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El agustino recoleto Jairo Soto escribe el tercer artículo de Formación Permanente 2020, dedicado a la pobreza en el evangelio de San Lucas.

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El tercer artículo del programa de Formación Permanente 2020 aborda el evangelio de San Lucas, centrándose en la pobreza. El agustino recoleto Jairo Soto escribe el documento que recoge las líneas del evangelio de Lucas sobre la pobreza y la riqueza. En 19 páginas, el autor expone distintos puntos de vista sobre la preferencia de Jesús por los pobres.

Introducción

En nuestra sociedad, donde hay países que viven en la opulencia por su desarrollo económico, social y administrativo, en contraste con otros países que sufren condiciones de extrema pobreza y necesidad, se ve con acentos distintos la pobreza y la gestión de los bienes materiales. Para los primeros, la pobreza indica que no se saben administrar los bienes que se poseen; para los segundos, se trata de una situación irremediable e inevitable, que puede llevar a un estado de continua postración. En ambos casos, dentro de un mundo en el que impera la idea de consumo, pobreza es sinónimo de desgracia.

Por otra parte, en ciertos ambientes que aparentemente han tenido o tienen todo, van surgiendo movimientos de liberación de hechos, posesiones, ambiciones superfluas, y se están abriendo paso caminos de desprendimiento que impidan estar esclavizados y posibiliten encontrar una vida sencilla. Se van, sobre todo, a lugares donde se pueda disfrutar de un contacto más intenso con la naturaleza.

A lo largo de la historia del cristianismo, han surgido muchos movimientos ascéticos que plantean la vida de pobreza desde un esquema de privación un tanto maniqueo, habida cuenta de que consideran los bienes materiales malos en sí mismos y conducentes a la perdición. Muchos de los partidarios de esta postura llegan a mortificaciones extremas y a actitudes que postran a la persona en un abandono y descuido absolutos, que atentan contra su misma dignidad.

Muchas familias religiosas han ido pasando de vivir en severas limitaciones económicas a poseer, gracias al trabajo de sus miembros, bienes materiales hasta el punto de dar la impresión de haberse erigido en grandes empresas, cuyos patrimonios crecen sin prestar ningún servicio a los demás. Se ha llegado incluso a extremos donde religiosos, a quienes se les ha confiado la administración de los bienes, obran sin escrúpulo alguno en favor de sus allegados o de amistades dudosas, menoscabando el patrimonio de su familia religiosa.

Además, en muchos ambientes religiosos se ha perdido paulatinamente el sentido del trabajo en comunidad y para la comunidad, hasta el punto de mantener hermanos que viven como parásitos en sus comunidades en las que disfrutan de unos bienes que, en cierto sentido, pertenecen a los más pobres, y que no llegan a quienes son sus destinatarios. No faltan tampoco seglares que, vinculados a la Iglesia o a comunidades religiosas y conocedores de muchos manejos económicos, formulen sus inquietudes relativas al uso o acumulación de bienes en ambas.

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