San Ezequiel Moreno destaca la Cuaresma como uno de los tiempos litúrgicos más solemnes del año. Como preparación para la Pascua, el santo agustino recoleto recomienda retirarse al desierto como hizo Jesús tras ser bautizado

Ductus est Iesus a Spiritu in desertum ut tentaretur a diabolo (Mt 4,1)

Todos sabéis, no tengo necesidad de deciros, que es el tiempo de cuaresma es el más solemne de todos en los que el año cristiano se subdivide. Es el tiempo llamado santo por excelencia. Y efectivamente, es santo no solo en razón a los misterios augustos que durante el mismo se conmemoran sino por cuanto durante dicho tiempo es cuando los cristianos deben redoblar sus esfuerzos con el fin de santificarse.

La santa Iglesia nos indica y aún preceptúa algunos de los medios que hemos de emplear para llegar a santificarnos. Ella en este santo tiempo encarga el recogimiento de espíritu, la penitencia, la oración, la asistencia a oír la divina palabra, y para más animarnos a esas obras, nos pone como ejemplo a nuestro Señor Jesucristo que se retira del bullicio del mundo y corre al desierto a tratar con su Padre celestial, y mortificarse con largo ayuno.

La Iglesia considera a sus hijos en este tiempo como un numeroso ejército que combate día y noche contra los enemigos de sus almas, demonio, mundo, y carne, y para que confiemos en conseguir el triunfo, nos pone a la vista el Redentor que lucha en el desierto contra la triple tentación y el mismo Satanás y sale victorioso en presencia de los ángeles, que observan el combate y acudieron presurosos a él después de la victoria, para servirle y prestarle sus homenajes.

Vamos nosotros también al desierto a presenciar la lucha de nuestro divino Redentor y aprender de él la manera de vencer al enemigo.

Apenas recibió Jesucristo el bautismo que le administró el Bautista en el Jordán, le vieron encaminarse en dirección al Mar Muerto, para internarse en la triste región que todavía se llama el desierto de la Judea. El evangelio indica, en términos que sobrecogen con su misma elocuente brevedad, la índole de la vehemente inspiración que le llevó al desierto: fue arrebatado, dice san Lucas, por el Espíritu. San Marcos se expresa aún con más energía y dice: Enseguida, el mismo Espíritu le arrojó al desierto”. San Mateo de quien es el evangelio de hoy dice que: “Fue conducido por el Espíritu al desierto para que fuera tentado por el diablo”.

Dejémonos llevar también nosotros en este tiempo al desierto al retiro por el Espíritu de Dios. “Salvaos, dice san Pedro, renunciando a este mundo corrompido”.

Los cristianos están obligados a guardar retiro y a llevar una vida que esté desligada de las cosas de la tierra y muy por encima de las vanidades y placeres del mundo; una vida celestial de modo que pueda decir con san Pablo: Nostra conversatio in coelis est. “He aquí la gracia de nuestra vocación, dice san Pedro apóstol, a eso somos llamados”. No es una vocación particular propia de personas religiosas, sino que en cualquiera de los estados en que nos hallemos colocados por Dios estamos obligados al retiro del mundo y de sus vanidades. “Bástame saber que sois cristianos, dice Tertuliano, para deducir que si vivís conforme a los deberes y obligaciones que ese nombre impone, estaréis separados del mundo”.

Ese retiro del mundo nos es ventajoso en extremo. Basta conocer lo que es el mundo, su espíritu, sus peligros, sus errores, sus vicios, para deducir lo ventajoso que es el retiro de él.

El primero de los anacoretas, san Antonio, lo describe diciendo que es semejante a un vasto campo sembrado de lazos y trampas. Asustado el santo a la vista de tan grandes y numerosos peligros, dirigía al Señor esta pregunta: Quis evadet? ¿Quién se librará? ¿Quién podrá dar dos o tres pasos sin caer en uno de esos múltiples lazos?

Apartémonos, pues, del mundo en cuanto sea posible; vivamos alejados de él a ejemplo de Jesucristo que se retiró al desierto donde iba a ser tentado por el diablo: ut tentaretur a diabolo.

Para qué fue llevado al desierto

Fue llevado al desierto para ser tentado y vencer. Los cielos se habían abierto, y se había visto el Espíritu de Dios descender como una paloma sobre Jesús, y se había oído una voz que decía desde el cielo: Este es mi Hijo amado en quien he puesto mis complacencias”. Jesús, pues, acababa de ser señalado como Hijo de Dios. La Santísima Trinidad daba testimonio de la dignidad y excelencia de Jesús, y discípulo de todo esto, Jesús, sin embargo, es tentado. ¿Quién extrañará, pues, ser tentado aun cuando haya llegado a la más alta perfección? Hijo mío, dice la Sabiduría, al ponerte al servicio de Dios prepara tu alma para la tentación”. Se explica esto perfectamente. El demonio no puede ver sin rabia a aquella alma que se le escapa, y cuanto más tiempo ha reinado sobre ella, con más empeño la persigue con sus tentaciones. Una vez convertidos, somos a manera de presa escapada al demonio y quiere recobrarnos; somos, también, el tesoro de Jesús, y nos quiere purificar. Mas no temamos, que Jesús venció, para que nosotros venzamos también. Jamás consentirá que seamos presa de su enemigo, mientras queramos permanecer fieles a él, y aún cuando sensiblemente no experimentemos la presencia de Jesús, no dudemos de que está con nosotros. ¿Dónde estabais, oh, buen Jesús, dónde estabais, decía un patriarca de la soledad discípulo de un violento asalto de los demonios? Y una voz se dejó oír que le decía: allí estaba, espectador satisfecho y complacido de tus combates.

