La paciencia frente a la adversidad

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 15 de diciembre.

Las lecturas de hoy nos proponen dos temas para nuestra meditación. Las dos primeras hablan del futuro que Dios nos prepara, de la esperanza cristiana, de la próxima venida del Señor, que parece retrasarse. El evangelio, por su parte, recoge el testimonio que Jesús dio de Juan el Bautista y cómo Juan, a través de los discípulos que van a preguntarle a Jesús, da nuevo testimonio de que Jesús es el salvador que tenía que venir.

La palabra “adviento”, como muchos saben, significa “venida” y alude a ese acontecimiento todavía en el futuro, que consistirá en la venida de Jesús en su gloria y majestad que traerá como consecuencia el fin de este mundo presente y la resurrección de los muertos. Entonces ante Jesús quedará patente la conducta buena o mala de cada persona, y se establecerá el reino de Dios para siempre. Estas primeras semanas del adviento, hasta el 16 de este mes, están dedicadas para que pensemos y meditemos en esos puntos de nuestra fe de los que tan pocas veces se habla. Nosotros hemos creído en Cristo como nuestro Salvador y él nos ha permitido que comencemos a participar en su salvación. Pero nuestra salvación todavía no es ni definitiva ni plena. Jesús debe completarla y culminarla. Por eso los creyentes vivimos el presente con la mirada puesta en el futuro que nos viene de Él, no en el que nosotros podamos construir, sino en el que se nos dará como gracia, pero para el que nos hacemos idóneos actuando en el presente con responsabilidad y obediencia.

Jesús y el evangelio nos enseñan a vivir ahora en función del futuro que nos viene de Dios. Todavía está vigente aquello que enseñaba el antiguo catecismo, a saber, que hemos nacido para conocer, amar y servir a Dios en esta vida y gozar de Él y alcanzar en Él nuestra plenitud después de la muerte. En realidad, ya en esta vida, a medida que conocemos, amamos y obedecemos a Dios, también gozamos de su presencia, pues él nos regala anticipos del gozo que será plenamente nuestro en el cielo. Gracias a estos anticipos de cielo en el presente podemos poner con confianza nuestra mirada y esperanza en el futuro que Dios nos promete.

El profeta Isaías, en la primera lectura de hoy, nos habla de ese futuro de Dios con tres imágenes. Primero, describe el futuro que Dios nos prepara como una transformación de la naturaleza: el desierto se cubre de flores, y se llena de vegetación y alegría. En segundo lugar, el futuro se describe como un tiempo de fortaleza y ánimo, frente al cansancio y agobio del presente. Y en tercer lugar, se describe ese futuro como un tiempo de salud: los ciegos verán, los sordos oirán, el cojo saltará como un venado, el mudo cantará. Los exiliados volverán a Sion. En vez de pena y aflicción habrá gozo y alegría. Esas descripciones del futuro de Dios, en parte son una crítica al presente. El desierto es árido y estéril, los seres humanos nos cansamos y pasamos toda clase de fatigas y dolores, las discapacidades permanecen, las enfermedades se agravan y la aflicción nos agobia. Pero el profeta nos asegura que eso no es lo que Dios quiere para nosotros. Pensar en un futuro en el que todos esos males desaparecerán por obra de Dios es declarar que Dios quiere para nosotros otra cosa distinta de las limitaciones, agobios y tristezas del presente. Y porque Dios lo quiere y lo promete es legítimo tener esperanza. La esperanza nos da ánimos para soportar y hacer frente a la adversidad que no podemos cambiar; pero la esperanza también nos da ánimos y fortaleza para mejorar aquellas cosas del presente que podemos transformar con nuestro esfuerzo y trabajo. Ese futuro que esperamos y que será nuestra plenitud es Dios mismo, a quien ya conocemos y amamos en el presente a la distancia, pero que entonces será nuestra plenitud.

El tiempo del adviento es tiempo para crecer en el deseo de Dios, a través de la perseverancia y la paciencia. De eso nos habla el apóstol Santiago en la segunda lectura de hoy. A veces podemos pensar que la venida del Señor es algo tan distante en el futuro que no nos concierne. Pero Dios está presente, nos rodea, solo que no está patente a nuestros ojos. Cristo viene a nosotros en su Palabra, en los sacramentos, en las alegrías con las que conforta y consuela nuestro espíritu. Debemos vivir de tal manera que la realidad invisible de Cristo presente inspire, sostenga y dé sentido a todas nuestras acciones. Vean cómo el labrador, con esperanza de los frutos preciosos de la tierra, aguarda pacientemente las lluvias tempranas y las tardías. Aguarden también ustedes con paciencia y mantengan firme el ánimo, porque la venida del Señor está cerca. El agricultor no ve todavía el fruto que dará su campo, pero trabaja con gran esfuerzo y tesón, y confiando que las lluvias harán fecundo su trabajo. El agricultor trabaja en el presente en función de la futura cosecha. Nosotros también debemos vivir en el presente en función de la gloria y plenitud que Cristo nos promete. La paciencia frente a la adversidad, la perseverancia ante la demora y el tesón ante la distracción que nos hace perder de vista la meta son las actitudes en las que se manifiesta nuestra esperanza. Sin embargo, debemos tener claro que nuestra perseverancia, paciencia y tesón no producen el futuro que esperamos, sino que nos capacitan para recibir el futuro que es don de Dios, es el mismo Dios.

En el evangelio, Jesús da testimonio de Juan el Bautista y lo llama el más grande que jamás ha nacido de una mujer. Él es el heraldo que preparó y sigue preparando el camino de Jesús, el que ha de venir. Pero a pesar de toda su grandeza, el más pequeño en el Reino de los cielos es todavía más grande que él. Pero ¿quién es el más pequeño en el Reino de los cielos? ¿No es acaso el mismo Jesús, que se despojó de su condición divina y se hizo como el más pequeño de los esclavos y a quien Dios exaltó por encima de todo? Juan Bautista es grande, pero no es el Mesías, ese es Jesús. Juan, que estaba en la cárcel, en cierto momento quiso que sus mismos discípulos se convencieran de ello, y los envió a preguntarle a Jesús si él era el que tenía que venir para establecer la salvación. Jesús simplemente les mostró cómo con su presencia se comenzaba a realizar ese futuro que Dios nos prepara, cuando los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Creamos nosotros también en Jesús, el que viene de Dios, pues en él se realiza el futuro de Dios para nosotros.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

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