Para leer los nuevos signos

Para leer los nuevos signos

El autor reflexiona en este artículo sobre el significado que ha tenido para los cristianos el celebrar la eucaristía en casa, formando la ‘Iglesia doméstica’.

Seguimos haciendo divagaciones y preguntas con motivo de la pandemia y sus futuras consecuencias. La forma como han vivido la fe en cuarentena tantos cristianos, ¿suscita alguna pegunta o sugerencia a la Iglesia?

Estamos viendo cómo muchas familias cristianas viven en esta cuarentena profundamente su fe con una liturgia inédita: utilizan signos, realizan oraciones familiares, convocan al condominio para orar, distribuyen acciones religiosas a cada miembro familiar, crean modelos de celebración religiosa. Viven, pues, su fe de manera original y sincera, porque el Espíritu es creativo y suscita vida a pesar de que estas personas no se reúnan en el templo parroquial.

Pienso que todo esto nos urge a poner de relieve la familia como Iglesia doméstica. Nunca como en este tiempo se ha visto tan claramente lo que es y lo que puede llegar a ser esta original iglesia, la de cada familia. Las palabras que dedica el Catecismo a esta parcela de nuestra fe práctica nos suenen hoy como providenciales: “La familia cristiana es llamada Iglesia domésica porque manifiesta y realiza la naturaleza comunitaria y familiar de la Iglesia en cuanto familia de Dios. Cada miembro, según su propio papel, ejerce el sacerdocio bautismal, contribuyendo a hacer de la familia una comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y cristianas y lugar del primer anuncio de la fe a los hijos” (CIC, Compendio, 350). Parecen estas palabras como inspiradas por el Espíritu para nuestro tiempo de reclusión y de vida en el hogar. A este panorama familiar, añadamos el dato de que en esa misma casa están ahora todos los niños y jóvenes realizando sus estudios online, están también algunos adultos trabajando desde casa. ¿Cabe una Iglesia más completa? Podemos todavía añadir a los enfermos que han sido también atendidos en el hogar durante muchas semanas. Hemos tenido, pues, una iglesia doméstica con una escuela, una empresa y un hospital domésticos. ¿Cabe mayor riqueza que esta para mostrar lo que es la Iglesia como cuerpo de Cristo?

Es verdad que la Iglesia vive de los sacramentos y que sin el sacerdocio ministerial estaría incompleta la estructura del cuerpo eclesial. Sin embargo, en este tiempo de prueba en que los cristianos se las han ingeniado para vivir la fe a pesar de estar distanciados del templo, del sacerdote y de los sacramentos, no cabe duda que ha sido un tiempo de crecimiento espiritual que ha llevado a los creyentes a interiorizar la fe y a vivirla más sinceramente.

La necesidad impuesta de vivir la fe de modo personal, sumada a la plataforma clásica de la Iglesia doméstica, creo que han originado una situación inédita. Esta novedad me provoca algunas sugerencias que podrían trasladarse a nuestra pastoral cuando hayamos vencido el síndrome de la cabaña y entremos en el tiempo ordinario, es decir, en el día a día de la vida parroquial:

– Acrecentar el sentido de Iglesia doméstica.
– Llamada a evitar el clericalismo.
– Impulsar el protagonismo de los laicos.
– La familia, primer objetivo pastoral.
– Potenciar en cada cristiano su ser sacerdotal.
– Favorecer el sentido auténtico de las formas de piedad cristiana que acompañan a la vida sacramental de la Iglesia.
– Valorizar los signos cristianos con los que nuestros hogares muestren su fe.
– Rescatar el sentido de los sacramentales.

Todos volveremos al templo parroquial a celebrar la misa dominical, todos gozaremos de la cercanía de la familia parroquial, con el presbítero al frente y la administración ordinaria de los sacramentos. Sin embargo, este tiempo de alejamiento físico de lo “sagrado” nos tiene que devolver a la Iglesia más llenos de fe sincera, con mayor maduración cristiana, con las responsabilidades familiares asumidas, y también… con mayor humildad de los clérigos, que quizá tienen excesiva prisa por volver a ver llenas sus iglesias. Necesitamos humildad los sacerdotes para rebajar el clericalismo y admitir que es el Espíritu el que ha trabajado en este tiempo, siempre a su manera y siempre nuevo, y que el sacerdocio de los fieles no es una palabra vacía. Humildad, para siquiera intuir que más que los fieles del sacerdote, es el presbítero quien necesita de sus fieles. La Iglesia, que está llamada a leer los signos de los tiempos, opino que tiene que sacar líneas de fuerza pastoral de este eclipse Covid-19 que acaba de ensombrecer a la humanidad. Creo que los lentes para leer lo sucedido se llaman humildad.

La estructura física, el templo de paredes, la fe de consolidada presencia y costumbre, se nos ha desplazado ahora hacia formas más espirituales y a recintos de vida auténtica. Ya nos lo había anunciado la Palabra: “También vosotros como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo” (1P, 2,4-6). No pongo en segundo plano la fuerza sacramental de nuestra Iglesia, pero tampoco pongamos en sordina y penumbra la fuerza del sacerdocio de los fieles y la pujanza de la fe en los laicos. El Espíritu Santo hará que brote vida donde hay humildad, que es humus, tierra buena.

Lucilo Echazarreta OAR