El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 17 de noviembre.

Evangelio según san Lucas (21,5-19)

El cálculo del tiempo es un elemento esencial de la existencia humana. Pero ¿cómo lo entendemos? En nuestra cultura secular, en la que Dios y el Evangelio no se toman en cuenta, el tiempo no tiene fin previsible. El fin se calcula a tal distancia temporal que en la práctica no tiene incidencia sobre nuestra vida cotidiana. Además, la historia y el quehacer humano no tienen ninguna meta ni propósito hacia el que se dirigen. Las personas proyectan su propio futuro personal que será el fruto de su empeño, de su trabajo, de su acción; pero ese futuro consiste en metas que se lograrán en esta vida y este mundo. Pero la realización de ese futuro está sujeto a contingencias externas de modo que los propósitos de cada uno podrán o no realizarse. Los pueblos y naciones viven y se esfuerzan, los gobiernos hacen planes para unos pocos años, y no siempre esos planes se cumplen. Podemos descubrir algún sentido de la historia en el pasado, pero no podemos afirmar que la humanidad se dirija a ninguna meta ni fin. Solamente se puede especular que la humanidad podrá destruirse a sí misma en una guerra atómica, química o biológica o extinguirse si degrada de tal modo el ambiente que lo haga inhabitable.

Pero no es así como Jesús nos enseña a entender el tiempo y nuestra vida sobre la tierra. La Biblia relata en sus primeras páginas la historia de la creación del mundo y Jesús, en sus últimas enseñanzas antes de morir, predijo su fin. En la cosmovisión que surge de la revelación cristiana el tiempo mundano se caracteriza por su finitud y la vida humana en la tierra por su transitoriedad. Las historias de la creación del mundo nos enseñan a recibir la vida y el mundo como un don de Dios y a vivir en la tierra con agradecimiento. Los anuncios del fin del mundo nos enseñan a proyectar el futuro conscientes de su contingencia y a vivir con responsabilidad el presente, pues deberemos dar cuenta a Dios del modo como hemos gestionado nuestra existencia. El futuro apunta a una meta y plenitud. Aquí nos hacemos idóneos para alcanzar la vida verdadera, eterna y duradera más allá de la muerte. Este mundo que Dios ha puesto bajo nuestra responsabilidad y es el escenario de nuestra vida presente no es nuestra morada definitiva. Dios creó el mundo bello y bueno, pero frágil y caduco. El pecado y el alejamiento de Dios nos dejó a expensas de nuestra mortalidad natural y esa mortalidad humana repercutió en la creación, que manifestó así su propia caducidad inherente. Jesús por eso también enseña que el mundo tendrá su fin, pero ese acontecimiento marcará la transición hacia la vida definitiva y verdadera. De esa cuenta, nuestra existencia aquí en la tierra es preparación para la vida definitiva y eterna.

La urgencia de la responsabilidad moral es la consecuencia principal que Jesús deriva de su enseñanza de que el mundo transita hacia su plenitud. Puesto que en la etapa mundana de nuestra existencia nos hacemos idóneos para entrar en la etapa definitiva y permanente, es perentorio que aquí vivamos con responsabilidad. Debemos estar prepara-dos para dar cuenta de nuestra fe ante los tribunales humanos, cuando nos persigan por ser creyentes del mismo modo que deberemos estar preparados para dar cuenta de nuestra conducta moral ante el tribunal de Dios. En el evangelio de hoy Jesús nos advierte para que no creamos en falsos mesías y en presuntos salvadores. Hoy existe una pluralidad de grupos religiosos, y cada uno dice: “yo anuncio el verdadero Cristo, el tuyo es falso”. Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Perseveren en la fe recibida. ¿Cómo es posible que grupos que surgieron hace unos pocos años se atrevan a decir que la Iglesia católica actual, que existe en continuidad con la Iglesia de los orígenes apostólicos esté equivocada en la predicación del Evangelio? ¿Permitió Dios, que quiere la salvación de todos los hombres, que el mensaje de Cristo y su salvación comenzara a ser entendido y a ser eficaz solo ahora, después de veinte siglos por boca de quienes nos llaman religión falsa e idolátrica? La Iglesia católica sigue anunciando al mismo Cristo y al mismo Mesías desde su origen en los apóstoles y en ella encontramos la salvación.

Jesús advierte también contra los desórdenes políticos, las guerras y las catástrofes, pues nos pueden hacer titubear, como si Dios se hubiera alejado de nosotros. Dijo Jesús: Cuando oigan hablar de guerras y de revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin. Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles. En realidad, estas cosas ocurren siempre. Jesús quiere que, en medio de las vicisitudes e inconstancias de este tiempo, mantengamos firme la fe en él. También ante las persecuciones hay que mantener la calma y la confianza. Los llevarán a los tribunales y a la cárcel… por causa mía. Con esto darán testimonio de mí. También anuncia Jesús como señal del fin la traición de parte de la propia familia. En todos estos casos, Jesus recomienda la perseverancia: Si se mantienen firmes, conseguirán la vida.

Esta cosmovisión cristiana ofrece así una motivación inigualable para la gestión responsable de la historia humana y el logro del bien común. Cuando la fe ya no tiene vigencia, la irresponsabilidad moral es una consecuencia previsible. A veces se acusa a la fe cristiana de alienar a las personas al proponerles que la vida verdadera se realizará después de la muerte, al anunciar que nuestra morada definitiva no es este mundo, sino el que vendrá después. Pero no hay alienación posible, sino en todo caso motivación, pues en este mundo adquirimos la idoneidad para entrar en el mundo futuro. Por eso san Pablo enseña que hay que trabajar. Él dio ejemplo al trabajar para ganar su sustento. Y a los que vivían como holgazanes, a la espera de ese otro mundo, los reprendió severamente. Esperamos el otro mundo no con los brazos cruzados y en el ocio, sino en el trabajo creativo y productivo: Les suplicamos a esos tales y les ordenamos, de parte del Señor Jesús, que se pongan a trabajar en paz para ganarse con sus propias manos la comida. Que quienes esperamos el cielo podamos contribuir con nuestro trabajo a hacer de este mundo un lugar más humano e incluyente.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

Suscríbete a nuestra

Newsletter