El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 30 de marzo.

Acabamos de escuchar el extenso relato de la resurrección de Lázaro. También hemos escuchado otras dos lecturas, una del profeta Ezequiel y otra de san Pablo en su Carta a los romanos. Todas esas lecturas nos hablan del gran mensaje del Evangelio: la muerte ha sido vencida en Cristo y por Cristo. La muerte, el gran enigma que pone término a la vida humana, y que amenaza desde el futuro el presente, ha sido superada. La muerte sigue siendo una realidad que a todos nos alcanza, pero su poder destructor y aniquilador de sentido ha sido transformado en Cristo. De esto se trata en las lecturas de hoy. Dios abre nuestros sepulcros, como dice el profeta Ezequiel.

Es muy oportuno que este sea el tema de la reflexión que la Iglesia nos propone en estos tiempos que la enfermedad y la muerte llegan con el nombre de Covid-19 y nos preparamos para el inicio de la Semana Santa. En semana santa y sobre todo en triduo pascual haremos memoria de los acontecimientos en los que el Hijo de Dios hecho hombre asumió su propia muerte y la venció con su resurrección. Según el relato evangélico, cuando Jesús toma la resolución de volver a Judea para resucitar a Lázaro es muy consciente de que también se encamina hacia su propia muerte. Tomás, uno de los discípulos, anima a sus compañeros a ir con Jesús para asumir su muerte: Vayamos también nosotros, para morir con él. Y en lo que sigue del relato, más allá de lo que leímos hoy, se nos cuenta que, a raíz de la resurrección de Lázaro, las autoridades judías tomaron la decisión de matarlo. Él se encamina a su propia muerte en Jerusalén dando vida a Lázaro. Haber dado vida a Lázaro le costó a Jesús la suya. Y esto es todo un signo: el Hijo de Dios hecho hombre, al experimentar la muerte propia de los hombres, la superó con su resurrección y comparte su resurrección con nosotros, que hemos puesto nuestra fe en él, y de ese modo él vence también en nosotros nuestra propia muerte y así podamos compartir su vida de resucitado.

El pasaje más significativo del relato evangélico se da en el diálogo que Jesús sos-tiene con Marta, la hermana del difunto, a la entrada del pueblo. Las hermanas de Lázaro le habían enviado aviso de la enfermedad de Lázaro, seguramente con la esperanza de que Jesús viniese y lo curase, como había hecho con tantos otros enfermos. Cuando Jesús finalmente llega a Betania, Lázaro lleva ya cuatro días muerto y está enterrado. Las primeras palabras de Marta a Jesús son de desconsuelo: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Es una expresión, no tanto de reproche, sino de una esperanza frustrada. Ya pasó la ocasión en que hubieras podido hacer algo. Pero Marta aún confía que Jesús pueda abrir un horizonte que ella todavía no puede vislumbrar: Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas. Por eso Jesús le abre una puerta de esperanza: Tu hermano resucitará. En tiempos de Jesús, los fariseos enseñaban que Dios, al final de los tiempos, resucitaría a los muertos que habían fallecido en fidelidad a él. Por eso Marta cree que Jesús se refiere a esa resurrección del último día que enseñaban los fariseos: Ya sé que resucitará en la resurrección del último día. Pero Jesús la corrige con una palabra de revelación. La resurrección es asunto del presente.

Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. La esperanza que los fariseos ponían en Dios, que resucitaría a sus fieles en el último día, se concretiza ahora, en el presente, en Jesús, el Hijo de Dios. Yo soy la resurrección, no para el futuro, sino para hoy. Gracias a la estrecha unión entre el Padre y el Hijo, Jesucristo es ahora el ejecutor del poder del Padre de dar vida. Pero la condición necesaria es la fe. Dos veces dice Jesús: el que cree en mí. Creer en Jesús consiste en reconocerlo como el Hijo de Dios; acogerlo como Salvador; unirse a él por el bautismo y la eucaristía y por eso mismo vivir en la unidad de la Iglesia; vivir en el amor de Dios amando y sirviendo a los otros creyentes y a toda otra persona para hacer el bien. Al creyente se le dice en el presente: el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. Ciertamente padecerá la muerte en este mundo, pero ya desde ahora el principio de la vida eterna estará actuando en él, de modo que atravesará su muerte a este mundo para vivir para siempre en Dios. Por eso, el que cree en mí ahora, en este tiempo, aunque haya muerto a este mundo, vivirá para siempre en Dios. Jesús es ahora, en el presente, la resurrección, y quien se une a él por la fe y los sacramentos y el amor a Dios y al prójimo ya tiene operante en su vida el poder de la resurrección.

¿Crees tú esto?, le pregunta Jesús a Marta. En su respuesta Marta concentra su atención en Jesús: Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Esa es la fe de la Iglesia, es la fe por la que nos unimos a Jesús, esa es la fe por la que el poder de Jesús como resurrección se hace operativo en nosotros ya.

A la luz de esta respuesta de Jesús, es evidente que el signo que sigue a continuación se queda corto. Jesús realizará un signo portentoso, no hay duda. Hará que, por su palabra, Lázaro regrese a esta vida temporal. Pero esto será apenas un signo de que quien tiene poder de devolver un muerto a esta vida tiene poder para conceder una vida que no se ve: la vida con Dios desde ahora y para siempre. La resurrección en la que creemos los cristianos no es algo que ocurrirá en un futuro imaginario, sino que es la experiencia ya desde ahora de la vida con Dios, que florece y llega a plenitud después de la muerte.

San Pablo explica que ese poder de la resurrección que opera en nosotros desde ahora es el Espíritu Santo: Si el Espíritu del Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en ustedes, entonces el Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, también dará vida a sus cuerpos mortales, por obra del Espíritu, que ya habita en ustedes. Naturalmente, el Espíritu es el don de Jesús a quienes creemos en él y recibimos el bautismo en la Iglesia. El Espíritu en nosotros ya es el principio operativo de la resurrección. Por eso san Pablo la llama adelanto, testimonio, enganche de la vida eterna. Este es el anuncio central del Evangelio. Esta es la buena noticia para la humanidad. Preparémonos pues para celebrar la Semana Santa con agradecimiento y esperanza.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

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