No somos islas endiosadas

El agustino recoleto Pedro Merino escribe el quinto artículo de Formación Permanente 2020 que se centra en la perspectiva comunitaria de la pobreza.

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El quinto artículo del programa de Formación Permanente 2020 aborda el aspecto comunitario de la pobreza. El agustino recoleto Pedro Merino escribe el documento que recoge las principales línea de la pobreza según el carisma agustiniano, de la pobreza vivida asi como de la pobreza en su contexto. A lo largo de la 16 páginas el autor también da algunas pautas sobre cómo vivir la pobreza.

Introducción

Doy por supuestos estudios bíblicos y la teología de los votos, y no contemplo de modo expreso el pensamiento agustiniano, si bien no faltarán referencias puntuales a nuestro Padre. Solo me interesa reflexionar acerca de algunos aspectos que, por un lado, fundamentan la vida en pobreza y, por otro, nos animen a vivirla con sencillez en el día a día.

La reflexión parte de la experiencia personal, centrada en el contexto de la vida comunitaria. Me importa, sobre todo, el porqué y cómo vivir la pobreza de hecho, sin quedarnos en la inútil sensación de que ya “tenemos un voto de pobreza”, como si de por sí el voto fuera lo más importante.

MI PERSPECTIVA

Una perspectiva entre tantas que, por supuesto, da por válidas todas las demás. Mi propósito se centra en la pobreza por el reino, en el que Dios es la máxima riqueza.

Tal vez no sea necesario decirlo; no obstante, quiero recordarlo porque, sin esta perspectiva, mi reflexión carecería de sentido. Para no perderse en ambigüedades sobre la pobreza, hay que estar convencidos de que es un ejercicio personal de amor que, en línea vertical, nos sitúa con el corazón en el amor del Padre y, en línea horizontal, con la mano tendida hacia el hermano. Lo que realmente importa es el amor que, en parte y ante todo, se foguea en Dios y, en parte, se ha de expresar en el servicio a los demás. El religioso pobre, en realidad, es rico, ya que ha apostado por su seguridad en Dios, que jamás falla (es fiel), e invierte todo lo que es y todo lo suyo en compartir con el hermano. A partir de esta decisión, la persona sabiamente “descentrada” de sí misma se siente liberada del peso del poseer, para vivir radical y apasionadamente libre, porque tiene en quien confiar (Dios), y porque invierte lo mejor de sí misma en quien al final testificará a su favor.

Si partimos de la hipótesis de que lo que tengo es la garantía de mi vida, vivir en pobreza se presenta como un absurdo. Sin embargo, resulta la certeza más reconfortante, cuando entendemos que lo que necesitamos no es “ser dueños y poseedores” de muchas cosas, sino sentirnos “poseídos” por quien de verdad nos ama, Dios. La pobreza apuesta vitalmente por el “ser”, a sabiendas de que el “tener” es un capricho infantil, que puede contentar temporalmente como un juguete que hemos de olvidar al entrar por la fe en la razón madura. El pobre sabe y vive la certeza de que nada hay como el amor del Padre. Por eso, relativiza todo lo demás. Casarse con la “hermana pobreza” es firmar una alianza definitiva con Dios. Todo lo demás, muy bueno sin duda, palidece y puede quedar en segundo plano. Solo Dios tiene calidad suficiente para ser el amor, la riqueza de mi vida.

“Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” (Dt 6, 5 y Mt 22, 37). Lo específico de toda fuerza humana es el amor. El detalle de “con todas tus fuerzas” no pasa de ser una invitación a amar en serio, sin límites ni recortes, por tratarse de una respuesta generosa al amor con que nos ama el Padre. Los textos del Deuteronomio y de Mateo marcan la dirección, y centran la vida en Dios, a quien en definitiva busca el corazón, y el único en el que puede descansar sin fatiga ni sorpresas: “porque nos has hecho para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (conf. 1, 1, 1).

Pedro Merino OAR

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