Serafín Prado, el teólogo de la poesía

Serafín fue poco amigo de escenarios y escaparates; apenas dio a conocer al gran público sus escritos. Son muchos los saberes que atesoró durante su formación humana, espiritual e intelectual: las primeras lecciones de fortaleza, honradez y esfuerzo de su madre; el amor al estudio, a la familia, a su comunidad, a su Orden, a la Iglesia y a los santos de su Valle; la alegría y la humildad.

Disfrutaba igual leyendo a sus sobrinos una edición latina de Virgilio que tebeos infantiles. Era igual de feliz en doctas conversaciones con gente insigne que remedando chistosas ocurrencias del humorista coetáneo Gila, enseñando trucos de cartas, acertijos o crucigramas, o buscando caracoles por el campo. Por doquier regalaba sencillez y trato alegre, acompañados de fe viva y fuerte, pero sintiéndose al mismo tiempo frágil, con limitaciones humanas, con los defectos que ponen en su sitio al hombre.

Ingreso en el noviciado de Monteagudo

Superados los tres primeros cursos, ingresa en el noviciado de Monteagudo (Navarra) en 1925. Y a sus dieciséis años abraza la vida religiosa y retorna a su Valle para iniciar los estudios eclesiásticos. En San Millán cursará los tres años de filosofía con sobresalientes. La dedicación a la oración y al estudio no le impiden cultivar su afición y gana varios certámenes poéticos y literarios.

Terminada la filosofía, con casi 19 años, continúa el estudio de la teología en Marcilla (Navarra, España), con notas muy buenas, y sigue produciendo poesía. Pero las circunstancias sociales y políticas de España hacen que, con otros tres estudiantes, y arropados por el prior general Gerardo Larrondo, se vista de paisano y cruce la frontera hacia Roma para proseguir los estudios.

Llegada a Roma

A la Ciudad Eterna llega en septiembre de 1931. En la facultad de teología de la Pontificia Universidad Gregoriana obtiene el título de Licenciado en Sagrada Teología. En Roma emitió la profesión solemne en 1931 y es ordenado sacerdote en 1934. Regresa a España y durante cinco años enseña en los colegios de San Millán, Marcilla y Lodosa.

Su primera etapa como profesor de teología resultó fugaz. La guerra civil española había terminado, pero no sus secuelas, y le tomó el relevo la Segunda Guerra Mundial. Los peligros y temores aconsejan dispersarse por Filipinas y América del Sur. Para el joven teólogo el destino a Venezuela fue un vuelco. En 1940 llega a su primera comunidad venezolana, San Agustín de Caracas. Imparte clases diarias en varios colegios, uno de ellos el Fray Luis de León. Completa las jornadas con alocuciones radiofónicas y editoriales y poesías en la prensa escrita.

En Venezuela, como profesor

A comienzos del curso 1942-43 estrena destino en el convento de Nuestra Señora de la Consolación en Palmira (Táchira). Pero en menos de un año se cierra esta casa y es enviado a San Cristóbal, donde permanecerá dos años escasos y desde donde misionó en la parroquia de Santa Bárbara de Barinas, distante algo más de doscientos kilómetros de pésimos caminos.

Sus dos últimos años venezolanos los pasó en Palmira como profesor de los jóvenes religiosos. Dos años más tarde el prior provincial manda que vayan a Marcilla los cinco estudiantes de Palmira con su profesor, Serafín Prado. Marcilla y el padre Serafín serán ya inseparables desde entonces: 39 años exactos.

Despertó vocaciones entre los jóvenes

Con su forma de ser y pensar hizo atractiva la vida religiosa a muchos jóvenes. Les ofreció en Marcilla lo mejor de su magisterio y apuntaló no pocas vocaciones. “Sus clases —cuenta un alumno suyo— eran una delicia. Y te enseñaba en los patios, en los pasillos, en cualquier lado y en cualquier momento; y nosotros tan contentos a su alrededor. Nos hablaba de temas que a nadie oíamos; su visión iba por delante de los tiempos, y nos los comentaba sin romper paredes, sin ruidos, con una amenidad y sencillez que nos ganaba”.

En 1955 estrenó nueva responsabilidad como prior. Mejoró las condiciones materiales de su comunidad, unos 90 frailes de diversas nacionalidades, con reformas y ampliaciones, algunas osadas para la época, como la piscina que manda construir al ahogarse un joven religioso en el río Aragón.

Director del nuevo Instituto de Espiritualidad Agustino-Recoleta

En 1958 es elegido consejero provincial, y ocho años después es nombrado por el prior general presidente y director del nuevo Instituto de Espiritualidad Agustino-Recoleta, por lo que organiza y presenta conferencias en Marcilla, Pamplona, Salamanca, Madrid… En 1962 publicó Espiritualidad agustino-recoleta, artículo que adelantó lo que el concilio Vaticano II reclamaría a las órdenes religiosas: definir su carisma.

Otro gran bien regalado a la Orden fue lograr que sus hermanos de hábito recibieran las enseñanzas conciliares con serenidad y gozo. Sería injusto olvidar su ayuda en el alumbramiento de las nuevas Constituciones de la Orden emanadas en el Capítulo General de 1968 y cuyo capítulo primero salió de su pluma.

Últimos años de enfermedad

La exuberante vida del padre Serafín empezó a apagarse en sus últimos años. La enfermedad iba cebándose en él; tras sufrir varias cirugías y amputaciones falleció en Pamplona el 19 de enero de 1987. Sus restos mortales reposan en la capilla-panteón de los agustinos recoletos de Marcilla.

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