Cambio de héroes

El autor reflexiona en este artículo sobre el coronavirus y las enseñanzas que traerá para la sociedad y que debería traer pero que se quedarán en simples propósitos.

Me gustaría escribir algo liberado de la órbita COVID-19, pero no es fácil, ni quizá conveniente. Efectivamente, la pandemia nos presenta un reto en la solución del drama presente con urgencias médicas, sociales y políticas, pero nos lanza también una pregunta ineludible mirando al futuro. Si esta bofetada a la humanidad no nos impulsa a mirar el porvenir con una visión nueva de perspectivas más humanistas, si la pandemia sólo va a servir para simplemente vencerla y seguir adelante como si nada, entonces estamos jugando como los niños a intercambiar los cromos del mismo álbum cuando lo que necesitamos es cambiar de héroes.

Zigmunt Bauman, analista de la sociedad contemporánea, escribe que la humanidad ha agrupado los “héroes” en tres secciones históricas.

En primer lugar, en la antigüedad cristiana los héroes fueron los mártires, personas contra corriente con miras a una victoria que consistía en un objetivo final de largo alcance, la vida futura de felicidad en Dios; en la época moderna se pasó a admirar a los héroes, que fueron luchadores por causas más “provechosas”, cercanas y asequibles: científicos, exploradores, inventores; finalmente, en la contemporaneidad, los personajes adorados son los famosos o “celebridades”. Daniel J. Boorstin, los define así: “El famoso es una persona conocida por ser muy conocida”. Estas celebridades se sienten a gusto en el contexto de la sociedad del espectáculo: la modernidad líquida es su nicho ecológico natural.

Estos días de reclusión obligatoria hemos hecho muchos ejercicios para espantar el fantasma: leer poemas, responder whatsapp, reenviar videos,  rescatar juegos familiares, revisar los álbumes de fotos, contar chistes, dialogar con los familiares, cantar el “resistiré”, celebrar liturgias familiares, orar todos juntos como familia, y otros muchos actos de conjuro.  Pero, cuando todo esto pase, me temo que entonaremos con gesto de superioridad el: “sí se puede”, “lo hemos logrado”, “juntos hemos vencido”, “somos más fuertes que el virus”,  “hemos ganado”… y otros eslóganes que mostrarán nuestras pocas luces para mirarnos hacia dentro y proyectar las lecciones hacia el futuro.  Si se da este resultado de inmovilismo anímico de la sociedad,  no habremos aprovechado el reto de estos meses de estado crítico de la humanidad  para crecer hacia dentro y  cambiar de paradigma social.  Si pasamos hoja rápidamente tratando de no mirar atrás, para seguir en nuestra huida  veloz hacia adelante, sin saber a dónde, haremos realidad el pensamiento de Bauman según el cual el hombre presente produce continuamente nuevas ilusiones, siempre en su correr, o huida hacia adelante, de manera que se quiere anular el pasado y volver a renacer cada vez, sin causas ni consecuencias; y esta sucesión inagotable de “renaceres” (en un abanico consumista compulsivo que va desde las liposucciones hasta lo último en complementos de moda)  se hace en nombre de la búsqueda de lo auténtico, de ser uno mismo a cada momento. La cultura  del presente urge a reinventarse de modo continuo aun a costa de borrar el pasado y de no caminar hacia ninguna meta. San Agustín lo calificó como “dispersión”, rechazo del mirar a atrás y alergia del mirar adentro, fuga de la interioridad.

En medio de esta sociedad del espectáculo y del vértigo centrífugo, nos hemos visto obligados a vivir una cuarentena encerrados en nuestro propio hogar, quizás también  -¡ojalá!-  en nuestro propio yo, de modo que hemos saboreado el silencio, la soledad, la familia, la oración; hemos tenido, en definitiva la posibilidad de vivir hacia dentro. Para cuando pase la nube pandémica de nuestra aldea global, no quiero hacerme grandes ilusiones de mejora. El hombre seguirá siendo el mismo ser egocéntrico y la sociedad volverá a rehacer sus viejas estructuras. Perdonad que sea tan realista. Yo me propongo hacer un cambio no de paradigma,  pues  eso suena muy utópico, sino simplemente, me conformaré con hacer un cambio de héroes, empezando por enjuiciar a los “influencer” actuales.

En estos días de cuarentena he terminado de leer el Diario y cartas de Etti Hillessum, una judía que en el campo de concentración se dedica a atender y animar a los más necesitados, sabiendo que ella va en el mismo tren sin retorno. En su último año de vida, cuando se va acercando al  holocausto, se presenta voluntaria para vivir en un campo de trabajo con el fin de poder estar presente y dar ánimo a todos. Sus sentimientos, a medida que se cierne la pandemia de muerte segura para todo el pueblo judío, un destino común e inexorable producido por la locura del nazismo, manifiestan día a día  una intensa y creciente cercanía a Dios y a los demás en un proceso muy vivo de interioridad, de oración y de entrega al prójimo sufriente.

El último día de su diario, martes 13 de octubre de 1942, víspera de encaminarse al campo de trabajo de Westerbork, antesala de Auschwitz, en medio de un sufrimiento contenido por el deseo de ayudar y dar ánimo a todos sus compañeros de destino, escribe: “He partido mi cuerpo como el pan y lo he repartido entre los hombres”. Ese mismo día escribe la última línea de su diario: “Una quisiera ser bálsamo derramado sobre tantas heridas”.  El 7 de setiembre,  junto a  su familia, subió al tren para acabar después en el campo de Auschwitz donde murió en noviembre de 1943 a los  29 años.

Cuando los dramas de la humanidad son asumidos con verdad, con el corazón en la mano, como en el caso de Etty, éstos cambian los ojos de las personas haciéndoles resetear su escala de valores y de héroes.  Los tiempos no son buenos o malos, diría san Agustín, por las circunstancias en que nos toca vivir, sino que es la bondad o maldad del corazón del hombre la que hace bueno o malo cada tiempo.

Etty Hillesun creció espiritualmente acompañada por la lectura de san Agustín de quien escribe así  en las últimas fechas de su diario: “Volveré a leer otra vez a san Agustín. Es tan severo y fervoroso. Y tan apasionado y lleno de entrega en sus cartas de amor a Dios. En realidad son ésas las únicas cartas de amor que uno debería escribir: cartas de amor a Dios” (9 de octubre, 1942).

La crisis de la humanidad que estamos atravesando es un reto que nos lanza a replantear nuestra escala de valores y nuestra lista de héroes. Empecemos por hacer un cambio de héroes: quizás pida un autógrafo a la primera enfermera que me encuentre en el camino.

Lucilo Echazarreta OAR