El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 24 de mayo.

Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Así hemos aclamado al Señor en el salmo responsorial. Cristo resucitado completa, por así decirlo, su propia pascua al acceder a la gloria de Dios. Si su resurrección significó la superación de la muerte; la ascensión significó su entrada en la vida plena de Dios. Resurrección y ascensión son dos aspectos del único misterio pascual. Los celebramos separados para distinguirlos. Pero cuando Jesús resucitado se aparece a sus discípulos, ya se aparece desde la gloria de Dios. Esto es más que evidente en el relato del evangelista Mateo que hemos escuchado hoy. Ese evangelista narra una sola aparición a los Once discípulos. En esa ocasión Jesús dice claramente: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. La ascensión consiste precisamente en haber recibido ese poder que pertenece originalmente al Padre. O como dice el final del pasaje de la carta a los efesios que hemos leído hoy: El Padre puso todo bajo sus pies y a él mismo, es decir a Cristo, lo constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, y la plenitud del que lo consuma todo en todo. El Hijo de Dios, después de su abajamiento durante su vida de hombre mortal, después de haber sufrido la muerte en la cruz, en su condición divina pero también en su condición humana, participa plenamente del poder, la majestad y la gloria de Dios. La naturaleza humana en él ha quedado plenamente divinizada, no solo por la encarnación sino por la glorificación.

Y es aquí donde entramos también nosotros. El tercer aspecto del misterio pascual de Cristo, además de su resurrección y su ascensión, lo celebraremos el próximo domingo. Jesús comparte su gloria con nosotros comunicándonos su Espíritu Santo, que de ese modo se convierte en nosotros en promesa, en garantía y en semilla de la gloria que también a nosotros nos espera.

Por eso san Pablo, también en esta lectura que nos ofrece hoy la Iglesia, dice que hace oración por nosotros: Le pido al Padre de la gloria que les ilumine la mente para que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento, cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da a los que son suyos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros, lo que confiamos en él, por la eficacia de su fuerza poderosa. La esperanza que nos da su llamamiento es que nuestra meta y destino es la vida plena con Dios. La herencia que Dios da a los que son suyos es la participación en su gloria y eternidad. La extraordinaria grandeza de su poder es el don de su Espíritu que ya desde ahora actúa en nosotros para iniciar desde dentro nuestra transformación de hombres carnales a espirituales, de hijos de Adán a hijos de Dios.

La ascensión de Jesús también implica una misión. Por su ascensión Jesús quedó constituido cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo. Si Cristo es cabeza de la Iglesia, nosotros como miembros de la Iglesia somos su cuerpo. De la cabeza, Cristo, recibimos gracia y conocimiento, dones y servicios, facultades y tareas. Cristo sigue actuando en nosotros y por nosotros. Cuando Jesús se aparece a los Once discípulos en Galilea, y les anuncia que ha sido constituido en autoridad y majestad en cielo y tierra, los envía en misión. Vayan, pues, y hagan a todas las naciones discípulas, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir cuando yo les he mandado. La misión se dirige a todas las naciones del mundo y consiste en instruirlas, en hacerlas discípulas de Jesús. La expresión de Jesús no tiene límites. No dice que vayan por todos los países y en cada lugar logren que algunos de sus habitantes sean discípulos. Aunque esto es lo que efectivamente sucede, lo que Jesús tiene en mente es que todos los pueblos en su totalidad se vuelvan discípulos suyos. Y esto se logra por medio de dos acciones: el bautismo y la enseñanza. En ese orden las expone Jesús. Primero el bautismo, por el cual esas naciones quedarán consagradas al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Sin duda la fórmula trinitaria ya en boca de Jesús resucitado es reflejo de la práctica bautismal en la Iglesia cuando el evangelio quedó fijado por escrito. Luego viene la enseñanza. Deben instruir a esas naciones consagradas a Dios en los caminos del evangelio. Todo lo que yo les enseñé a ustedes, lo deben enseñar a los nuevos discípulos. Creo que el hecho de que Jesús mencione la enseñanza después del bautismo refleja el hecho de que, si bien el bautismo lo recibimos una sola vez al inicio de nuestra vida de creyentes, la asimilación de la enseñanza de Jesús no concluye nunca, es tarea de toda la vida.

Finalmente, una promesa: Sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. Jesús está con nosotros cuando nos une a sí mismo en la Iglesia por medio de los sacramentos y sobre todo de la eucaristía. Jesús está con nosotros con el don de su Espíritu que nos santifica y nos capacita para realizar las tareas que nos ha encomendado. Jesús está con nosotros en su Palabra escrita que nos instruye, nos alienta, nos consuela, nos corrige. Jesús está con nosotros cuando acepta como realizadas a su favor las obras de nuestra caridad con el prójimo.

El relato de la ascensión en los Hechos de los Apóstoles termina con una advertencia de parte de los dos hombres vestidos de blanco que se aparecen mientras los discípulos ven a Jesús subir a las alturas: Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse. Aunque parece un final distinto, en realidad es el mismo de san Mateo. En el evangelio Jesús promete a los discípulos que estará siempre con ellos hasta el fin del mundo. Los dos hombres vestidos de blanco convocan a los discípulos a la confianza. Los discípulos se quedan mirando al cielo con nostalgia, con sentimientos de haber quedado privados de consuelo. Los dos hombres más bien les dan ánimo para no estar tristes. Jesús no los abandonó; Jesús estará de otro modo con ellos, y volverá para llevarlos con él y para que también participen de su gloria en el cielo. Al cielo hay que mirar, no con sentimientos de haber sido abandonados, sino con la certeza de que ese será nuestro destino. Jesús volverá para llevarnos consigo. Esa es nuestra esperanza y nuestra gloria.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

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