «¿Qué les digo, qué hago, Grevil Antonio?».

– «Haz lo que haces siempre: danos esperanza».

Y nos damos un abrazo interminable. Suspiro profundo tocando el muro con la yema de los dedos al volver a casa. La vida sigue, pero hoy la vida me sonrió y duermo rezando agradecido.

 

José Luis Garayoa
Agustino recoleto. Misionero en Texas (EE. UU.)

Artículo publicado en el semanario Alfa y Omega