Redescubrir tu misión

El discernimiento es necesario para conocer la misión a la que Dios nos ha llamado. En este artículo, el agustino recoleto Antonio Carrón invita a reflexionar sobre la vocación, como «sueño de Dios» que somos.

Seguramente, más de una vez te hayas preguntado cuál es tu misión en el mundo, cuál es el sentido de tu vida, por qué estás aquí. Es un planteamiento que se suele hacer en momentos de “bajón”, desorientación o crisis, o ante cambios bruscos que nos vienen. A veces, esos momentos “fuertes” son necesarios para darnos cuenta de las cosas verdaderamente importantes en nuestra vida, dejando de lado las que, quizás, no lo son tanto. Determinar nuestra misión no es tarea fácil, pero cuando la encontramos, realmente, todo cobra sentido, incluso las cosas menos buenas. Para ello no hay una fórmula científica precisa e infalible, pero seguro que todos hemos tenido cerca personas, o hemos vivido situaciones que nos han ayudado a hacer un “clic” en nuestro interior para cambiar nuestra perspectiva. Pudiera ser que no hayamos prestado la suficiente atención a ese momento, o que teníamos muchas distracciones alrededor que nos impedían escuchar esa “llamada” a un cambio en nuestra vida. De ahí la importancia de estar atentos a los acontecimientos, saber discernir y tomar las decisiones oportunas. Toda misión nace de una vocación, que es la que le da vida. ¿Pero cómo saber qué es ‘lo nuestro’? ¿Cómo saber que eso que he escogido es para lo que yo estoy aquí? ¿Cómo descubrir mi misión en este mundo?

Tras muchos años acompañando a jóvenes, especialmente en centros educativos, se aprenden numerosas lecciones para aplicarlas a la propia vida y para ofrecerlas a otras personas que puedan vivir la misma situación. En tantas ocasiones, imposiciones o tradiciones familiares (abuelo médico, padre médico, por tanto, hijo médico), o incluso prejuicios o tópicos (no te dediques a eso, que no tiene salida laboral) impiden que una persona pueda descubrir su razón de ser en este mundo o no la pueda desarrollar como quisiera. Para comenzar a discernir cuál puede ser nuestra misión, el punto de partida viene de la mano de la pasión: aquello que, verdaderamente, amamos. Y es que, cuando algo se quiere con todas las fuerzas y se lucha por ello (porque se ama), con trabajo y dedicación, se consiguen grandes cosas. Quizás no es algo inmediato, aquí y ahora (como nos suele gustar), pero, si una pasión nos mueve, y nos dejamos guiar por ella, pocas cosas se resisten. Descubrir una pasión, y apostar por ella, es el primer paso para reconocer la vocación: aquello que nos da sentido. A veces, la pasión se puede llegar a convertir en profesión, pero no es algo imprescindible, ni debe ser motivo de desaliento. Seguramente, será difícil conseguir todo desde el primer momento y sin dificultades, pero la experiencia de vida nos dice que, en tantas ocasiones, el tiempo, la dedicación, el esfuerzo, la insistencia, terminan por poner todo en su lugar. Una vocación, una misión, es algo para desarrollar a lo largo de toda una vida. Por tanto, démonos tiempo.

¿Cómo saber que esto es lo mío? Cuando optamos por algo, y es importante recordar que no está prohibido confundirse, vamos a ir teniendo muchas confirmaciones de que eso, verdaderamente, nos llena, nos motiva, nos ilusiona. Un noviazgo, un tiempo de prueba, una experiencia profunda en un lugar o con un grupo de personas, nos van a ayudar a corroborar que eso que creemos que nos mueve, nos llena, realmente es lo nuestro. Por tanto, estemos atentos a todos esos signos que ayudan en el discernimiento.

Desde una perspectiva cristiana (y es importante recordarlo en el contexto de este mes misionero de octubre), toda misión nace de la vocación al amor de un Dios que nos ama infinitamente y quiere lo mejor para cada uno de nosotros. Cada uno somos un sueño de Dios, una parte de esa misión que Él, en su Hijo, nos dejó: ‘id al mundo entero y proclamad el Evangelio’. ¿Y qué es el Evangelio sino hacer realidad el amor de Dios en nuestras vidas, con los que nos rodean, estando del lado de los más necesitados? Si al final de nuestra vida, de lo único que nos van a examinar es del amor, poca importancia tendrá si hemos sido abogados, bailarinas, agricultores, profesores, médicos, sacerdotes o ingenieros. Lo verdaderamente importante será cuánto hemos amado en el desarrollo de nuestras vidas. Independientemente de dónde estemos, de dónde hayamos nacido, a qué nos hayamos dedicado, con qué facilidades o dificultades nos hayamos encontrado en nuestras vidas, nuestra verdadera misión, aquella que sí da pleno sentido, es el amor. Puede que, por muchas razones, lo hayamos olvidado o, en el día a día, pase desapercibida. Por eso es muy importante que, en un día como hoy, te comprometas a redescubrir tu misión.

Antonio Carrón OAR

#UnaPalabraAmiga

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