La pobreza en el evangelio de Mateo

El teólogo Xabier Pikaza habla en el segundo artículo de Formación Permanente 2020 de la visión de la pobreza de Cristo en el evangelio de San Mateo, centrándose principalmente en las bienaventuranzas.

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INTRODUCCIÓN

Las bienaventuranzas son el principio y fundamento del mensaje de Jesús, la carta magna de su magisterio, y así queremos entenderla. Lucas 6, 20-22 ofrece una formulación más antigua, tomada del Q. Mateo las ha reelaborado, para así crear una visión de conjunto del evangelio.

En el principio, antes de toda discusión sobre la ley, están las bienaventuranzas, es decir, la expresión y proclamación del don de Dios, de la gracia que vincula a todos los hombres y mujeres a todos los pueblos. Mateo las formula en tercera persona, referiéndose a todos los pueblos (bienaventurados los pobres de espíritu…), a diferencia de Lc 6, 20-21, que utiliza la segunda persona para referirse a sus discípulos (bienaventurados vosotros, los pobres, porque es vuestro…). Ciertamente, ellas poseen un fondo israelita, pero recogen el mensaje de Jesús, que ha de abrirse, por la Iglesia, a la humanidad entera, partiendo de la inversión del Reino:

Dichosos (= bienaventurados) vosotros, los pobres, porque es vuestro el reino de Dios; dichosos los que ahora estáis hambrientos, porque habéis de ser saciados; dichosos los que ahora lloráis, porque vosotros reiréis (Lc 6, 20-21).

En un sentido amplio, esas palabras podrían encontrarse en otros textos de aquel tiempo, como los capítulos finales de 1 Henoc o Testamento de los XII patriarcas. Jesús llama dichosos a los pobres, que aparecen luego como hambrientos y llorosos, no por lo que tienen (o les falta), sino porque su suerte ha de cambiar: se acerca el Reino, se invertirán los papeles de la historia y los ahora alienados y oprimidos recibirán la herencia de la vida. Lógicamente, en ese contexto resultan necesarias las antítesis: “Pero, ¡ay de vosotros los ricos, porque habéis recibido ya el consuelo! ¡Ay de vosotros los ahora saciados…!” (Lc 6, 24-25).

Parece que Lucas ha recibido estas palabras del llamado ‘documento Q’ (un documento más antiguo que recogía las palabras más antiguas de Jesús). Mt 5, 1-11 las toma también de ese documento; amplía, sin embargo, el número de bienaventuranzas hasta siete (ocho), y las presenta como programa de vida y pacificación cristiana; un proyecto de comunión universal, desde la perspectiva de su propia iglesia (hacia el 80 d. C.). El mismo orden que él sigue va marcando el avance y sentido del mensaje, desde la primera bienaventuranza (pobres) hasta las últimas (pacificadores y perseguidos). Mateo condensa así el ‘programa’ de Jesús en la Montaña de la Revelación, sobre una cátedra elevada a campo abierto (como en el Sinaí), de manera que todos pueden venir y escuchar su palabra a través de los discípulos, que son signo de la Iglesia, que debe proclamar esta palabra.

Principio, en la línea de Jesús. En principio, las bien- y malaventuranzas expresan una enseñanza que deriva del AT, recogidas también en el canto de María (cf. Lc 1, 46-55). De esa forma, nos sitúan ante la inversión final, propia del Dios de la justicia y del destino, que transforma la suerte de los hombres, como sabe la historia parabólica del libro de Ester.

En un sentido, ellas podrían entenderse como sentencia judicial sobre el transcurso de la historia, expresando así una ética del juicio, con la justicia inexorable que planea por encima de los hombres, en un plano que sería anterior al evangelio. Mas, interpretadas desde el conjunto de la vida y mensaje Jesús, ellas proclaman una enseñanza mesiánica que supera con mucho la ética de la inversión y el juicio. Ciertamente, Jesús ha sido profeta israelita, mensajero de la justicia de Dios. Mas, como sabe Mt 7, 1 par (¡no juzguéis!), él ha superado ese plano, y desde ese fondo debemos entender nuestro pasaje.

Las bienaventuranzas son proclama mesiánica, palabra de futuro que penetra en el presente. No son sentencia que solo ha de cumplirse al final del tiempo, sino kerigma de salvación, en este tiempo, y así empiezan diciendo a los pobres: ¡Es vuestro el reino de los cielos! Esta certeza de que irrumpe el fin, de que ha llegado el reino, es la base de las bienaventuranzas, entendidas como palabra de gracia y presencia de reino, no sentencia antropológica. No empiezan pidiendo a los hombres que cambien, para que así llegue el juicio de Dios, sino que parten de Dios, para fundar de esa manera el cambio humano.

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