El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 30 de junio

Hoy reanudamos la lectura dominical del evangelio según san Lucas en un punto importante y significativo de esa obra.  Los evangelistas organizaron sus relatos sobre la vida de Jesús según esquemas de redacción propios.  Mateo, Marcos y Lucas escriben que Jesús, después de su bautismo, regresó a Galilea y se mantuvo allá durante todo su ministerio.  Volvió a Jerusalén solo una vez más, al final de su ministerio en Galilea y los territorios paganos al norte de Galilea.  Ese viaje a Jerusalén concluyó con su muerte y resurrección.  San Lucas destaca el momento en que Jesús toma la decisión de ir a la ciudad santa, y por casi nueve capítulos da a entender que Jesús está de viaje hacia allá.  Por eso, esta sección de su evangelio ha recibido el nombre de “el gran viaje”. 

Esto no es un mero artificio literario, sino que corresponde a una realidad de la vida de Jesús.  Él siempre tuvo claro que el final de su vida debía tener lugar en Jerusalén, la ciudad santa donde estaba el Templo, donde David y los reyes de Judá habían tenido su trono.  El concentraba en su persona la tradición del sacerdocio para convertirse en el Sumo Sacerdote de la nueva alianza con su muerte en la cruz; y la tradición del mesianismo davídico, para convertirse en el Mesías Hijo de Dios, que inicia el Reino de Dios en la tierra.  Él había venido a morir y ofrecer su vida en sacrificio para el perdón de los pecados; él había venido para resucitar y manifestarse como el Mesías, el Rey de Israel que da la vida al mundo.  Esos acontecimientos tenían que suceder en Jerusalén.  Al tener muy clara su misión, su vida se le convirtió en un “camino” hacia Jerusalén, un camino que además era cumplimiento de la voluntad del Padre sobre él; un camino que él realizaba con la fuerza del Espíritu que lo había ungido.

Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén, dice el inicio del pasaje de hoy.  Fijémonos que el evangelista no dice que cuando se acercaba el tiempo en que tenía que morir, sino el tiempo en que tenía que salir de este mundo.  Pues Jesús no ve su propia muerte como un término, sino como un paso hacia Dios.  Él sale de este mundo para ir a Dios, para subir al Padre.  Este modo propio de Jesús de asumir su vida y su desenlace final también nos enseña el modo cómo nosotros mismos debemos asumir nuestra vida.  Jesús asume su vida como una misión, como una vocación, como una tarea que debe cumplir, aunque se interpongan personas que lo quieren impedir.  El pasaje no lo dice claramente, pero esa obediencia de Jesús a su vocación es una obediencia a Dios.  Jesús nos enseña a vivir atentos a la voluntad de Dios sobre nosotros, a discernirla y seguirla.

En su camino a Jerusalén debe pasar por Samaria.  Los samaritanos se oponen.  Entran en juego los conflictos étnico-religiosos de la época.  Los samaritanos se convierten, sin quererlo, en obstáculo para que Jesús cumpla su misión; no le quieren dar paso.  Los discípulos hermanos Santiago y Juan quieren pedir a Dios que ejecute el juicio de condenación enviando fuego que devore a los samaritanos inhóspitos.  Pero Jesús, que sabe cuánta adversidad tendrá que padecer todavía, deja el juicio a Dios, reprende a sus discípulos por su precipitación, y se dirige a otro lugar.

De camino, Jesús encuentra a tres hombres.  El primero y el tercero piden que Jesús les autorice a seguirlo; el segundo recibe una invitación de Jesús para que lo siga.  Se trata del seguimiento pleno, del que debe dejar familia, casa, pueblo, bienes, para caminar tras Jesús y colaborar con su misión.  La respuesta que Jesús da a cada uno de los tres hombres describe en primer lugar las características de su propia vocación.  Al tercero que le había pedido ir a despedirse de sus padres le responde:  El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios.  Efectivamente, Jesús pospuso sus lazos familiares, sus vínculos con su lugar de origen, para cumplir su misión de anunciar la llegada del Reino de Dios.  La actitud de Jesús contrasta con la del profeta Elías, que permitió a Eliseo despedirse de sus padres, como lo narró la primera lectura.  Las pocas veces que Jesús se refiere a su familia e incluso a su madre, lo hace tomando cierta distancia, como para decir que su obligación primera la tiene hacia el Padre Dios.  Al segundo, que le pide esperar hasta que su padre muera y cumplir con él el deber de hijo, le responde:  Deja que los muertos entierren a sus muertos.  Tú ve y anuncia el Reino de Dios.  Uno de los grandes deberes derivados del cuarto mandamiento es el de enterrar a los padres dignamente.  Jesús parece ignorarlo.  Esta es una de esas sentencias de Jesús que cuesta trabajo entender en su literalidad.  Pero indica que el anuncio del Reino es una misión que está por encima de todas las otras obligaciones que uno pueda tener ante Dios y los hombres.  Al primero, que ofrece seguirlo a donde quiera que Jesús fuese le responde:  Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar la cabeza.  Jesús asumió una vida de predicador itinerante.  Se hospedaba donde lo acogían, caminaba de lugar en lugar. A diferencia de los animales que tienen sus nidos, guaridas y madrigueras, a diferencia de las personas que normalmente tienen una casa donde viven estables con su familia, él asumió una vida de itinerancia; él no tenía morada fija aquí.  Su casa era su Padre del cielo.  Esos son los rasgos que caracterizan al mismo Jesús en el desempeño de su misión, esos son también los rasgos que él pide a quienes quieren convertirse en sus colaboradores en el anuncio del Reino. El evangelista no nos dice qué pasó con los tres hombres, si finalmente siguieron a Jesús o desistieron ante semejantes exigencias. El interés del relato está en las sentencias de Jesús, no en los que pudo suceder con ellos.

Estas exigencias de Jesús asustan todavía hoy a quienes consideran si su vocación no será quizá la de consagrarse al Reino y colaborar a tiempo completo con Jesús como sacerdote. Pienso que el acento hay que ponerlo no en la radicalidad de las privaciones y negaciones, sino en la radicalidad y primacía del Dios y su Reino. Al que quiere colaborar con Jesús en el anuncio del Reino, pero también a el que quiera seguir a Jesús, se le pide que tenga como referencia primera y total al mismo Dios.  Las otras obligaciones y responsabilidades, incluyendo las familiares, deben encontrar acomodo en ese contexto.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

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