El reino de Dios hecho persona

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 8 de diciembre.

Hay que comenzar con una explicación litúrgica. ¿Por qué hoy 8 de diciembre no celebramos la misa de la Inmaculada Concepción? Y la respuesta es que los domingos de adviento tienen tal categoría y rango, que su celebración prevalece incluso sobre una solemnidad tan importante como esta fiesta de la Virgen María. La solemnidad de la Inmaculada Concepción se traslada para celebrar su misa mañana. Nada impide, sin embargo, que hoy veneremos a la Virgen María y que la saludemos con alguna de las múltiples ex- presiones de la piedad popular.

Pero creo mi deber centrarme en ofrecer una reflexión sobre las lecturas que la Iglesia nos ofrece para este domingo de adviento. En primer lugar, pienso que es inútil tratar de encontrar un tema común a las tres lecturas. Cada una ofrece su enseñanza por su cuenta. Así que es mejor comentarlas brevemente según las escuchamos.

En primer lugar, nos ha hablado Dios a través del profeta Isaías. Nos habla de un futuro que contrasta radicalmente con nuestro presente. Anuncia el surgimiento de un nuevo David, que estará dotado de la plenitud del espíritu divino, de modo que su gobierno creará la paz, la justicia, la concordia. En nuestros tiempos, en que padecemos de autoridades corruptas, arbitrarias, negligentes, la ilusión de un gobernante ejemplar se nos presenta como una aspiración deseable. A continuación, el profeta describe un panorama en que ha cesado la violencia incluso en el mundo animal. Los animales que actualmente son depredadores convivirán pacíficamente con sus presas: el lobo con el cordero, la pantera con el cabrito, el león con el novillo, de modo que el león comerá paja con el buey. ¡Vaya imaginación! Pero es la imaginación de Dios, capaz de pensar para nosotros un mundo de paz y harmonía. Así como las aguas colman el mar, así está lleno el país de la ciencia del Señor. Esta es la descripción del reino de Dios, que establecerá a través de su Mesías: la raíz de Jesé se alzará como bandera de los pueblos, la buscarán todas las naciones.

Esta visión es una mirada crítica a la situación presente. El mundo como está y como lo hemos hecho los hombres no es de nuestro agrado ni del de Dios. Pero Él crea para nosotros otro mundo y nos invita a desearlo, a buscarlo, a fijar en él nuestra mirada. Otro mundo es posible, porque Dios lo quiere. Será un mundo que se nos ofrece como don, que habrá que esperan con perseverancia. Ven, Señor, rey de justicia y de paz.

A esta perseverancia se refiere la segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los romanos. Las sagradas escrituras judías son para nosotros los cristianos texto de instrucción en la esperanza. Todo lo que en el pasado ha sido escrito en los libros santos, se escribió para instrucción nuestra, a fin de que, con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza. ¿Qué es la esperanza? Es la actitud de quien mira y se encamina hacia el futuro con la confianza puesta en Dios y en sus promesas. En esta vida sufrimos adversidades, frustraciones, desengaños, enfermedades, falta de oportunidades, desprecios y vejaciones. Unas personas más otras menos. ¿Es esa la asignación que nos corresponde? ¿Es la situación actual del mundo todo lo que hay? Los buenos líderes políticos nos dicen que podemos crear un mundo mejor, si nos unimos y nos esforzamos. La verdad es que muchas naciones han logrado crear un futuro mejor para sus pueblos, por tanto, la invitación de los buenos líderes políticos tiene una dosis de verdad. Pero, ¿sólo podemos trabajar por el futuro que nosotros podamos crear? ¿No es eso demasiado aleatorio e incierto? ¿No están esos esfuerzos marcados también por la fragilidad humana? La esperanza cristiana nos invita a tender más bien hacia el futuro que nos viene de Dios y es el mismo Dios. Este mundo no es la realidad definitiva; esta es una realidad provisional, que caducará. La realidad firme y consistente es Dios. Él es nuestro futuro. Y nos preparamos para acogernos al futuro de Dios, si actuamos con responsabilidad en este presente provisional.

Y esta reflexión nos conduce al pasaje evangélico. San Mateo nos presenta la figura de Juan el Bautista. Él predica la cercanía, la proximidad, del futuro de Dios. Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca. Quien estaba cerca era Jesús, pero es que él, Jesús, es el reino de Dios hecho persona. Él es aquel en quien el futuro de Dios para nosotros se hace concreto. Yo los bautizo con agua, en señal de que ustedes se han arrepentido; pero el que viene después de mí, es más fuerte que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego. Jesús trae al Espíritu que santifica, pero también el fuego que a la vez que purifica también consume al que por su vacuidad se vuelve combustible. Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue. El reino de los cielos que viene con Jesús es plenitud para unos, pero para otros es juicio de censura y condenación.

Para acogerlo, el requisito primario es la conversión. Por eso san Juan predica a los saduceos y fariseos el arrepentimiento: Hagan ver con obras su arrepentimiento y no se hagan ilusiones pensando que tienen por padre a Abraham. Nos capacitamos para la esperanza con la rectitud moral, con la gestión responsable de nuestros asuntos, con la oración y las buenas obras. Vivimos de la esperanza cuando en el presente actuamos con la mirada puesta en el futuro de Dios. Que el Señor nos fortalezca cada día en la esperanza y podamos actuar en el presente como hombres y mujeres que ponen su mirada en el futuro de Dios.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

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