El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 14 de julio

Una de las grandes preguntas que nos hacemos los humanos, cuando tomamos en serio la vida, es qué debo hacer para que mi vida alcance consistencia, sentido, felicidad. Qué debo hacer para construirme como persona. Qué debo hacer para que, al cabo de los años, el tiempo de mi vida haya valido la pena. Nos planteamos esas preguntas, pues ninguno de nosotros está programado. Nadie nace, como los personajes del teatro y del cine, con las palabras y las acciones escritas de antemano. Nuestra vida se nos presenta como una página en blanco. Tenemos que imaginarnos lo que queremos ser, y debemos tomar decisiones y actuar en consecuencia. Muchas veces somos inconscientes y nos dejamos llevar de modas, costumbres, lo que otros digan. Muchas veces tomamos decisiones a la carrera y sin premeditación y nos equivocamos y cometemos errores.

Para saber cómo vivir, cómo actuar, necesitamos algunos criterios que nos indiquen qué acciones nos construyen como personas y nos ayudan a convivir con los demás o por el contrario qué acciones nos destruirán personalmente y arruinarán la convivencia humana. Esos son los mandamientos morales. Dios se preocupa de darnos esos mandamientos, pues como él nos creó para la vida, él está interesado en guiarnos hacia la plenitud para la que nos creó. Ese camino lo hacemos a través de acciones constructivas y buenas. Los mandamientos que Dios nos da también podemos descubrirlos con nuestro pensamiento y razón, aunque con más dificultad. Pues las normas morales se pueden deducir de lo que somos, de nuestra naturaleza personal y de la naturaleza de la convivencia humana. Por eso, dice Dios hoy en la primera lectura: Estos mandamientos que te doy no son superiores a tus fuerzas ni están fuera de tu alcance.

En cierta ocasión, nos cuenta el evangelio, un doctor de la ley, un hombre estudioso de la Palabra de Dios y conocedor también de corazón humano le hizo a Jesús la gran pregunta: Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna? Aunque al parecer el hombre era ya adulto, esa pregunta es una pregunta juvenil, de un corazón inquieto. Porque preguntar por el modo de conseguir la vida eterna es preguntar por el modo de alcanzar la felicidad y la plenitud. Jesús le responde con otra pregunta, como para hacerle ver que él mismo tiene la respuesta. Que las cosas que hay que hacer para alcanzar la plenitud y la felicidad no son recónditas y difíciles de hallar. No están en el cielo, de modo que pudieras decir: ¿quién subirá por nosotros al cielo para que nos los traiga, los escuchemos y podamos cumplirlos? Ni tampoco están al otro lado del mar, de modo que pudieras objetar: ¿quién cruzará el mar por nosotros para que nos los traiga, los escuchemos y podamos cumplirlos? Por el contrario, todos mis mandamientos están muy a tu alcance, en tu boca y en tu corazón, para que puedas cumplirlos. Por eso, Jesús, sabiendo que el doctor era muy conocedor de la Biblia, lo invitó a descubrir él mismo en la Palabra de Dios el camino de la vida. ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?

El doctor de la ley acierta: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser y a tu prójimo como a ti mismo. Y Jesús aprobó la respuesta del doctor. Has contestado bien; si haces eso, vivirás. Efectivamente, la guía suprema de nuestra acción tiene que ser el propósito de agradar a Dios y buscar su voluntad siempre y el criterio de nuestra conducta con el prójimo es la de buscar lo que le aprovecha, lo que lo ayuda a crecer y a construirse del mismo modo como lo hacemos nosotros mismos. El resto de los mandamientos están motivados por ese propósito.

Pero el letrado, que quizá no había cumplido lo que sabía, no había vivido plenamente de acuerdo con esos mandamientos, quiso cubrir sus deficiencias aduciendo ignorancia. Por eso preguntó, ¿y quién es mi prójimo? Utilizamos la palabra “prójimo” para referirnos a las personas en medio de las cuales vivimos. La palabra está relacionada con el adjetivo “próximo”. Prójimo serán las personas que están cerca de nosotros, que son próximas. Prójimos son en primer lugar los miembros de nuestras familias, prójimos son los hermanos que comparten la misma fe en Cristo, prójimos son los amigos, los compañeros de estudio y de trabajo, prójimos son los paisanos, los que somos del mismo pueblo o país. Nos sentimos con mayores obligaciones hacia los que están más cerca de nosotros. La cercanía ya está establecida de antemano por los vínculos de sangre y familia, de fe, de amistad, de nacionalidad. Prójimo es el que me está cerca por una de esas razones. Y ese es el sentido original del mandamiento amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Jesús entonces cuenta la parábola del buen samaritano. Es una parábola, hasta cierto punto, revolucionaria. Jesús le cambia el sentido a la palabra “prójimo” y nos invita a entrar en una nueva dinámica de vida como humanos. Acabamos de escuchar los detalles de la historia. Al finalizar el cuento, Jesús le hace al doctor de la ley una pregunta bomba: ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones? Según el sentido original de la palabra “prójimo”, el hombre asaltado en el camino no era prójimo de ninguno de los tres; era un perfecto desconocido. El sacerdote y el levita no lo reconocieron como prójimo, como cercano, y pasaron de largo. Pero el samaritano hizo otra cosa: se acercó a él, lo curó y lo cuidó. Lo hizo su prójimo. Prójimo no es solo el que está cerca por razones de parentesco, religión o nacionalidad. Prójimo es también aquel a quien yo me acerco en su necesidad. Jesús dinamita el sentido original de la palabra “prójimo” y le da la vuelta al sentido. La cercanía no solo viene dada de antemano; también se puede crear por la compasión y la misericordia. Gracias a esta comprensión los cristianos que nos precedieron han sido capaces de introducir una nueva dinámica en las relaciones humanas para acercarse al que es diferente, al pobre, al desconocido, al que sufre y superar así enemistades, discriminaciones y prejuicios que entorpecen y desfiguran el trato entre las personas. Que nosotros, cristianos de hoy, también tengamos la capacidad de seguir acercándonos para hacer prójimo nuestro al que sufre y espera. Este modo de actuar es camino que construye y por eso es camino de la vida eterna, el camino de santidad, camino de felicidad, camino de plenitud.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

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