En su homilía del jueves santo, Mons. Mario Alberto Molina, arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala) se dirigió a todos los asistentes a la celebración con unas palabras inspiradas en la carta que el prior general remitió al convocar el Año de la Santidad que está viviendo la Orden.

La homilía comenzaba destacando el sentido de la celebración litúrgica: “Esta misa crismal celebra a Jesucristo sacerdote que hace de nosotros un pueblo sacerdotal para santificarnos y para que demos testimonio de la santidad de Dios.”

Mons. Molina destacaba de este modo el fundamento de la santidad: “Todos, laicos, religiosas, sacerdotes y obispo, somos miembros del pueblo de Dios. Somos un pueblo santo, porque hemos sido purificados por los sacramentos de la salvación y nos hemos convertido en Cuerpo de Cristo y en templo del Espíritu Santo, lo que nos compromete a vivir con coherencia moral y en actitud de servicio y amor mutuo. Somos un reino sacerdotal, porque pertenecemos a Dios, somos su propiedad, lo que nos compromete a tener solo a Dios como referencia de nuestra vida y ofrecerle a él lo que somos y hacemos.“

Seguidamente, recordaba el por qué esa celebración se denomina “misa crismal”, pues en ella se consagra el santo crisma, el aceite perfumado que simboliza el don del Espíritu Santo y realiza nuestra consagración a Dios en el Bautismo y la Confirmación. “Estos son los dos sacramentos que nos convierten en pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo.” El santo crisma -argumentaba Mons. Molina- también consagra a los sacerdotes y obispos para que sirvan al Pueblo de Dios por medio de los sacramentos, especialmente por la Eucaristía. “Además de consagrar el santo crisma, en esta misa el obispo también bendice el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos.” “Estos tres óleos, por lo tanto abarcan el arco de nuestra vida, para que toda ella quede consagrada y santificada para Dios. Dios nos hace santos, seamos también nosotros santos.”

“La santidad -recordaba Mons. Molina- se realiza de dos maneras en nuestra vida: por lo que somos y por lo que hacemos. A través de los sacramentos, sobre todo del bautismo, la confirmación y la eucaristía Dios nos hace santos, nos marca como miembros de su pueblo, como elegidos suyos, llamados a la salvación. Es así como somos santos por obra de Dios. También otros dos sacramentos, el del matrimonio y el del orden, son acciones de Dios por las que él nos santifica, nos consagra. A los esposos para que su vida conyugal sea camino de santidad, de comunión en el amor de Dios, de caridad fecunda. A los sacerdotes y obispos, para que perteneciendo solo a Dios y dedicados a su servicio, sirvamos al pueblo de Dios por el ejercicio del ministerio de Cristo a su favor.”

“Pero eso que somos -continuaba el arzobispo de Los Altos- debe traducirse en obra, en lo que hacemos. La santidad existencial se debe convertir en santidad moral. Es allí donde muchas veces nuestra conciencia nos reclama, cuando no vivimos a la altura de lo que somos e incluso nos olvidamos de lo que somos, de la identidad que hemos adquirido por los sacramentos. Pero el Señor que conoce nuestra fragilidad, también estableció el sacramento de la penitencia, que prolonga a lo largo de nuestra vida la fuerza purificadora del bautismo, para que con el continuo arrepentimiento y conversión, prosigamos el camino de la santidad.”

Por último, Mons. Molina se centraba en la Carta Apostólica Novo Milenio Ineunte para recordar las pistas marcadas por San Juan Pablo II para el tercer milenio, basándose en la identidad de la Iglesia como pueblo santo, una santidad sin excepción.