El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 5 de enero.

La solemnidad de la Epifanía es la más antigua fiesta de Navidad. Todavía en las Iglesias cristianas de oriente, hoy se conmemora el nacimiento del Hijo de Dios. Cuando en la Iglesia de Roma se introdujo la fiesta de la Navidad el 25 de diciembre, esta solemnidad concentró su atención en la adoración de los magos, sin dejar de lado las otras manifestaciones del Hijo de Dios como su bautismo y el portento de las bodas de Caná.

El relato de la visita de magos orientales para adorar al que había nacido como rey de los judíos es propio del evangelista san Mateo. Es un anticipo del futuro de Jesús y de la Iglesia. El nombre de “magos” nos remite a Persia, pues se llamaba con ese nombre a los sabios de aquel país, que se ocupaban de las observaciones astrales. El evangelista no nos dice cuántos magos llegaron. Tradicionalmente decimos que son tres, a partir de los tres dones que los visitantes ofrecieron al Recién Nacido. El relato comienza abruptamente con su llegada a Jerusalén donde buscan al rey de los judíos que acaba de nacer. Los magos preguntan con toda ingenuidad y sinceridad. El rey Herodes y toda la ciudad de Jerusalén se sobresaltan, no de alegría, sino de envidia. Al final de la vida de Jesús, otro Herodes, hijo de este, junto con Pilato acabarán confabulándose contra Jesús. Así lo registra el libro de los Hechos de los Apóstoles: En esta ciudad, en efecto, se han reunido Herodes y Poncio Pilato contra tu santo siervo Jesús (4,27). Los habitantes de Jerusalén se pondrán también contra Jesús, al final de sus días, cuando dirán: Nosotros y nuestros hijos nos hacemos responsables de esta muerte (Mt 27,25).

Los magos orientales, con toda sinceridad, declaran su intención: Vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo. En aquel tiempo, en algunos lugares se creía que una estrella aparecía en el cielo cuando nacía una persona, o al menos cuando nacían las más importantes. La creencia es falsa, pero Dios a veces se vale de nuestros conocimientos erróneos para conducirnos a la verdad. Además, la estrella es rara, pues no se comporta como los otros astros conocidos. Debe ser como un símbolo de la providencia divina que guía a los magos. Ellos quizá tenían conocimiento de las esperanzas judías del Mesías que habría de venir, y que sería el salvador de todos los pueblos. Cuando Jesús nació, había comunidades judías por muchos lugares, y muchos paganos simpatizaban con las enseñan zas de los judíos. Quizá los magos eran esa clase de personas y sabían del futuro nacimiento del Mesías judío, y cuando Jesús nació, Dios les puso en el corazón la idea de ir a buscarlo para reconocerlo y adorarlo. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos da testimonio de cómo, ya después de la resurrección de Jesús, algunos gentiles buscaban la salvación en el Dios de Israel. El caso mejor conocido es el del centurión Cornelio (Hch 10), quien, instruido por Dios, llamó al apóstol Pedro para que lo instruyera acerca de Jesús. Los magos llegan a Jerusalén buscando esa misma instrucción acerca del Mesías.

Los escribas informan puntualmente a Herodes y a los magos que según los libros sagrados el Mesías debe nacer en Belén. Pero mientras los magos prosiguen su camino con el corazón alegre porque están para llegar a adorar al Niño Dios, Herodes comienza a tramar designios de muerte y aniquilación.

Finalmente, los magos llegan a Belén, y entran en la casa donde está María con el Niño. Sorprende que Mateo no mencione a José. La atención se centra en el Niño y su Madre. Es ella quien lo presenta a quienes lo buscan. Los magos se postran rostro en tierra en actitud de adoración y ofrecen los dones que han traído: oro, incienso y mirra. Ellos entregan lo más precioso que creyeron digno de uno que era rey y salvador. Todavía no estaban bien instruidos como para saber, como sabemos nosotros, que cuando adoramos a nuestro rey Jesús le debemos ofrecer nuestras propias vidas: nuestra fe para creer y confiar en él; nuestra esperanza para esperar solo de él la salvación deseada; la caridad para servirlo en nuestros hermanos más necesitados.

El profeta Isaías ya había anunciado un día futuro, cuando Jerusalén se convertiría en ciudad de luz que atraería hacia sí a todos los pueblos del mundo. Lo hemos escuchado en la primera lectura de hoy. Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes, al resplandor de tu aurora. Todos se reúnen y vienen a ti; tus hijos llegan de lejos. Entonces verás esto radiante de alegría; tu corazón se alegrará, y se ensanchará, cuando te traigan las riquezas de los pueblos. Lo que Isaías dijo de Jerusalén lo aplicamos a Jesús. Es él quien se ha convertido para todos los pueblos del mundo en luz que alumbra la oscuridad, esperanza que vence las tinieblas de la muerte, alegría que transforma la tristeza del pecado.

Uno puede pensar que Dios debió darse a conocer a cada pueblo, de modo que cada nación encontrara en su propia historia y cultura sus propios caminos hacia Dios. No está bien, piensan algunos, que nosotros en nuestro país y en nuestro tiempo tengamos que volver los ojos a un salvador que nació en otro país y cultura hace veinte siglos. Es verdad que todos los pueblos han tenido algún conocimiento de Dios, muchas veces mezclado con grandes errores. Hay centenares de religiones en el mundo, creaciones de los pueblos y culturas del mundo. Pero si cada pueblo tuviera su propio camino de salvación, las divisiones entre pueblo y pueblo serían aún más grandes. Fácilmente caemos en la tentación de creer que la diversidad de culturas se debe a que somos especies humanas distintas. Pero en verdad somos todos igualmente humanos. Dios dispuso que hubiera un solo Salvador para todos los hombres de todos los lugares y tiempos, para que, reconociendo a un mismo Dios como Padre, nos reconociéramos como hermanos. El Mesías esperado por los judíos fue el Salvador designado por Dios para todos los pueblos del mundo. Como dice san Pablo, por el Evangelio, también los paganos son coherederos de la misma herencia que prometida al pueblo judío. Son miembros de mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo. De este modo se fomenta la unidad. Todos compartimos una misma humanidad, todos estamos llamados a alcanzar un mismo cielo y vivir para siempre en unidad con el único Dios que hay. En la Iglesia católica todos debemos ser hermanos.

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