El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 10 de noviembre.

Evangelio según san Lucas (20,27-38)

La fe en la resurrección de los muertos se volvió explícita en el judaísmo unos 150 años antes de Jesús. En esos años, algunas corrientes del judaísmo comenzaron a afirmar la esperanza en la resurrección como consecuencia de la misericordia y la justicia de Dios. Esta esperanza se estableció en tiempos de las guerras emprendida por Judas Macabeo y sus hermanos en defensa de la fidelidad a la Ley de Dios. La primera lectura de hoy es un relato ambientado aquella época, cuando los judíos eran torturados e incluso ejecutados para forzarlos a quebrantar la Ley de Dios. Este fue el caso de siete hermanos, que fueron torturados y asesinados uno tras otros en presencia de su madre, porque se resistían a apartarse de la fe en el único Dios. Las palabras con que cada uno de los hermanos se ofrece a la muerte para permanecer fiel a Dios reflejan la esperanza en la resurrección: Asesino, tú nos arrancas la vida presente, pero el rey del universo nos resucitará a una vida eterna, puesto que morimos por fidelidad a sus leyes. De Dios recibí estos miembros y por amor a su ley los desprecio, y de él espero recobrarlos. Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará. Como se puede apreciar en estas declaraciones, los muchachos fundamentan su esperanza de la propia resurrección en el poder y la fidelidad de Dios. Él que nos creó de la nada, nos puede dar nuevamente la vida; si fue poderoso para lo primero, con mayor razón será poderoso para lo segundo. Además, quien entrega su vida por mantenerse fiel a Dios puede confiar en que Dios, origen de toda fidelidad, le será fiel para librarlo de la muerte. Creer en la resurrección es una forma de creer en Dios, en su amor por nosotros, en su voluntad salvadora.

Hay otras dos maneras de concebir la vida después de la muerte, pero que contrastan con la fe en la resurrección. Entre los pensadores antiguos griegos, Platón y sus seguidores aseguraban la inmortalidad del alma, pero no del cuerpo. El alma espiritual existe en el mundo superior de las ideas antes de su periplo en un cuerpo mortal en la tierra y al final, cuando muere el cuerpo el alma inmortal queda liberada para continuar su existencia sin fin. Pero esa no es la fe judía ni la cristiana: los creyentes no creemos tanto en la inmortalidad del alma, sino en la resurrección de la persona, en cuerpo y alma, para una existencia nueva, que incluye la dimensión corporal, es decir, la historia vivida. En el hinduismo, el principio vital que anima los seres vivos, pasa por un proceso cíclico de diversas existencias terrenas en diversas formas de seres vivos. El individuo, la persona, no existe, no tiene identidad permanente, sino la fuerza vital que ahora da vida a esta persona, en otro ciclo puede dar vida a otra persona o a otro ser vivo. Esta tampoco es la fe judía o la fe cristiana que afirma la permanencia de la identidad personal. Cada uno es único e irrepetible, vivimos una sola vez, comenzamos a existir desde el momento de nuestra concepción, y morimos también una sola vez para resucitar con Cristo con nuestra propia identidad personal.

En tiempos de Jesús, los saduceos no que caracterizaba a los fariseos y que Jesús también compartía. Por eso le plantean a Jesús un problema teórico para ilustrar que la resurrección, de ser cierta, crearía unos problemas monumentales cuando acontecimientos sucesivos en la vida temporal, allá serían todos presentes y simultáneos. Una mujer que hubiera tenido varios maridos sucesivos aquí en la tierra, una vez muertos todos, si resucita junto con sus varios maridos no podría vivir simultáneamente con todos ellos teniéndolos por esposos.

Jesús desbarata la objeción con una sentencia sobre esa otra vida de los resucitados: En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado. Esta respuesta de Jesús dice muchas cosas en pocas palabras. En primer lugar, el matrimonio es una institución de este mundo y de este régimen de vida sujeto a la muerte; el matrimonio se disuelve con la muerte. Por eso, los que resucitan ni se casan ni engendran hijos, pues ya no habrá necesidad de la reproducción porque ya no habrá más muerte. La sexualidad habrá perdido su función, por lo que los resucitados serán como los ángeles e hijos de Dios. En segundo lugar, esa resurrección para la vida no es para todos, sino para los que sean juzgados dignos de ella. La idea de que todo el mundo que muere “va al cielo” no tiene fundamento en la enseñanza de Jesús. Es posible que la vida se vuelva un fracaso, sobre todo por la implicación en el mal. Además, los católicos afirmamos como doctrina de fe, que los creyentes que siguen a Jesús, aunque vivan rectamente, puedan también tener faltas y deficiencias en su vida. Estas personas ni fueron tan malas e irresponsables que su vida fuera un fracaso ni fueron tan santas e íntegras que alcanzaran aquí en la tierra la perfección de la santidad. Creemos que la misericordia y la justicia de Dios les dará la oportunidad de conversión y purificación final. A la misericordia purificadora de Dios en esos casos llamamos “purgatorio”. Creemos que podemos ayudar a esos hermanos en su proceso final de conversión por medio de la oración y los sufragios a su favor.

Pero hoy vivimos en un mundo que no propicia la fe en la resurrección. Incluso muchos que con la boca dicen creer y esperar en la resurrección de los muertos, de hecho, no viven ni actúan como si esa fuera una meta que desean alcanzar. La esperanza de que vamos a resucitar incide decisivamente en la manera como vivimos y actuamos en este mundo, pues nuestra conducta aquí nos hace idóneos para resucitar. Un modo elocuente de mostrar la increencia en la resurrección es esa ligereza para afirmar que cualquier difunto “ya está en el cielo”, independientemente de su calidad de vida en la tierra.

Jesús invoca un texto del Génesis para afirmar que nuestro Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven. Nuestra fe en la resurrección, por supuesto, se basa en la resurrección de Jesucristo. En unión con él esperamos resucitar nosotros. Por la eucaristía nos hacemos un solo cuerpo con él, de modo que nuestra muerte, como la suya, se abrirá a la resurrección y a la esperanza de la vida eterna. La resurrección es real.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

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