Evangelio y medioambiente

El autor reflexiona en este artículo sobre la necesidad del cristiano de cuidar el medioambiente, siguiendo las directrices del Evangelio.

Desde el punto de vista bíblico, San Pablo, cuando se dirige a los romanos, les dice: “la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (Rm 8, 22), y desde el punto de vista eclesial el Papa Francisco, en el Documento Laudato Si, dice: “El cambio climático es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas, y plantea uno de los principales desafíos actuales para la humanidad” (LS 25). Ante una creación gimiendo y cambiando por la actitud poco sensible del ser humano frente a la naturaleza cabe preguntarnos: ¿qué actitudes podemos tomar los religiosos ante esta situación actual? Porque nuestra vocación no se puede reducir en profesar pobreza, castidad y obediencia, sino como dice el mismo Documento: “vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa; no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la existencia cristiana.” (LS 217). Tenemos que ser protectores de la obra de Dios, estamos consagrados a Dios que nos lleva a comprometernos a velar por la madre tierra porque somos parte de ella. Es urgente colaborar en la defensa de la tierra y participar en la superación de la crisis ecológica, es decir, la vida consagrada tiene que descubrir su vocación del cuidado por amor a las criaturas.

Quiero partir de cada uno de los votos para destacar algunas actitudes concretas que podemos tener los religiosos ante el medio ambiente:

En cuanto a la pobreza, los consagrados estamos convencidos de que la tierra y todo cuanto hay en ella pertenecen al Creador, y de que nuestro compromiso es cuidarla con mayor responsabilidad. Se debe usar los recursos del mundo de tal manera que se conserven y aumenten para el beneficio de las futuras generaciones y no solo para el nuestro. Por eso, los religiosos con el voto de pobreza cada vez más debemos vivir con lo necesario, con austeridad, y así evitar el derroche y el consumismo, actitudes que cada vez le hacen más daño al medio ambiente y aumentan la injusticia social, ya que cada vez hay más excluidos en el planeta, como dice el Papa. Nosotros, los consagrados, deberíamos ser los primeros en colaborar en ese planteamiento ecológico que además se convierte en un planteamiento social, “que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (LS, 49).

En cuanto a la castidad, creo que como consagrados debemos tener una mirada contemplativa de asombro hacia la naturaleza, ser cuidadosos y delicados con cada criatura que la conforma, porque cada una de ellas, como dice el Papa, “refleja algo de Dios y tiene un mensaje que enseñarnos (LS 221).” Basta recordar a Moisés y a Jesús: uno se descalza quitándose las sandalias (Ex 3,2), signo de veneración y respeto frente a la tierra, y el otro, Jesús, contemplaba los pájaros del cielo, los lirios del campo, las semillas que crecen y los arbustos que sirven de nido a los pájaros. Cada una de estas criaturas le ayuda para hablarnos del reino que su Padre quiere para nosotros. Es compromiso de todos los consagrados y consagradas adquirir un nuevo modo de relacionarse con la naturaleza, a través de una actitud de contemplación, ternura, asombro y agradecimiento por el gran don que hemos recibido de parte de Dios. Esto no es cuestión de débiles, sino que es una actitud de compromiso con el planeta y la humanidad.

El voto de castidad nos lleva a amar con todo el corazón a Dios y todo lo creado por Él. Nuestro cuerpo también ha sido creado por Dios y por eso no nos podemos desvincular del amor de Dios y el amor a las criaturas. Cuidando a esas criaturas ya las estamos amando y estamos colaborando en la creación de Dios. El Señor, al llamarnos a este estilo de vida, nos ha llamado con este mismo cuerpo. Por eso debemos cuidarlo y respetarlo, para poder servir mejor y que así podamos ayudar a Dios en el plan de salvación, porque nuestro cuerpo se vuelve mediación de alianza. Nuestro voto adquiere sentido cuando somos capaces de entregar nuestro cuerpo como Jesús para que otros tengan vida y la tengan en abundancia. Cuando digo ‘otros’ no me estoy refiriendo solo a las personas, sino a todas las criaturas.

En cuanto al voto de obediencia, sabemos que es un carisma del Espíritu y que nos identifica con Jesús obediente al Padre. Esta obediencia de Jesús está muy unida a la fe que le tiene al Padre: “el alimento de Jesús fue hacer siempre la voluntad del Padre”, y es desde ahí que nos sentimos motivados para cuidar la naturaleza y a nuestros hermanos frágiles. Es decir, la obediencia en un contexto ecológico tiene que ver con el sueño de Dios creador de que todo lo que ha creado ha sido muy bueno. Dios nos lo ha puesto en nuestras manos para cuidarlo, pero nuestra débil naturaleza nos lleva a usurpar el puesto de Dios y hemos dominado la naturaleza, lo que ha hecho que ahoguemos la solidaridad y el cuidado de la casa común, la obediencia entendida desde la escucha atenta a la voz de Dios. Muchas veces no obedecemos a Dios y por eso cometemos grandes errores con la madre tierra.

En definitiva, una reflexión ecológica en la vida consagrada tendría que recalcar que la vocación de la vida religiosa incluye ocuparse del cuidado de la naturaleza y de la reconciliación-comunión con ella, a imitación de Jesús. Como dice el Papa Francisco en tono de esperanza: “La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común” (LS, 13).

Wilmer Moyetones OAR

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