En su sermón 210, San Agustín explicó la importancia que tiene para el cristiano la cuaresma. Destaca el desprendimiento corporal y espiritual como preparación para la Pasión y Resurrección de Cristo

En su pasión nuestro Señor Jesucristo puso ante nuestros ojos las fatigas y tribulaciones del mundo presente; en su resurrección, la vida eterna y feliz del mundo futuro. Toleremos lo presente, esperemos lo futuro. Por eso, en estas fechas vivimos días en que, al mortificar nuestras vidas con ayunos y la observancia (cuaresmal), simbolizamos las fatigas del mundo presente; en las fechas venideras, en cambio, simbolizamos los días del mundo futuro. Aún no hemos llegado a él. He dicho «simbolizamos», no «tenemos». Por tanto, hasta el día de la pasión es tiempo de contrición; después de la resurrección, tiempo de alabanza.

En aquella vida, en el reino de Dios, ésa será nuestra ocupación: ver, amar, alabar. ¿Qué hemos de hacer, pues, allí? En esta vida unas obras son fruto de la necesidad y otras de la iniquidad. ¿Qué obras son fruto de la necesidad? Sembrar, arar, binar, navegar, moler, cocer, tejer, y otras semejantes. También son fruto de la necesidad aquellas nuestras buenas obras. Tú no tienes necesidad de repartir tu pan con el hambriento, pero la tiene aquel a quien se lo das. Acoger al peregrino, vestir al desnudo, rescatar al cautivo, visitar al enfermo, aconsejar a quien delibera, liberar al oprimido: todas estas cosas caen dentro de la limosna y son fruto de la necesidad. ¿Cuáles son fruto de la iniquidad? Robar, asaltar a mano armada, emborracharse, participar en juegos de fortuna, cobrar intereses; ¿quién es capaz de enumerar todos los frutos de la maldad? En aquel reino no habrá obras fruto de la necesidad, porque no habrá miseria alguna; ni existirán los frutos de la iniquidad, porque desaparecerá cualquier molestia de unos a otros. Donde no hay miseria, no reclama obras la necesidad y donde no hay malicia no las produce la iniquidad. ¿Cómo vas a trabajar por el alimento, si nadie tiene hambre? ¿Cómo vas a dar limosnas? ¿Con quién repartes tu pan, si nadie tiene necesidad de él? ¿A qué enfermo visitas donde reina la salud perpetua? ¿A qué muerto das sepultura donde la inmortalidad nunca muere? Desaparecen las obras que son fruto de la necesidad; en cuanto a las obras fruto de la iniquidad, si las haces aquí, no llegas allí. ¿Qué hemos de hacer allí? Decídmelo. ¿Nos dedicaremos a dormir? En efecto, aquí, cuando los hombres no tienen nada que hacer, se entregan al sueño. Allí no hay sueño, porque no hay desfallecimiento alguno. Si no hemos de hacer obra de necesidad alguna, si no nos entregamos al sueño, ¿qué vamos a hacer? Que nadie se asuste ante la perspectiva del aburrimiento, que nadie piense que también allí va a darse. ¿Acaso ahora te hastía el estar sano? En este mundo todas las cosas producen hastío; sólo la salud está excluida de ello. Si la salud no causa tedio, ¿lo causará la condición de inmortal? ¿Cuál será entonces nuestra actividad? El Amén y el Aleluya.Una cosa es la que hacemos aquí y otra la que haremos allí -no digo día y noche, sino en el día sin fin-: lo que ya ahora dicen sin cansarse las potestades del cielo, los serafines: Santo, santo, santo es el Señor, Dios de los ejércitos. Esto lo repiten sin cansarse.¿Se fatiga, acaso, ahora el latir de tu pulso? Mientras vives, tu pulso sigue latiendo. Haces algo, te fatigas, descansas, vuelves a tu tarea, pero tu pulso no se fatiga. Como tu pulso no se cansa mientras estás sano, tampoco tu lengua y tu corazón se cansarán de alabar a Dios cuando goces de la inmortalidad. Escuchad un testimonio sobre vuestra actividad. ¿A qué me refiero con «vuestra actividad»? Esa actividad será un «ocio»; una actividad ociosa, ¿en qué consistirá? En alabar al Señor. Escuchad una frase que habla de ello: Dichosos los que habitan en tu casa. Es el salmo quien lo dice: Dichosos los que habitan en tu casa.Y por si buscamos el origen de esa dicha: «¿Tendrán mucho oro?». Quienes tienen mucho oro son, en igual medida, miserables. Dichosos son los que habitan en tu casa.¿Qué les hace dichosos? Ésta es su dicha: Te alabarán por los siglos de los siglos.

San Agustín