Dios ha escrito un libro precioso, «cuyas letras son la multitud de criaturas presentes en el universo». Esto dice el papa Francisco en su encíclica Laudato sí, citando palabras de su antecesor san Juan Pablo II. San Agustín ya empleaba la misma imagen: “La hermosura de la creación es un enorme libro. Dios no hizo letras de tinta que lo den a conocer, pero ha puesto ante tus ojos todas las cosas creadas”. Y a su adversario Fausto le reprochaba: “Tenías que haber detenido la mirada en la creación entera, como quien lee en un gran libro la naturaleza de las cosas”.

La segunda encíclica de Francisco, primera enteramente suya, no cita a san Agustín para nada. Y, con toda justicia, da un lugar de privilegio a san Francisco de Asís. Pudiera parecer que, en este punto, ambos son polos opuestos. Sin embargo, “la humanidad tiene en Agustín de Hipona (354-430) y en Francisco de Asís (1182-1226) dos exponentes claves de la Ecología teológica o Teología ecológica”. Así comienza su obra “San Agustín y el libro abierto de la creación” el agustino recoleto Carlos Cardona.

Este autor colombiano no se considera especialista en san Agustín. Simplemente, él es un lector que disfruta descubriendo al Santo de Hipona en contacto con la naturaleza, cómo la observa y la muestra a los demás en sus homilías y escritos. Y por las páginas del libro que hemos citado pulula todo tipo de animales: desde la grulla a la comadreja, de la polilla al ruiseñor, del elefante al león, y el gavilán, el estelión… una fauna variadísima que muestra bien a las claras la extraordinaria capacidad de observación que tenía el Santo.

El Agustín que presenta Cardona saca tiempo para detenerse a observar una gallina con sus pollitos, el ternero o el cordero mamando, las hormigas y las abejas trabajando duro en verano para no pasar hambre en invierno. El santo Doctor se entretiene con los agricultores que injertan los árboles frutales o abonan los campos desparramando estiércol. El Obispo con mil ocupaciones encuentra tiempo para contemplar cómo construyen su nido las aves, cómo empollan y alimentan a sus polluelos y cómo éstos, después, echan plumas y ensayan los primeros vuelos.

Los sermones y catequesis de san Agustín están “invadidos” por la Creación. Todo le sirve para enseñar, hacer comparaciones precisas y oportunas, presentar las verdades dogmáticas más difíciles con ejemplos que toma de la creación y de la vida real. Todo ello lo prueba e ilustra Cardona con más de 200 pasajes entresacados sobre todo de la predicación agustiniana. Y aún reconoce sencillamente: “No todo lo que dice san Agustín sobre la creación se encuentra en esta obra; queda todavía mucho por extractar de todos sus escritos. El hombre, por ejemplo, es apenas un esbozo. El tema queda abierto”.

Buena ocasión se nos presenta ahora, visto que la encíclica de Francisco ha sido acogida con universal aplauso. Las palabras del Santo de Hipona nos resultarán más sabrosas, y su ejemplo más estimulante. No haremos más que seguir, como hacía Agustín, el ejemplo del propio Cristo: “Cuando recorría cada rincón de su tierra ‑leemos en la Laudato sí‑ se detenía a contemplar la hermosura sembrada por su Padre, e invitaba a sus discípulos a reconocer en las cosas un mensaje divino: Levantad los ojos y mirad los campos, que ya están listos para la cosecha (Jn 4,35)”.