Nuestro rinconcito en el Cielo

La autora del artículo cuenta su experiencia en la Lar Santa Mónica, la obra de los Agustinos Recoletos en Fortaleza (Brasil) que atiende a menores víctimas de abuso sexual.

En Fortaleza la lluvia es el tipo de cosas que te ponen feliz. Hoy la lluvia me despertó más temprano de lo normal, no tenía esos ánimos de días lluviosos de, despertar a todas las niñas y salir a brincar bajo la lluvia. Más bien quería que fuera un día de tranquilo, lluvia, películas y tiempo de sobra para pensar.

El día 60, clima óptimo para reflexionar en mi cuarto de cuarto como los graciosos opinan. Entonces como el bolero canta “y si de pronto me acelero…”. Las ideas llegan y comienzo a prestar especial atención a lo que mi cerebro está creando, entonces elijo entre la pluma o la guitarra, con certeza una de ellas aun me queda grande, pero no me rindo al final tengo tiempo de más… o no… Y hablando de rendirse, es el día 60 y aún me despierto temprano y despierto a cada una de las veinte pequeñas con un beso en la frente y paso mis días entre risas, baile y buenos recuerdos. Manteniendo las cosas simples, me decidí por la pluma. Y tan básica que siempre me decido por la de color negro. Sofisticada, pero discreta.  Al alcance de mi mano, bien junto a mi cama tengo siempre mi cuaderno, el concurrente, en donde escribo todo lo importante, lo que tengo que recordar para siempre y las aventuras del viaje. Luego en aquel rincón tengo dos más; el nuevo, pequeño y hasta perfumado, esperando solo la historia correcta para ocupar sus páginas. El otro es uno más o menos viejo, tiene casi cuatro años, él era el cuaderno de los manuscritos de mis tormentas y ese es el tipo de cosas que guardas con mucho cariño, pero por si acaso. Alguna vez pensé en abandonar éste cuaderno, abandonarlo en su puerta, pero quería asegurarme de que terminara siendo una historia feliz, de éxito, de superación, una historia que causara expectativa. Pero mi vida no termina, como dice Residente “tal vez esto apenas empieza”, fue ahí donde entendí que el cuaderno era mi vida. Entonces le confié lo más preciado de ella, lo que me ha hecho, luego lo cerré y lo coloqué en el rincón y comencé a vivir.  Después de no sé cuánto me apeteció este cuaderno para escribir.

Sesenta días son muchos, suficientes para crear tres hábitos nuevos según los científicos. Hoy mi cuaderno sigue siendo de pastas negras, pero acabo de percibir que tiene líneas de colores verticales contrastando el negro de fondo.

Así era yo cuando faltaban horas para venir a Brasil. El cabello con horas de proceso y toneladas de spray, maquillaje a la moda (drag) un vestido rentado por ochocientos pesos, tacones que, si yo fuera más alta, hubiera alcanzado el cielo, y las pestanas que se mezclaban con los cabellitos de mis cejas. Me sentía feliz, nerviosa, emocionada y ansiosa. Esperaba con ansias todo eso que con seguridad Brasil dejaría en mí.

Entonces hoy 15 de Mayo abrí la correa de mi cuaderno de pastas coloridas e inmediatamente cayeron en mis piernas el separador de Ruth con holograma y la frase… junto con eso estaba la estampita de San Agustín que tiene escrita la oración al espíritu Santo que me acompaña desde la primera misión, y, los amigos con los amigos ¿no?, también está el recuerdo del primer año de vida eterna de mi amigo con la frase “…siempre me haré presente..” quien sea que haya escrito eso estaría riendo de nervios en este momento. Y con él la foto del Duende Misionero haciéndome cantar el “Pem Pem” en medio de la pandemia. Iba a escribir esto en las últimas páginas, pero cuando busqué me encontré con las hojas rasgadas, seguramente aquellos días estuvieron duros. Y, bueno, literalmente le di vuelta a la página.

Al llegar a Brasil no sabía que esperar, durante mis días aquí he aprendido más cosas que en los últimos 26 años de mi vida y me alegra saber que solo necesité decir “quisiera hacer un voluntariado” para vivir en “o CEU” (el cielo en español).

Ésta soy yo ahora, con el cabello un poco seco por la humedad, mi outfit favorito consta de pants cómodos para jugar, bailar, correr, pero no demasiado informales como para trabajar en las aulas; una blusa fresca y que no muestre la obra de arte que los mosquitos han hecho en mi piel, tal vez hasta un poco rasgada pero es que hasta ahora no sé cómo lidiar con el bichito que ama comer el algodón, en fin, tenis cómodos, los amarillos son mis favoritos, una liga en mi muñeca por las posibilidades del clima y una linda sonrisa. Tengo la mirada llena de ilusión y la boca ansiosa de contar todo a mi familia, amigos, alumnos, hijos, nietos, todos.

Ha habido emoción, confusión, miedo, frustración, angustia, felicidad, plenitud, diversión, preocupación, esperanza, mucho amor. Ya brinqué de emoción abracé hasta quedarme sin aire, lloré hasta dormir, bailé, corrí, me escuché, me abracé me enfrenté a mí misma y a mi historia, me desafié, me sentí libre, me enamoré, arranque mis miedos y decidí que lucharía con ellas a arrancar los suyos. Sigo siendo la del corazón pequeñito, porque después de una separación, una muerte, el vacío, la soledad, un encuentro, una misión, la respuesta a mis oraciones, una pandemia, el amor puro, el sentirme madre de lo que no se formó en mis entrañas, aún en la tormenta… abracé a esa pequeña y la llevo de la mano incondicionalmente.

Y pues sí, así soy yo y no solo en los días de cuarentena. Aprendí a vivir simple, a darle importancia a los pequeños detalles, tal vez no estoy a la moda, ni gasto muchísimo dinero en maquillaje o zapatos, ya no espero la quincena ni las ofertas de Bershka porque tengo ese separador de holograma de Ruth que me recuerda: “A donde quiera que tu vayas iré yo a donde quiera que vivas viviré” Rut 1, 16

Tengo su presencia en todas las personas que están cerca de mí en oración y eucaristía, en un abrazo, en una sonrisa, en una buena conversación. Y a todas esas personas en Brasil, México, España, Estados Unidos, ¡GRACIAS POR SER MEDIO DEL AMOR DE DIOS!

En mayo, aquí en Fortaleza hace calor y hay muchas lluvias, dentro del Condominio Espiritual Uirapurú, donde vivimos, hay muchos girasoles que admiran el suceso del sol a diario, y bien en el rinconcito estamos nosotros, atrás de todos esos girasoles, sintiendo el cálido abrazo de Dios que nos ha mantenido en pie hasta ahora. Y acompañando la calidez están aquellas gotitas de felicidad que con certeza provienen del arcoíris reflejado en el límite de CEU que nos llenan tanto que ni la mascarilla nos impide que nos arrodillemos hasta en el mato y recemos para que junto con las 30 florecitas que nos encontramos aquí puedan un día ayudar a otras a florecer, amando sus raíces y disfrutando de la luz de vida que nos da nuestro Creador.

Que el Espíritu Santo nos inspire siempre a entender y a cumplir con nuestra misión de siervas de Cristo y sepamos dar y reconocer su amor a todo ser necesitado de testimonio de su amor. Amén.

Karen Larissa López Barroteran

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