“¡Ved qué dulzura…!

La belleza de la vida consagrada sólo puede ser cantada. San Agustín la ve expresada en un himno, en el salmo 132, que él explicaba a sus fieles en esa clave. Los religiosos son en la Iglesia como la barba de Aarón, el hermano de Moisés. Sobre Aarón se derrama con gran abundancia el aceite de la unción sacerdotal, que llega a empaparle toda su persona y toda la ropa.

La música que para este himno compuso el recoleto José Manuel Durán se canta por toda la Orden. Su última versión representa su despedida como maestro de novicios de Monteagudo, en España. Los propios novicios forman el coro.