Con ‘Señor, Señor, no basta

En este artículo, el agustino recoleto Miguel Ángel Ciaurriz reflexiona sobre la forma de vida del cristiano, acorde a sus pensamientos. Solo viviendo como Cristo seremos verdaderos cristianos

Me llama la atención y me pone a pensar la contundencia con la que Jesús dice que para Dios no todo el que dice ‘Señor, Señor’ entrará en su reino.

Con esto, lo que en realidad está diciendo es que, si lo que enseña en sus palabras y aceptamos, no lo llevamos a la vida, es decir, no lo aterrizamos, no lo ponemos en práctica, de nada nos sirve eso de decir ‘Señor, Señor’ y rasgarnos las vestiduras y amontonar en nuestro archivo devociones, invocaciones religiosas y mogollón de observancias piadosas. Esos datos de poco nos servirán para franquear esa puerta que la tenemos siempre abierta para pasar a la vida.

Porque esa puerta se nos abre si mientras peregrinamos por este mundo hacemos, simple y llanamente, la voluntad de Dios. Dios nos conoce y reconoce por eso, por hacer su voluntad. Ese mismo era el alimento de Jesús, su pan de cada día: hacer la voluntad de su Padre (Jn 4,34).

Si nos limitamos a escuchar la enseñanza y Palabra de Jesús quedándonos con que nos gusta mucho y hasta nos parece bonito mensaje, y no ponemos el empeño en hacer que nuestra vida se ajuste a esa enseñanza, entonces es como si estuviéramos construyendo nuestra vida, que es nuestra casa, sobre arenas movedizas que no aguantarían una sola adversidad.

Por el contrario, si cada día nos tomamos tan en serio esa palabra y buscamos la forma de vivirla, de hacer que nuestra vida se ajuste a ella y sea el pan nuestro de cada día, entonces la casa de nuestra vida se construye sobre roca firme que aguanta cualquier tormenta. Ya puede caer toda la lluvia en forma tormentosa que la vida nos depare que nuestra casa aguantará firmemente sostenida y apoyada en esa roca que todo lo resiste.

A la gente le agradaba lo que Jesús enseñaba, veían que hablaba con una autoridad nueva, distinta a la que conocían de los dirigentes y maestros religiosos del pueblo. La autoridad de Jesús radicaba en su coherencia. Sus palabras y sus enseñanzas no eran palabras vacías que el viento se las llevaba. No, eran palabras que él, al vivirlas demostraba que eran la verdad y merecía la pena tomárselas en serio.

Necesitamos nosotros de la coherencia de Jesús. Si lo que afirmamos creer lo viviéramos con cierta radicalidad, nuestra vida sería bien persuasiva para muchos de los que no tienen entusiasmo por llegar a la fe y encontrarse con Jesús, ni les apetece iniciar ese recorrido que no saben bien a dónde les llevará.

La vida de algunos, de bastantes creyentes, lejos de ser persuasiva es disuasoria. Creo que es de Gandhi, de quien se dice que dijo: “Me gusta el Cristo de ustedes. Lo que no me gustan son los cristianos; no se parecen en nada al Cristo de ustedes”. Sólo con el testimonio de una vida cristiana coherente seremos el Evangelio andante de Jesús por nuestro entorno.

Miguel Ángel Ciaurriz OAR

#UnaPalabraAmiga

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