La misericordia, rostro de Dios para san Agustín

La teología, el pensamiento y la vida cotidiana de san Agustín estuvieron marcados por la misericordia. De este modo el mismo Obispo de Hipona nos dice qué es la misericordia, señalando con ello no solo el sentido etimológico de la palabra, sino la profunda resonancia bíblica y teológica que dicha palabra debe tener en la vida de todo creyente: La misericordia trae su nombre otras dos: ‘miseria’ y ‘cor’, ‘miseria’ y ‘corazón’. Se habla de misericordia cuando la miseria ajena toca y sacude tu corazón. Todas las obras buenas que realizamos en esta vida caen dentro de la misericordia. (s. 358, 1)

El Padre, el Hijo y el Espíritu

Dios es el primero que ejercita la misericordia. Una misericordia que se manifiesta, en primer lugar, en el acto de la encarnación del Hijo, en el que el Cristo, el Buen Samaritano (en. Ps. 125, 15), baja de los cielos para rescatar al hombre que había perdido todos sus dones al haber sido despojado por Satanás. Cristo es, pues, el primer ejemplo de misericordia, y quien revela cómo es la misericordia del Padre (s. 192, 3).

Se trata de una misericordia infinita y abundante (s. 47, 5), siempre a disposición del hombre, que siempre será miserable y estará absolutamente necesitado de esa misericordia divina. Por ello san Agustín repite en su obra que “la misericordia de Dios se nos adelanta (s. 112A, 6), o que solo en ella está puesta la esperanza humana, dado que el hombre por sus propios méritos no puede hacer nada: “Nuestra esperanza está, pues, en la misericordia de Dios” (s. 179A, 1). De hecho esta esperanza le lleva a hacer su propia “profesión de fe” en la manifestación de esta misericordia de Dios por medio su gracia: “Toda mi esperanza está en tu gran misericordia. Da lo que mandas y manda lo que quieras” (conf. 10. 40).

La misericordia de Dios se nos transmite a través del Espíritu Santo, por el cual se derrama el amor de Dios en nuestros corazones (Rm 5, 5): Él es la misericordia de Dios, “el don de Dios, la gracia de Dios, la abundancia de su misericordia para con nosotros” (s. 270, 1).

La misericordia practicada por el hombre

Esta misma misericordia de Dios, al ser la esperanza de los pecadores. debe ser ante todo una invitación a la conversión, y no una excusa para pecar. Pôr ello san Agustín acentúa de manera paralela la misericordia de Dios, junto con su justicia, señalando que el tiempo presente es tiempo de misericordia pero que vendrá después el momento del juicio: “Cantaremos al Señor la misericordia y el juicio; primero se envía por delante la misericordia y luego se ejerce el juicio. La separación tendrá lugar en el juicio. Ahora escúcheme el que es bueno, y hágase mejor; escúcheme también el malo, y conviértase en bueno mientras es tiempo de arrepentimiento y no aún de proferir la sentencia”. (s. 250, 2)

En este juicio final habrá misericordia para quien fue misericordioso, pero no para quien la negó, como en el caso del rico necio de la parábola del pobre Lázaro, caso que es comentado por el mismo san Agustín como una invitación a practicar la misericordia en este tiempo de peregrinación, antes de llegar al día del juicio: Se encontró con que se le negaba la misericordia que él había denegado. Se dio cuenta de que es cierto que habrá un juicio sin misericordia para quien no la tuvo (s. 41, 4).

Las obras de misericordia

Y precisamente la misericordia de Dios debe ser un modelo y paradigma para el ser humano, para que él a su vez sea misericordioso con aquellos que le rodean. En este sentido san Agustín invita a las diversas obras de misericordia, acentuando que la primera obra de misericordia que una persona debe realizar es para con su propia alma; debe considerar el destino eterno de su propio ser y evitar el pecado para poder alcanzar el reino de los cielos. “Practicad la limosna auténtica. ¿Qué es la limosna? La misericordia. Escucha a la Escritura: Compadécete de tu alma agradando a Dios. Practica la limosna: compadécete de tu alma agradando a Dios. Tu alma mendiga ante tus puertas; regresa a tu conciencia”.  (s. 106, 4)

Y junto con todas las demás obras de misericordia, san Agustín ante todo señala la limosna y la ayuda a los pobres, pues esta encierra una doble obra de misericordia, ya que quien hace limosna personalmente, por una parte se compadece del pobre, pero por otra parte es misericordioso  consigo mismo al saberse limitado y necesitado: “Otra cosa quiero advertiros: sabed que quien da personalmente algo a los pobres realiza una doble obra de misericordia” (s. 259, 5)

San Agustín nos invitaría a realizar obras de misericordia y a darle a toda persona que nos pida. No obstante, en situaciones particulares o en donaciones de un cierto calado, san Agustín es el único Padre de la Iglesia que se hace eco, curiosamente, de una frase de la Didaché (1.6): “y la Escritura dice en otro sitio: Sude la limosna en tu mano hasta que encuentres al justo a quien se la entregues (en. Ps. 146, 17). Si bien es cierto que san Agustín cree que esta frase es de la Escritura, lo fundamental es que nos invita a hacer bien el bien, es decir, a practicar la misericordia con sapiencia y prudencia.

El Agustín misericordioso

El mismo san Agustín será una persona que en su práctica pastoral manifestará la misericordia, tanto personalmente, dando a los pobres lo que puede y tiene, como por medio de dos instituciones episcopales en su diócesis de Hipona, como fueron la matricula pauperum (ep. 20*, 2) y el xenodochium (s. 356, 10). La primera era una lista de las personas o familias más pobres, a las que se socorría periódicamente con los alimentos y elementos necesarios. El xenodochium era un albergue en donde se ayudará a los extranjeros, peregrinos, pobres y necesitados de la diócesis de Hipona.

Y este ejemplo de misericordia de su Pastor llevó al pueblo fiel de Hipona a imitar su comportamiento, de modo que en una ocasión en la que san Agustín estaba ausente, los mismos laicos reunieron una fuerte cantidad de dinero para rescatar a más de 200 personas que habían sido secuestrados y eran llevados para ser vendidos como esclavos. El ejemplo de la misericordia de Dios y de Cristo había movido a Agustín a  ser misericordioso, y su mismo ejemplo personal movió a sus fieles a imitar sus acciones. Obviamente, cuando tuvo conocimiento del hecho, el Santo no pudo sino alabar la fe y la misericordia de sus fieles (ep. 10*, 7).

En un mundo sin misericordia como el nuestro, el poder rescatar la misericordia en su sentido más evangélico y agustiniano, será sin duda una alternativa y solución a muchos de los problemas que aquejan hoy a la humanidad, particularmente el de la falta de valores y de corazón en el mundo.