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Jesucristo salvó nuestro cuerpo

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 14 de junio, solemnidad del Corpus Christi.

Celebramos esta solemnidad en circunstancias del todo especiales. Se cumplen hoy trece semanas que no podemos celebrar la santa misa con presencia de pluralidad de personas. No hemos dejado de celebrarla. Algunos sacerdotes la han celebrado en total soledad; otros con la presencia de sacristanes y entendidos en medios para transmitirla por las diversas plataformas. Pero la celebración reclama la participación de fieles. Hoy celebramos esta solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo sin la participación de fieles, sin la procesión acostumbrada. Los católicos sabemos que podemos rezar individualmente, en solitario o en comunicación virtual con otros. Nada impide que nos aprovechemos de una predicación o de una explicación de la Palabra de Dios a través de una transmisión en Facebook. Pero los sacramentos exigen presencia física, corporal. A través de los sacramentos, no solo tributamos a Dios la adoración y la alabanza que se merece, sino que recibimos de Él la gracia y la salvación que necesitamos. Jesucristo no salvó solo nuestra alma, también salvó nuestro cuerpo. Jesús tocó, bañó, ungió, alimentó a aquellos a quienes comunicó la salvación durante su vida mortal. La Iglesia a través de los sacramentos sigue comunicando la salvación de Dios, bañando, ungiendo, tocando, alimentando a los fieles.

La eucaristía en particular no es solo evocación o memoria de la cena del Señor. Es actualización del sacrificio de Cristo en la cruz. La garantía de que eso sea así es la permanencia de la sucesión apostólica en la Iglesia. Por eso solo los cristianos que conservan el sacramento del orden, es decir católicos y ortodoxos, creemos en la presencia real de Jesús en la eucaristía. El sacramento del orden atestigua que se ha transmitido y se conserva en la Iglesia el poder y la facultad que Jesucristo dio a sus apóstoles de reiterar lo que Él había realizado en la última cena. Es gracias a ese poder y a la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia, que, en la celebración de la misa, el pan y el vino se transforman en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Es una transformación metafísica. Es decir, real pero no sensible; es una transformación que se realiza a través de las palabras con las que el sacerdote repite las de Cristo que declara: TOMEN Y COMAN TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR USTEDES. TOMEN Y BEBAN TODOS DE ÉL, PORQUE ESTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR USTEDES Y POR MUCHOS PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA. Las palabras lo dicen: hay que comer y beber para que se logre nuestra unión espiritual con Cristo. Como lo enseña san Pablo hoy: El pan que partimos, ¿no nos une a Cristo por medio de su Cuerpo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan.

Es necesario hacer saber a las autoridades la importancia y la necesidad que tenemos de participar en los sacramentos. Y es importante que lo hagan los laicos, pues ya a mí me han replicado alguna vez que pedimos que se abran las iglesias porque que estamos apretados económicamente por falta de ofrendas. Es por falta de Dios.

Es necesario, sin embargo, tener mucha conciencia de que cuando se puedan celebrar otra vez la santa misa y los demás sacramentos, habrá que guardar las medidas sanitarias para no convertir la liturgia en foco de infección. Son tres las medidas básicas: la principal es la distancia física, corporal, entre persona y persona, lo que implica que algunas hasta deben quedarse en su casa. La segunda es el uso de mascarillas para evitar contagiar a los demás. Y la tercera medida es no usar las manos, no tocar a nadie ni nada; y si tocas, lavártelas. Pues bien, cuando renovemos la participación en la misa tendremos que cumplir esas normas. Si entre persona y persona debe haber una distancia de dos metros, según sea el tamaño de la iglesia habrá que calcular cuántas caben. Eso significa que habrá que regular el ingreso. No será conveniente que participen personas en riesgo, es decir, que ya estén enfermas de otra cosa, que hayan entrado en la llamada tercera edad o que sean bebés o niños. Habrá que regular quienes entran en cada ocasión para dar oportunidad a todos. No será posible asistir todos los domingos o todos los días a misa, pero esto dependerá de cuánta demanda de asistencia haya. En cada lugar se decidirá si es por cita para pedir cupo o de otro modo. Habrá puestos asignados en las bancas para guardar la distancia. El uso de mascarilla será obligatorio. Y el modo de moverse dentro de la iglesia también estará regulado. La Conferencia Episcopal ha elaborado un documento de siete páginas con la reglamentación sanitaria para cuando se renueve la participación presencial en la liturgia.

Pero quiero concluir esta homilía con una última explicación. ¿Qué pasa con el tercer mandamiento que manda “santificar los domingos y fiestas”? Es un mandamiento de la Ley de Dios, por lo que no hay poder humano capaz de derogarlo. Lo que puede cambiar es modo de cumplirlo. El mandamiento en su versión bíblica dice: Recuerda el día del sábado para santificarlo. (Ex 20,8). El sentido del mandamiento es que no podemos vivir tan absortos en el trabajo y en las cosas de este mundo, que nos olvidemos de Dios. Hay que hacer tiempo para Dios en nuestras vidas. Desde la resurrección de Cristo los cristianos determinamos que el primer día de la semana, el domingo, sería el día dedicado al Señor. Debemos dejar el trabajo (si es posible) para hacer tiempo para Dios. En la ley de la Iglesia se establece que el culto que le vamos a tributar a Dios en ese día será la participación en la eucaristía. Pero desde que se prohibieron las reuniones y aglomeración de personas, yo como obispo decidí que suspendía la obligación de que el único modo válido de santificar el domingo fuera la participación en la misa. Pero el tercer manda-miento siguió vigente. Hay que santificar el domingo del modo como podamos: por la participación virtual en la santa misa, por la lectura y meditación de la Palabra de Dios, por la práctica de alguna forma de oración en familia. En este día del Cuerpo y la Sangre de Cristo, oremos al Señor y pidamos a las autoridades que podamos volver a tener la participación presencial, para que al menos algunas personas y por turno todos, podamos también cumplir con el tercer mandamiento por la participación presencial en la santa eucaristía.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

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