El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 17 de mayo.

El pasaje evangélico que acabamos de escuchar es continuación del que escuchamos el domingo pasado. Jesús promete el don del Espíritu quien, en cierto modo, ocupará su lugar. Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad. Pero enseguida añade: No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. Los dos pasajes son complementarios, porque además están casi juntos. Por una parte, Jesús promete a sus discípulos que recibirán de parte del Padre “otro” Consolador, que es el Espíritu de verdad. Este Espíritu es “otro” Consolador en relación con Jesús, quien ha anunciado a sus discípulos su partida y separación. Si Jesús es el Hijo en quien se manifiesta el Padre y por quien llegamos al Padre, que es la meta y el más profundo anhelo humano, una vez que Jesús ya no esté, será el Espíritu en el corazón de los discípulos quien haga posible la comunión con el Padre, pues siempre estará con nosotros. Pero en-seguida Jesús añade que él mismo volverá a estar con sus discípulos. De un modo nuevo, pues el mundo, es decir, quienes no tienen fe, no lo verá, pero los discípulos sí lo verán.

Queremos entender los caminos de Dios con nosotros. Por eso nos preguntamos: ¿qué relación hay entre ese envío del Consolador de parte del Padre y esa vuelta de Jesús a sus discípulos? Los maestros de la fe han entendido esta presencia del Espíritu y de Jesús resucitado en los creyentes como una inhabitación espiritual. Jesús añade a continuación: En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes. Es decir, que es Dios en su distinción trinitaria de Padre, Hijo y Espíritu, quien nos comunica su vida divina desde ahora y para siempre. El Catecismo de la Iglesia lo dice así: “El fin último de toda la economía divina”, es decir, de la obra de Dios para nuestra salvación, “es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad. Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: El que me ama, se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él (Jn 14,23)” (260). Ese es el inicio del cielo en la tierra, es el inicio de la vida eterna en el corazón de cada creyente, es la semilla de la resurrección futura.

Ahora bien, Jesús parece poner una condición para que esta disposición de Dios acontezca en nosotros: Si me aman, cumplirán mis mandamientos. El que acepta mis mandamientos y los cumple, ese me ama. Al que me ama a mí, lo amará también mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él. Jesús une en solo aliento la exigencia del amor y la de cumplir sus mandamientos. Expresamos nuestro amor a él cumpliendo sus mandamientos. Pero, ¿de qué mandamientos habla Jesús? En el evangelio de san Juan, la obra principal que debemos realizar para agradar a Dios es creer en Jesús, el Hijo de Dios. El amor es el motor de la fe; la fe en Jesús es la expresión del amor a él. El amor y la fe son así las actitudes que fundan y establecen la vida espiritual del cristiano cuyo núcleo consiste en estar unido a Dios y tener a Dios dentro de uno mismo. La caridad hacia el prójimo y la rectitud moral en la conducta serán la consecuencia de esta espiritualidad.

Significativamente, la segunda lectura da por supuesta esa presencia interior de Jesús: Veneren en sus corazones a Cristo, dice san Pedro. Se podría traducir también, “reconozcan la santidad de Cristo en sus corazones”. Lo haremos en la medida en que estemos dispuestos siempre a dar, al que las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes. Saber explicar, saber responder, a quien pregunte, por qué creemos, por qué somos discípulos de Jesús es un modo efectivo de darle gloria y reconocerlo en su santidad y divinidad.

Estamos viviendo situaciones de pandemia, de incertidumbre hacia el futuro, de gente que perdió el trabajo, que no tiene qué comer, de peligro de contagio, de estar encerrados. Es inevitable que surjan preguntas no solo en torno al significado sanitario de esta plaga, sino también en torno su significado para la fe y la esperanza. ¿Tiene Dios algo que ver con esto que está sucediendo? Rezamos a Dios para que la quite, pero no nos atrevemos a decir que Él tuvo algo que ver en su producción. ¿Puede quitarla quien no la puso? Son cuestiones grandes, y preferimos esquivarlas, no sea que no sepamos responderlas. Pero el único modo de asumir la historia con fe es si nos esforzamos iluminarla desde la fe.

Cuando nos suceden cosas que consideramos favorables o beneficiosas, no dudamos en decir: bendición de Dios. Cuando nos suceden cosas, que nos parecen adversas y per-judiciales, ya no sabemos cómo decir que Dios tuvo algo que ver. Pero en la Escritura las adversidades son medios por los que Dios nos conduce a la conversión. Dios se vale de lo que nos parece un daño para sacar algo bueno. San Pablo declara en Rm 8, 28: todo contribuye al bien de los que aman a Dios. ¿Aceptamos que esa declaración sea verdadera? ¿Qué conversión, qué purificación, qué crecimiento espiritual puede surgir para nosotros en esta pandemia? ¿Qué gracia y favor de Dios se esconde en tanta adversidad, angustia y enfermedad? Buscar respuesta a estas preguntas es un modo de fortalecer la visión de fe y de esperanza en esta incertidumbre, encerramiento y sufrimiento. Veamos. ¿No ha crecido, acaso, en nosotros la conciencia de la fragilidad e inseguridad de nuestros planes y proyectos? ¿No nos hemos dado cuenta de que no nos sostenemos en nosotros mismos, sino que debemos recurrir a quien nos pueda dar firmeza y solidez duradera? ¿No nos ha hecho pensar esta pandemia a cuántas cosas efímeras, pasajeras, nos agarramos como si allí estuviera la solidez y valor de nuestra vida? Este tiempo de pandemia, ¿no nos ha obligado a tomarnos la vida más en serio, incluso en su dimensión ética y moral? ¿No será que Dios aprieta con la pandemia para enseñarnos a ser mejores personas y la aprovecharemos si hacemos caso? Los designios de Dios son inescrutables, pero busquemos desde la fe el provecho personal y social, para que incluso este trance se nos convierta en ocasión de dar gracias a Dios, porque nos hizo mejores y santos. Que logremos descubrir que aquí también estuvo Dios presente para nuestro bien, y que fue una extraña bendición.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

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