El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 19 de enero.

Hace ocho días celebrábamos la fiesta del bautismo del Señor. Las lecturas de este segundo domingo del tiempo ordinario, cada año, nos vuelven a proponer para nuestra meditación e instrucción el tema de la presentación de Jesús al mundo. En el evangelio que acabamos de escuchar es Juan el Bautista quien presenta a Jesús a sus discípulos y también a nosotros. Nos lo presenta como el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Pero también Dios mismo, a través del profeta Isaías, en la primera lectura, le habla a su siervo Jesús y le dice a él y a nosotros: te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra. Pero no es solo una presentación de parte del Bautista o de parte del mismo Dios. En el salmo responsorial, Jesús mismo responde diciendo: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Pues él ha sido presentado como aquel que tiene una misión de parte de Dios. Entonces, Jesús acepta esa misión en la actitud de obediencia a su Padre Dios que fue la característica principal de toda su vida.

Veamos entonces en mayor detalle lo que nos dicen los pasajes que se nos proponen hoy. Primero escuchemos más atentamente el testimonio de Juan el Bautista. Juan hace tres afirmaciones acerca de Jesús. La primera: este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Es un nombre raro ese con el que designa a Jesús. ¿Por qué Cordero de Dios, de dónde saca ese nombre? Seguramente evoca el cordero pascual, el cordero que los israelitas ofrecían como memorial de aquella memorable hora, cuando en Egipto fueron salvados de la muerte que afligía a todos los primogénitos y como esperanza y petición de salvación futura. También el nombre evoca los corderos que los israelitas ofrecían en el templo para expiar sus pecados, para impetrar de Dios el perdón. Ahora Dios ofrece su propio cordero, un cordero cuyo sacrificio y cuya sangre derramada sí otorga la liberación efectiva de la muerte, sí le da a la vida consistencia y sentido; este es el cordero que Dios ofrece en la cruz y que otorga la liberación del pecado, de nuestra implicación en el mal y le devuelve a la vida su valor y sentido. Y Jesús, por su parte, asume esa identidad y esa misión cuando dice con las palabras del salmo responsorial: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Sacrificios y ofrendas no quisiste. Abriste en cambio mis oídos a tu voz.

Es importante señalar que el cordero de Dios quita el pecado del mundo. No lo cubre, no lo esconde; lo remueve, lo borra, lo limpia. Por influjo protestante se introduce en nuestro vocabulario la idea de que la sangre de Cristo simplemente tapa el pecado humano para que Dios no lo vea, pero los hombres seguimos siendo pecadores incapaces de compartir la santidad de Dios. La doctrina católica, por el contrario, siempre ha sostenido que el sacrificio de Cristo y el perdón de Dios nos limpian del pecado. El pecado no pertenece a la naturaleza humana, no fuimos creados pecadores ni el pecado tiene tal fuerza que altera la naturaleza en la que fuimos creados y la corrompe de tal modo que Dios no tiene otra solución que fingir que no ve en nosotros el pecado. No. Dios creador, gracias al sacrificio de Cristo, remueve, quita, lava, el pecado en nosotros, de modo que no solo nos restaura a la condición en que fuimos creados, sino que nos eleva para que podamos compartir la santidad de Dios.

La segunda declaración del Bautista dice así: Este es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí tiene precedencia sobre mí, porque existía antes que yo’. Esta declaración del Bautista es una confesión de fe en la divinidad de Jesús. Aunque Jesús vino en el tiempo después de Juan, el Hijo de Dios que se manifestó en Jesús existía antes que Juan y es mayor que Juan. Jesús no es un simple profeta, es el Hijo de Dios hecho hombre. Por eso le tributamos la misma gloria, el mismo honor y la misma adoración que le tributamos a Dios Padre. A él le debemos la misma obediencia y sumisión que al Padre.

La tercera declaración del Bautista tiene dos partes y es esta: Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel. Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. El que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo’. Yo lo vi y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios. Para Juan, el signo que le permitió identificar a Jesús como el elegido de Dios fue el don del Espíritu que bajó sobre él en forma de paloma. Pero Juan explica además que Jesús recibió el Espíritu para beneficio nuestro, no propio. Recibió el Espíritu para poder bautizar con el Espíritu Santo. A través de Jesús nos llega a nosotros el Espíritu de Dios que nos santifica y nos hace hijos adoptivos de Dios. Jesús nos otorga su Espíritu cuando creemos en él, cuando recibimos los sacramentos, cuando nos integramos a la Iglesia. Gracias al don del Espíritu nos llega el perdón de los pecados, la victoria sobre la muerte y el don de la vida eterna, que Jesús nos ofrece como Cordero de Dios.

Por eso, san Pablo, al saludar a los cristianos de la comunidad de Corinto, se dirige a ellos con los títulos que les corresponden gracias a su fe en Cristo: Ellos son quienes Dios santificó en Cristo Jesús y que son su pueblo santo. Ellos son los que invocan el nombre de Cristo Jesús, Señor nuestro. Lo que san Pablo dice de los corintios son títulos que también nos corresponden a nosotros, pues nos contamos entre todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesús. La honra y la fe que tributamos a Cristo son el inicio de nuestro camino cristiano.

Por eso, Dios puede presentar a Jesús como aquel que es luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra. Jesús es el único Salvador que hay, para todos los tiempos y todos los pueblos. De allí el impulso misionero de la Iglesia, para que tantos que no conocen todavía a Cristo lleguen a conocerlo y alcancen así con seguridad la salvación que esperan. Seamos nosotros también sus testigos y mensaje-ros ante aquellos que todavía no lo conocen o lo conocen mal.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

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