Adelantó la doctrina del Concilio de Trento con su palabra y su acercamiento a los necesitados. Además de entregado a los demás, tenía una vida interior muy profunda. “Muestra que los dones de Dios no son para nosotros sino para darlos a los demás”, resume el P. Imanol Larrinaga OAR

Era apodado el ‘Limosnero de Dios’. Así se le conocía a Santo Tomás de Villanueva. Nació en Fuenllana (Ciudad Real) en 1486 aunque pronto se trasladó con su familia a la cercana localidad de Villanueva de los Infantes. De ahí su nombre: Tomás de Villanueva. Fuenllana no era para él su lugar de procedencia sino Villanueva. Aún se conserva en pie parte de la casa donde se crio.

Pronto sacó su faceta de limosnero. Provenía de una familia pudiente. No obstante, siendo joven se desproveía de su ropa para dársela a los más pobres. “Se significó por una pobreza radical y un servicio a los pobres indudable”, indica el P. Miguel Ángel Orcasitas OSA.

Su extrema pobreza y su entrega a los necesitados fue lo que más llamó a la atención a los que vivieron con él. Gozó de gran fama por su gran austeridad personal (llegó a vender el jergón donde dormía para dar el dinero a los pobres) y por su ejercicio continuo e infatigable de la caridad, especialmente con los huérfanos, con las doncellas pobres y sin dote y con los enfermos.

“Ve la realidad de las personas que sufren la miseria, de los pobres”, afirma el P. Imanol Larrinaga OAR, que añade: “Creará una atmósfera en la que todos sus fieles verán una auténtica pobreza de los demás, la necesidad que tienen los demás”. “Muestra que los dones de Dios no son para nosotros sino para darlos a los demás”, concreta.

Desprendido y entregado a los demás. Su pobreza exterior se contrarrestaba con su riqueza interior. “Era un hombre de oración. Llega a aparecer como un hombre de oración que vive en una tensión espiritual muy grande”, dice el P. Orcasitas. El P. Larrinaga va más allá: “Entra en el fondo del misterio de Dios y muestra como tiene que vivir la Iglesia de Dios”.

Fue un gran estudioso desde joven. Pronto fue a la Universidad de Alcalá a realizar sus estudios y posteriormente a Salamanca, donde hizo su profesión solemne. Destaca su conocimiento de la doctrina de San Agustín. “Conoce increíblemente bien a San Agustín y tiene un gran dominio de la Biblia”, afirma el P. Miguel Ángel Orcasitas. “En sus homilías hacía grandes afirmaciones que apoyaba con una cita bíblica textual”, indica. Actualmente Santo Tomás de Villanueva está en proceso para ser doctor de la Iglesia.

Dentro de la Orden, Santo Tomás llegó a ocupar el cargo de Prior Provincial y de Consejero. Su vocación como fraile agustino estuvo siempre definida y fue fiel al designio de Dios. Dice el P. Orcasitas que “vive con fidelidad y austeridad en las normas y en la Regla de manera ejemplar”. “Desde el espíritu asume el ofrecimiento mayor de una vida de entrega a Dios”, añade el P. Imanol.

Posteriormente fue designado Arzobispo de Valencia. Desde su cátedra seguirá entregándolo todo a los pobres. Se despoja de todo para dárselo a los necesitados. Así se hace célebre entre el pueblo valenciano. El P. Imanol Larrinaga señala el esfuerzo de Santo Tomás. “Estaba metido en su comunidad; y de pronto del convento debe ir al Palacio como obispo. Y sigue con su pobreza de vida consagrada”. El P. Orcasitas señala su preocupación por los pobres siendo obispo y su cercanía a sus necesidades. “Siendo arzobispo se preocupó de la reforma de los fieles y de la vida consagrada”, indica.

Su pensamiento se muestra muy crítico con Lutero y sus planteamientos destructivos de la vida religiosa, atacando los votos. No obstante, adelantará con sus obras y su doctrina lo que certificará posteriormente el Concilio de Trento. Ratifica la jerarquía eclesial aunque cercana a los fieles. Representa la imagen de un sacerdote estudioso y conocedor de las enseñanzas de Cristo. Además, el P. Larrinaga señala su enorme fervor a María. “Nadie ha escrito así sobre la Virgen”, dice.

Santo Tomás de Villanueva falleció en Valencia en 1555. Ocho años después, en 1563, se promulgó el decreto del Concilio de Trento en el que se sentaban las bases de una doctrina que ya había adelantado, mediante su palabra y su obra, Santo Tomás de Villanueva. “Tiene un sentido auténtico de lo que es la fe, la vida consagrada y el testimonio de la Iglesia”, resume el P. Imanol Larrinaga.