Primera tentación

Pero, es preciso que estemos prevenidos para la tentación. Jesucristo se preparó para la tentación con el ayuno según el evangelista que sigue diciendo: “Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches tuvo hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”.

Otros muchos hombres no llevan su error a tanta altura pero sí participan mucho de ese mismo error, y se les ve entusiasmados con la materia, y no saben hablar sino de industria, de negocios, de dinero, de adelantos, como dicen, de progreso, pero de progreso en la materia. ¿No conocemos nosotros a muchos de esos hombres? ¿Y quién sabe si hasta los que se creen lejos de ese engaño, de esa moderna tentación de Satanás están metidos en ella?

No condenamos el trabajo humano que es santo o puede serlo, y lo bendice Dios y lo recompensa porque ha hecho de él un deber, pero hay que decir y contestar lo que Jesucristo dijo a Satanás sin perder su serenidad ni su dulzura: “No de solo pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

El hombre tiene una alma y necesita de otro alimento que no sea el material; necesita doctrina, verdad, religión. No son los más felices los pueblos más ricos, sino los más sanos de corazón; y no son los más sanos de corazón los que tienen más progreso material, sino los más creyentes. Dura y amarga prueba de esto han recibido estos días los muchos colombianos que se entusiasmaban hasta lo ridículo con el gran pueblo de la América del Norte por sus adelantos materiales. Hoy han patentizado que con todo ese adelanto material, es un pueblo ruin y miserable, sin conciencia y sin vergüenza siquiera.

No desdeñamos las riquezas, adelantos y cultura intelectual, pero sí les señalamos el lugar que les corresponde, que es el segundo. Primero las creencias y las costumbres, después los adelantos y las riquezas. Los hombres que hoy pasan por civilizados invierten los términos; poner en primer lugar lo que debe ocupar el segundo, y en segundo o tal vez en cuarto u último lo que debe ocupar el primero.

Las ganancias, el dinero, los adelantos, pueden proporcionar algunas comodidades, pero quedan una porción de infortunios que ni el dinero ni los adelantos pueden borrar de la faz de la tierra. Esas cosas, ese dinero, esos adelantos ni pueden liberar de enfermedades a nuestros cuerpos ni de pasiones a nuestro corazón y por eso exclamó Jesucristo y con él debemos exclamar de continuo en estos tiempos: No de solo pan vive el hombre.

El reino de Dios no consiste en comer y beber; ese reino es la justicia y la paz y la alegría en el Espíritu Santo. Por eso más adelante, Jesucristo repitió la lección del desierto diciendo: “Que no os preocupe vuestra vida material: no digáis qué comeremos y qué beberemos, buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”.

¡Ah! Retírate pues, de mi, tentador! En vano es que me ofrezcas vanidades y placeres, gloria y honor, alimentos de materia y para la materia; ni mi hambre, ni mi sed se calmarán con esas cosas. Me hace falta Jesús; su príncipe, su doctrina, sus cariños, su amor, su Cuerpo santísimo. Jesús únicamente puede satisfacer todos mis deseos y llenar todas mis esperanzas. Él solo tiene virtud para calmar las ansias de mi corazón y elevar mi alma. ¡Oh, Salvador mío! No necesito hacer pan de las piedras, porque te tengo a ti que eres Pan de vida. Este pan me basta.

No hay manjar alguno más delicioso que el consuelo que una alma experimenta cuando ha resistido y vencido la tentación. Los ángeles, como a Jesucristo, vienen y le sirven satisfechos y alegres. El mismo Jesucristo prepara en recompensa el delicioso manjar de su misma carne. Y ¡con qué confianza se acerca entonces el alma a recibirle enemigo en la Eucaristía! ¡Ah! qué gusto poder decirle, qué fuerza, qué dulzura encuentra en Jesucristo! ¿Hubiera encontrado nada igual al aceptar los engañosos y falsos bienes, que el enemigo le ofrecía? Los bienes de la Eucaristía tienen tanta permanencia como substancia. Su substancia es Jesús, su permanencia la eternidad, porque Jesús es el heredero de las promesas eternas, y es eterno, y eternas su grandeza, su bondad, su hermosura, sus caricias cuyo sabor inefable responderá al de todos los amores puros, y al de todas las castas ternuras.

¡Oh, Jesús! ¿Cómo podré yo adherirme a cosa alguna que no seáis vos? ¿Qué bienes, qué dichas, qué criaturas valen una de vuestras miradas, una de vuestras sonrisas en el altar o en la comunión? Sois todo bien porque sois el amor absoluto, y no pasáis nunca y jamás engañáis, ni sois inconstante, sino que amáis siempre. ¿Quién no se animará a luchar para daros pruebas de amor y de fidelidad y conseguir tanto bien?

¡Oh, Salvador mío! Pero somos débiles: Yo ruego a los ángeles que os sirvieron después de vencer en las tentaciones que nos ayuden, que nos defiendan, que nos mantengan unidos a vos por todas [nuestras] potencias, por todos [nuestros] sentidos, por todos [nuestros] afectos y deseos, a fin de que, vencedores de los demonios, lleguemos a ser compañeros de los ángeles; desterrados del mundo somos herederos de la gloria del paraíso; y despojados de nosotros mismos, unidos a Cristo por toda la eternidad.

San Ezequiel Moreno – Sermón 77