Que todos sean uno: la comunión eucarística

En el octavo artículo de Formación Permanente 2019, el agustino recoleto Juan Pablo Martínez reflexiona sobre la eucaristía como fuente de fraternidad y vínculo de comunión entre los hermanos con Cristo. 

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Introducción

La tarde de la última cena es, sin duda, uno de los momentos más sublimes de la vida de Jesús. Junto con aquellos que él mismo había elegido para que fueran sus discípulos, comparte el alimento, explica el verdadero sentido del amor y de la autoridad, y se entrega para siempre como ofrenda. Por los relatos evangélicos, conocemos los detalles de lo que fue aquel banquete, en el que, asimismo, Jesús se estaba ofreciendo al Padre: víctima y sacerdote. Sin embargo, solamente el Evangelio de san Juan concluye aquel momento con unas palabras que la tradición cristiana ha denominado “oración sacerdotal” (cf. CEC n. 2747). En ella, además de pedirle al Padre su glorificación, Jesús ruega para que sus discípulos, aquellos que creyeron en él y en su palabra, se mantengan unidos, sean uno en la única y verdadera unidad, la que existe entre él y el Padre (así como nosotros).

Es muy significativo encontrar esta alusión a la comunión-unidad entre el Padre y el Hijo como punto culminante de este momento. El evangelista es cuidadoso al subrayar este momento, porque sabe que lo que acaba de celebrarse es mucho más que una simple comida entre amigos o una cena de despedida. Es la realización de lo que él mismo había señalado a lo largo del discurso sobre el pan de la vida (cf. Jn 6). Solo quien come el cuerpo y bebe la sangre de Cristo puede participar plenamente de la comunión intratrinitaria y poseer la vida eterna. De igual manera, sabe que es algo que los discípulos no pueden alcanzar por sus propias fuerzas, sino que necesitan del don que viene del Espíritu Santo. Por eso, ruega al Padre por ellos.

Jesús quiere que la unión íntima que existe entre él y el Padre se dé también entre sus discípulos. Uno que diga que es discípulo no puede experimentar la comunión con el Padre Dios y vivir enemistado con el hermano, y mucho menos si participan juntos en la fracción del pan. Por eso ruega que sean uno: uno con el Padre y uno entre ellos, ya que la unidad y la comunión están en el ser mismo de Dios, y no hay nada que haga más daño al ser mismo de Dios que la división entre aquellos que lo aman y lo siguen. El papa Benedicto XVI, hablando de esa unidad entre los discípulos, dice:

Esa unidad no es producto del mundo, sino que proviene exclusivamente de la unidad divina, y llega a nosotros del Padre mediante el Hijo y en el Espíritu Santo. Jesús invoca un don que proviene del cielo, y que tiene su efecto —real y perceptible— en la tierra. Él ruega «para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21). La unidad de los cristianos, por una parte, es una realidad secreta que está en el corazón de las personas creyentes. Pero, al mismo tiempo, esa unidad debe aparecer con toda claridad en la historia, debe aparecer para que el mundo crea; tiene un objetivo muy práctico y concreto, debe aparecer para que todos realmente sean uno.

A lo largo de esta reflexión, se abordará el tema de la comunión-unidad de forma ascendente; es decir, partiendo de la comunión personal con Dios, que se fundamenta en el sacramento del altar (comunión eucarística). Después, dando un paso adelante, la comunión eclesial, como manifestación de la experiencia de fe del cristiano, que es, por naturaleza, una persona de Iglesia (eclesial). Por último y como aplicación a la vida religiosa, la comunión fraterna, experiencia de los que, por la profesión de los consejos evangélicos, tratan de vivir en plenitud la unidad de los hijos de Dios.

Juan Pablo Martínez OAR

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