El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 29 de diciembre.

En este domingo entre Navidad y la Solemnidad de la Santa Madre de Dios, la Iglesia nos propone a la Sagrada Familia de Jesús, María y José para nuestra meditación. De ese modo quiere destacar la importancia de la familia para la sociedad humana. La familia es tan importante que el Hijo de Dios al hacerse hijo del hombre, primero formó una familia en la que nacer. Ciertamente esa es una familia muy peculiar, pero en su tiempo y a los ojos de sus contemporáneos, fue una familia en toda regla. Con esta fiesta la Iglesia nos exhorta a valorar la familia como institución, nos motiva a construir, nosotros mismos, familias funcionales y cabales y nos fortalece para hacer frente a todos los experimentos y reingenierías que tienen como objetivo destruir la familia natural, como la hemos conocido. La familia es institución querida por Dios, pues está predispuesta en la misma naturaleza humana que Dios creó. Desde el principio Dios creó a la humanidad como hombre y mujer, con la idea de que ambos se complementaran uno al otro, y juntos engendraran hijos y los educaran. Pero la institución sufre erosión.

La erosión de la familia comienza con la erosión de las palabras. El término “familia” designa actualmente al conjunto de personas, con algún grado de parentesco entre sí, que viven habitualmente en una misma casa. Esta aplicación del término desborda la institución familiar estrictamente hablando, para dar cabida a una variedad indefinida de com- binaciones de convivencia. Esta es una definición útil para asuntos de organización civil local, para sustentar derechos, incluso para determinar requerimientos fiscales. Pero esta definición difumina el sentido de la palabra “familia” y no nos ayuda a la hora de señalar criterios, ideales, imágenes que nos guíen en nuestra propia tarea de crear familias.

En sentido más estricto, el término “familia”, designa aquella forma de convivencia que es a la vez culmen del desarrollo de las formas sociales e imperativo de la moral social cristiana. Designa a la forma primaria de organización social que surge de la capacidad de un hombre y una mujer para generar prole y al deber de ese hombre y de esa mujer de educarla. La llamamos “familia natural”, porque surge de esos rasgos propios de la naturaleza biológica y psicológica de las personas como son la complementariedad y atracción de los sexos, su capacidad generativa y de establecer relaciones de afecto. La forma que mejor respeta la dignidad de las personas que la constituyen, que ofrece el mejor ámbito de aprendizaje de la socialización para los niños y para la transmisión de la cultura, es la familia que surge de la unión y compromiso público, estable y permanente de convivencia de un solo hombre con una sola mujer con el fin de apoyarse mutuamente y de generar y educar a los hijos que surjan de la unión sexual de ambos. Al ser la unión de una sola con uno solo, y no con varias o varios simultánea o sucesivamente, se manifiesta la igualdad de dignidad del hombre y la mujer. El compromiso de unión pública y permanente obliga a los cónyuges tomarse mutuamente en serio y no como juguete sexual o como objeto de intereses económicos o sociales. Les obliga a crecer en entendimiento y perdón mutuo.

La estabilidad de la unión conyugal, sin embargo, se desarrolló también en función de la educación de la prole. Todo niño necesita de un padre y una madre como referencia de origen. Puesto que comenzamos a existir por la unión sexual de un hombre y una mujer, el conocimiento y de quiénes son esos dos que me dieron origen y la convivencia con ellos ofrecen una referencia identitaria básica y fundamental para la construcción de la propia personalidad. Además, el niño y el joven en el proceso de crecimiento y maduración encuentra en la permanencia de la unión de su padre y su madre la referencia de estabilidad que le permite afrontar todas las demás inestabilidades, fluctuaciones y variaciones que encontrará en ese proceso de maduración personal y crecimiento en habilidades sociales. La familia así constituida construye, junto con otras familias, la comunidad de vecinos que da origen a la vida social. La posibilidad del divorcio tiene como consecuencia que las parejas en conflicto se niegan el esfuerzo y la oportunidad de superarse y así madurar en su relación, pues buscan antes el atajo del divorcio renunciando al esfuerzo de entenderse, madurar y perdonarse para mantener el compromiso de la unión.

Ese modelo de familia natural es, por una parte, resultado de una evolución social y, por otra, modelo y exigencia moral para lograr con mayor probabilidad una sociedad sana y estable. Sin embargo, numerosos factores económicos, culturales y de simple inmadurez humana hacen que muchas personas, incluso cuando tienen el deseo de realizar en su vida ese modelo, fracasen en el intento. Los proyectos políticos basados en ideologías de reingeniería social tienen como primer objetivo la destrucción de la familia natural. Y muchas veces los saludamos como “progreso social”. Sin embargo, la familia natural es la única garantía de estabilidad social y de salud psicológica personal. Vale la pena el esfuerzo por mantenerla vigente en las leyes y en la cultura.

Jesucristo santificó esta forma de familia elevando el matrimonio que establece la unión a grado de sacramento. En efecto, el matrimonio también existe fuera del contexto litúrgico y cristiano. El matrimonio es la forma pública por medio de la cual un hombre y una mujer se comprometen a fundar una familia. Por eso, el matrimonio civil entre dos solteros e incluso la unión de hecho se pueden considerar etapas válidas hacia el matrimonio sacramental. Yo las llamo “casa a la que le falta el techo”. Jesucristo elevó esa forma pública de compromiso, llamada matrimonio, a categoría de sacramento. De este modo el sacramento del matrimonio se convierte en fuente de salvación, pues integra la entrega mutua de los esposos en la dinámica de la entrega del Cristo por la Iglesia, de modo que establecer una familia, cuando se hace en el espíritu cristiano, es un medio por el cual los esposos alcanzan la propia santificación. El sacramento santifica la familia y es una ayuda de gracia para los esposos para que construyan familias sanas y santas. Defendamos la familia haciendo el esfuerzo por construir familias sólidas, maduras, sanas y santas.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

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