“Siendo Dios, se hizo hombre” (Flp. 2, 6)

En este artículo, el agustino recoleto Eddy Polo reflexiona sobre la Navidad y la petición del Papa Francisco de una Iglesia en salida, una llamada a todos los cristianos bautizados que puede empezar con el nacimiento de Jesús.

Estos días de preparación a la Navidad, me he acercado a la ventana de los recuerdos, para revivir aquellos momentos de misión en muchas Semanas Santas compartidas con los jóvenes, en los distintos ministerios que he desarrollado en Venezuela. Salir de la ciudad, insertarse en una pequeña población, compartir la fe con la gente sencilla, deja honda huella en el corazón. Hoy se habla mucho de una Iglesia en salida, en misión permanente, que abandona las seguridades y va tras las ovejas perdidas (Lc. 15, 1ss), para que vuelvan al redil. Tengo la impresión de que no estamos diciendo nada nuevo, pues el modelo siempre ha estado allí: la Encarnación del Verbo. Aunque confieso que un Dios en salida no es fácil de aceptar. Nos gustaría un Dios más a nuestro estilo: casero, poco exigente, de momentos fugaces, que no se meta tanto en nuestros asuntos. Pero el Dios revelado no es así; siempre actuando, motivando, despertando conciencias, transformando… Un Dios siempre en salida, que propicia encuentros, que lava heridas, que desinstala, que no se queda quieto, porque la compasión es su lema, su pasión, su entrega.

Puede sonar un poco fantasioso, utópico o idealista, pero Dios quiere una Iglesia en movimiento, al lado de los que sufren, al lado también de los desechados por una sociedad que propicia más el descarte que la integración humana. Tristemente la historia se repite, pues la luz vino a los suyos y prefirieron las tinieblas a la luz (Jn. 1, 11). De los que menos se espera, son los que se ponen en camino y nos sorprenden trayendo buenas nuevas. Digo esto por los Magos de Oriente (Mt. 2, 1ss), que dejaron sus tierras, abandonaron seguridades, corrieron riesgos, para encontrarse con el Mesías, guiados por el resplandor de una estrella. Los extranjeros, los que no pertenecen al pueblo elegido, alborotaron aquella Jerusalén adormecida por rutinarios rezos. ¡Dios está llegando, ha salido a nuestro encuentro! Aquellas palabras de los Magos consolaron a muchos y a otros les hizo temblar los cimientos de su Reino. La Navidad es la fiesta del Dios que sale al encuentro del hombre para consolarlo, restaurarlo y llevarlo al cielo. Pero hay que vaciarse de sí, del egoísmo, para entender sus gestos. Herodes está hinchado de orgullo y teme que un pequeño le arranque su Reino.

¿Cómo entender esta Iglesia en salida? Quisiera iluminar esta pregunta con tres textos bíblicos, que considero claves para vivir desde la misión que tenemos como bautizados de ser “la luz del mundo y la sal de la tierra” (Mt. 5, 13-16).

1.- “Salió el sembrador a sembrar” (Mc. 4, 3): Basta con levantar la mirada para tomar conciencia del inmenso trabajo por hacer. “La mies es mucha y los trabajadores pocos” (Mt. 9, 38) , hay que esparcir la semilla con la esperanza de recoger el fruto. La Iglesia en salida supone la decisión de sembrar los valores del Reino. Esto exige esfuerzo, audacia, paciencia. Dejar la semilla en la seguridad del granero es perder la abundancia de la siembra, del grano que lleva en sí la maravilla de generar más vida desde dentro. Como bautizados estamos llamados a tomar la DECISIÓN de salir a sembrar. Esto supone arrancar maleza, quitar piedras, roturar el campo, es decir, prepararlo para la siembra. No nos debe desanimar el que somos pocos para llevar a cabo la tarea. La tentación de hoy es contabilizarlo todo: ¿con cuántas manos contamos para llevar a cabo la siembra? Lo importante no es saber con cuántos se cuenta, sino que te impliques, que tus manos toquen la tierra.

2.- “Diríjanse a las ovejas perdidas del pueblo de Israel” (Mt. 10, 6): La palabra clave para vivir una Iglesia en salida es la COMPASIÓN. Dios sale al encuentro del hombre porque se compadece de él. Son innumerables los textos que nos hablan de un Dios compasivo y misericordioso. En casa de Zaqueo, ante el pecador público arrepentido, afirma solemnemente: “hoy ha sido la salvación para esta casa”. Mirar al pecador, no su pecado, y llamarlo a la conversión, invitarle a estrenar un corazón nuevo, porque también éste es hijo de Abraham, es la acción pastoral urgente de este tiempo. La compasión nos inmuniza del fariseísmo, que es apego desordenado de sí mismo, de creerse bueno y con derecho a juzgar al otro. “Bienaventurados los compasivos, porque obtendrán misericordia” (Mt. 5, 7), palabras pronunciadas por el Maestro en el sermón de la montaña.

3.- “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” (Mt. 28, 19): la Iglesia en salida supone la UNIVERSALIDAD del mensaje que proclamamos. No podemos descartar a nadie en el anuncio del Evangelio. Debe ir madurando en todos los creyentes la conciencia de que todos tienen derecho a la salvación que nos trae Jesucristo.

Como dije antes no hay nada nuevo. La novedad hoy consiste en que asumamos el modelo que nos propone Jesucristo: decisión, compasión y universalidad. Asomado nuevamente a la ventana de los recuerdos, me parece estar tocando la alegría de aquellos jóvenes misioneros, que salieron de la vertiginosa ciudad de Caracas para llevar la Buena Noticia a los que no conocían ni habían tratado en su vida. Aquella experiencia les abrió el corazón, los hizo más humanos, más discípulos del Maestro. El Papa Francisco quiere una Iglesia en salida, sobre todo en salida a las periferias existenciales que reclaman nuestra presencia como discípulos y misioneros. San Agustín también nos anima: “Vayan por todas partes, fuegos santos, llamas hermosas y dense a conocer”.

Eddy Polo OAR

Suscríbete a nuestra

Newsletter