El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 3 de noviembre.

Evangelio según san Lucas (19, 1-10)

La historia de Zaqueo es un episodio de la vida de Jesús que conocemos solo a través de san Lucas. El hecho ocurre a la entrada de la ciudad de Jericó, cuando Jesús está ya muy cerca de Jerusalén. Zaqueo es un publicano, un cobrador de impuestos. Es decir, era una persona con fama de corrupta, que se enriqueció con fraudes, que era tenida en la opinión pública por ser un pecador descarado. Además, era el jefe del gremio de publicanos. Por lo tanto, era un hombre que gozaba de prestigio y renombre, al menos entre los de su clase.

Cuando Zaqueo se entera de que Jesús está para llegar a la ciudad deja todo para ir a verlo. Mucha gente debió tener el mismo propósito, pues se juntó una gran multitud, que le impedía la vista a Zaqueo que era de baja estatura. Jesús venía rodeado de discípulos y su fama, que iba por delante, atraía a numerosas personas a la calle para saludarlo a la entrada de la ciudad.

Zaqueo decide subirse a un árbol a la vera del camino para ver mejor a Jesús. Pero al mismo tiempo, y sin quererlo, de ese modo él facilitó que Jesús también lo viera a él. Uno puede pensar que una inquietud interior movía a Zaqueo. Quizá ya sentía algún disgusto por la vida que llevaba. Quizá buscaba la oportunidad de cambiar de vida, sin saber si eso sería posible. Es posible que ya hubiera oído hablar de Jesús, pues de otro modo no se entiende bien ese deseo tan fuerte de verlo, que hasta se sube a un árbol como si fuera un niño. Él, un hombre que gozaba de prestigio entre los publicanos por ser su jefe, no tiene consideraciones para guardar el respeto propio, y se encarama a un árbol.

Jesús cuando pasa junto al árbol se detiene. Lo llama por su nombre y se auto invita para quedarse en su casa: Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa. ¿Alguien le habló a Jesús de Zaqueo? ¿Alguien le hizo ver a Jesús al hombre encaramado en el árbol y le explicó quién era? ¿Acaso Jesús, por su conocimiento superior, leyó el corazón del hombre y conoció a Zaqueo desde dentro? La parábola no responde a estas preguntas, no se interesa por esos detalles. Pero sin duda, Zaqueo cuando oyó a Jesús debió pensar que lo había reconocido, que conoció su deseo de verlo, que incluso quizá conoció su disgusto e inquietud interior. En todo caso, Zaqueo baja del árbol y conduce a Jesús a su casa.

Al ver esto, comenzaron todos a murmurar. ¿Quiénes son esos que murmuran? ¿Los que venían con Jesús? ¿Los que salieron a verlo? ¿Unos y otros? La acción de Jesús causa sorpresa, indignación, perplejidad. Lo que murmuran es una gran verdad: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador. ¿Cómo es posible que el Hijo de Dios pida hospedaje precisamente en la casa del peor pecador de la ciudad? ¿No son acaso incompatibles la santidad de Dios con el pecado humano?

Sin embargo, para Zaqueo esta es la oportunidad que buscaba. Casi como si fueran las palabras de bienvenida, Zaqueo, que no necesitaba confesar sus pecados pues eran públicos y notorios, comienza a declarar su propósito de repararlos, su propósito de enmendarse, su propósito de resarcir a quienes había hecho daño con sus fraudes, con su corrupción, con sus robos. Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más. Hay que saber que el perdón de Dios va por delante de nosotros. La auto invitación que Jesús se hizo fue para Zaqueo la señal de que Dios le ofrecía su perdón. Jesús no lo rechazaba por ser pecador, sino que lo buscó para mostrarle su ofrecimiento de perdón. No es nuestro arrepentimiento el que mueve a Dios a perdonar; es el perdón ofrecido de Dios el que nos mueve a arrepentirnos. Pero hay que saber que para hacernos idóneos para recibir y acoger el perdón de Dios no basta con reconocernos pecadores, sino que también hay que reparar, en la medida de lo posible, el daño que hemos hecho con nuestros pecados. Reparar el daño y lograr que las cosas vuelvan al estado en que estaban antes de nuestro pecado no es posible a cabalidad. Como dice gráficamente el dicho popular: no es posible sacar la pasta de dientes de su tubo y luego volverla a meter. Pero gestos de reparación deben acompañar nuestro arrepentimiento.

Precisamente los actos de reparación expresan mejor el arrepentimiento que la mera confesión verbal del pecado cometido. Si omitimos la reparación del daño, del perjuicio, de la ofensa, que causamos con nuestras acciones, nuestro arrepentimiento puede ser de pura palabra y no de hecho. Zaqueo manifestó voluntad de cambiar de vida.

Jesús por eso declara: Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido. Zaqueo, pecador, no ha perdido su dignidad, es hijo de Abraham. Se ha desviado, ha renegado de su identidad con su pecado, pero de hecho no la ha perdido. Es capaz de ser rescatado, si se arrepiente. No debe sorprender que Jesús haya elegido hospedarse precisamente en la casa del mayor pecador de la ciudad, pues para eso vino al mundo, para buscar y ofrecer el perdón a los pecadores.

Una de las grandes necesidades humanas es la de recuperar el valor de la propia vida cuando nos hemos visto implicados en el mal, cuando hemos elegido hacer el mal, cuando hemos sido pecadores, agentes de Satanás. El pecador, cuando se da cuenta del mal que ha hecho, piensa que su vida ha perdido valor, que su vida está destinada al fracaso, que no es posible comenzar de nuevo. Por eso uno de los mensajes centrales del Evangelio de Jesús es el anuncio del perdón a los pecadores. El perdón de Dios está disponible. Lo acoge quien se declara pecador, se arrepiente y repara el daño que hizo. El sacramento del bautismo para los que comienzan su vida cristiana y el de la confesión para los que ya estamos en ella son los medios por los que Dios nos otorga su perdón. Por eso la hermosa oración que hemos escuchado como primera lectura alaba a Dios por esta su bondad.

Con esa oración concluimos nuestra reflexión: Te compadeces de todos. Aparentas no ver los pecados de los hombres, para darles ocasión de arrepentirse. Porque tu amas todo cuanto existe y no aborreces nada de lo que has hecho. Tú perdonas a todos, porque todos son tuyos. Por eso, a los que caen, los vas corrigiendo poco a poco, los reprendes y les traes a la memoria sus pecados, para que se arrepientan de sus maldades y crean en ti, Señor.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

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